Tantadel

abril 07, 2013

Griselda Álvarez, poeta y política


Rubén Bonifaz Nuño fue quien nos presentó hace años, cuando Griselda era senadora. Pronto hicimos buenas migas, intensas. Cierta vez me preguntó: Tenemos los mismos amigos, ¿por qué no nos conocimos antes? Cuestión de mala suerte, repuse. Sin embargo, de muchas formas recobramos el tiempo perdido. Formamos un grupo de escritores y artistas plásticos cordial y afectuoso. Viajamos y participamos en conferencias y presentaciones de libros. Como galantería, le dediqué un libro diciéndole que tenía dos rostros: el adusto de la política y el hermoso de la literatura. Me correspondió escribiéndome la cuarta de forros de una obra autobiográfica.
De vivir, Griselda tendría 100 años. Fue siempre jovial, ingeniosa, culta, conocedora profunda tanto de las letras como de la política nacional. Conversamos y actuamos como si fuéramos muy jóvenes. Los domingos solíamos telefonearnos y platicar largamente. En un cumpleaños mío, me regaló un búho de cerámica con una tarjeta: “Un búho ya que en amor no se púo”.
Como poeta es notable. Si en Erótica habla del amor sensual, del sexo, de las iluminadas relaciones amorosas, describe al cuerpo varonil con maestría y nos indica cuál es la diferencia, enorme por cierto, entre pornografía y erotismo, en Sonetos terminales, Griselda le canta a su propia muerte. Erótica son sonetos que hablan de la pareja, de su vano intento de convertirse en una unidad, de sus caricias suaves o violentas. Griselda vuela muy alto, pocas veces la poesía amorosa en México ha llegado a tales extremos de belleza. La poesía se apoya en dicho tema, pero en este libro la lírica se convierte en un vehículo de comunicación erótica. Los preámbulos pueden estar en poemas de Pablo Neruda y las relaciones sexuales tendrían que darse con sonetos de Griselda Álvarez. Versos audaces, hermosos, sugerentes, que estuvieron largo tiempo engavetados.
Falta la Griselda combativa, la que luchó por sus ideas, la que enfrentó con armas poéticas al conservador y majadero panista Diego Fernández de Cevallos. Lo hizo con Canto a las barbas, diez sonetos impecables, de fina y mordaz ironía, de firme convicción liberal y revolucionaria, las dos grandes herencias políticas que recibió la poeta. Están allí las lecciones de quienes en el siglo XIX lucharon contra la reacción y el invasor, los escritores que recurrieron a la literatura para derrotar al enemigo: Prieto, Altamirano, Zarco, los grandes liberales. En esa lucha me tocó un doble honor: publicarlos en El Búho y más adelante hacer el prólogo de la plaqueta que poca o ninguna gracia le hizo al grosero adversario de Griselda. Al hombre que había ofendido el inteligente feminismo de una poeta excepcional, intentando en vano ridiculizar a las mujeres mexicanas con palabras como el viejerío. Esta poesía civil, según la terminología de Borges, en sus manos, no fue poca cosa y sirvió para quitarle muchos votos al PAN durante las elecciones de 1994.
Como senadora y gobernadora dejó una obra espléndida aún recordada, vigente. Pero ninguna referencia a Griselda Álvarez estaría completa si no aludimos a su inteligente feminismo, a esta lucha le dedica en Sonetos terminales, versos memorables como los de “Mujer”, palabras y metáforas para poner a la mujer en el contexto que merece y que por tanto tiempo le han escatimado. Recordemos que Griselda escribió una nueva epístola matrimonial en sustitución de la envejecida de Melchor Ocampo y que bien valdría publicarla de nuevo. Probablemente deba concluir con la invitación a la lectura de su obra literaria: es una prodigiosa autobiografía, de historias radiantes, dolidas, inteligentes y todas de profundo contenido humano, de ese amor que Griselda fue obsequiándonos en su dulce y severo andar por la historia.
Una vez fui impertinente: ¿Cuántos años tienes, Griselda? Dijo: Lo sabrás cuando muera. Sólo la pienso bella y talentosa, risueña, siempre joven.

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