Tantadel

abril 17, 2013

La maravillosa ninfa llamada Lolita


Para el día mundial de la lectura. Mi propuesta: Lolita.

¿Recuerdan la maravillosa novela de Vladimir Nabokov, Lolita? Elogiada por Denis de Rougemont y Graham Greene, conmovió a muchos lectores del planeta. En México, donde no cabía la literatura erótica, fue recibida como una innovadora salvación. Las descripciones de la hermosura, gracia de la jovencita y su delicada piel, eran perturbadoras.

El tacto es uno de los elementos del amor. El principio del erotismo. Acariciando la piel comienza en lo profundo a gestarse el orgasmo. Un beso (lo sabían Klimt y Rodin) desata una explosión que el corazón apenas nota y el cerebro tarda en digerir. La literatura amorosa lo ha propagado y la realidad es todavía más explícita. En todo gran poema o novela de amor, aparecen alusiones a la piel. Imposible concebir el amor sin que pase por la piel. Tersa, suave, morena, rubia, negra, blanca, delicada, nacarada, son calificativos frecuentes. Cleland, Shakespeare, Sade, Flaubert, Neruda, D. H. Lawrence, Anais Nin, Bukowski, Henry Miller, son algunos que le han dado forma a los sueños y fantasías amorosas de los lectores.

Nabokov alcanzó la fama mediante una novela erótica que al principio fue acusada de pornográfica: Lolita. Lolita era una joven hermosa, atrevida, yo diría que se trataba de una adolescente perversa, pervertida y poco común, que despierta en su padrastro una enorme pasión. La novela fue un escándalo y ha sido llevada dos veces a la pantalla, la primera con James Mason en el papel de Humbert-Humbert, y la segunda con Jeremy Irons. La mejor Lolita fue sin duda Sue Lyon y ninguna otra como Shelley Winters para el papel de la madre. Sin embargo, ambos filmes fueron fallidos debido a la mojigatería de la época. La novela es un clásico de la literatura universal y como tal se anticipó a su tiempo. Es estudiada y analizada no sólo por su atractivo tema, un triángulo poco frecuente aun en nuestra época, sino también porque muchos la consideran un monumento al idioma inglés. Ahora, cada vez que alguien se topa con una niña precoz en cuestiones amorosas, es calificada —con ironía o precisión— como una Lolita.

Nabokov, como todo buen escritor amoroso, fue claro en sus descripciones femeninas: nos presentó a una criatura angelical, de belleza perfecta, de un espíritu renovador y agresivo, un tanto cruel y desde luego lujurioso. Lolita es, sesenta años después, más avanzada que cualquier niña faunesa o ninfeta. No obstante, el final desconcierta: Lolita convertida en Dolores encuentra el amor en un hombre común y la felicidad en la familia convencional. El gran perdedor es Humbert-Humbert, el hombre que fue subyugado por la niña y luego abandonado a su suerte.

Destacan en la novela las descripciones sensuales y sexuales, quizá lo que mayor escándalo provocó y que, hoy, ante los excesos de la cinematografía y la televisión, palidecen de asombro.

En una parte de la magnífica obra, Nabokov escribe: “Humbert-Humbert arrebató la manzana. Dámela, suplicó mostrando las palmas de mármol. Le tendí la deliciosa fruta. Lolita la tomó y la mordió. Mi corazón fue como nieve bajo esa piel carmesí…”. Enseguida hace una excitante y hermosa descripción del cuerpo de la joven.

En otro momento, el narrador señala: “H-H: era un monstruo pentápodo, pero la quería. Era despreciable y brutal y depravado y cuanto pueda imaginarse, pero ¡la quería! Con cuánto anhelo deseó acariciar su piel brillante bajo la luz neón del anuncio de un deslustrado hotel. Con cuánta ternura se hinchó su pecho al imaginarse sorbiendo sus lágrimas, gimiendo en su pelo, explorando el más diminuto rincón de su frágil cuerpo hasta quedar transido de azul éxtasis”.

Como es posible notar, en esta novela, lo mismo que en muchos otros textos literarios, la piel juega un papel destacado, a veces el principal: la belleza femenina comienza por dos sentidos básicos: la vista y el tacto. Humbert-Humbert, cuando pierde a Lolita, va, enloquecido, en su búsqueda, va tras la piel marmórea de la jovencita. Cuando al fin la encuentra, es otra mujer: ha cambiado: la metamorfosis es degradante y así la describe: “…y allí estaba mi Lo, con su belleza estropeada, sus manos adultas y venosas, sus brazos de piel de gallina, sus orejas chatas”. Todo está perdido para el amor-pasión: Lolita ha dejado su deslumbrante y pícaro pasado para convertirse en una simple ama de casa.

Lolita es una novela maravillosa que con el tiempo ha probado sus valores estéticos, y la niña precoz, un ser capaz de provocarnos las pasiones más encontradas. Humbert-Humbert, después de esa experiencia, vivirá eternamente deslumbrado por el pubis blanco y pecoso de Lolita. No importa que su futuro sea el de un hombre lastimoso y nostálgico.

La literatura se ha hecho más audaz, allí está, por ejemplo, Philip Roth con Animal moribundo, donde aparece un viejo profesor universitario capaz de conquistar a sus alumnas y correr amores pasionales sin límite. Pero para muchos quedará el recuerdo imborrable de Lolita, la niña perversa que inquietó a millones de lectores.

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