Tantadel

abril 22, 2013

La UAM, verdadera casa abierta


Estudié en la UNAM, en la hoy Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y allí me convertí en profesor. De ello han pasado cincuenta años. He visto desparecer a maestros entrañables, de los que mucho aprendí: Henrique González Casanova, Ernesto de la Torre Villar, Carlos Bosch, Francisco López Cámara, Arturo Arnáiz y Freg, Ricardo Pozas y muchos más. En 1975, el Estado creó la Universidad Autónoma Metropolitana. La unidad Xochimilco me atrajo desde el principio y pronto me vi allí, dentro de un novedoso sistema educativo modular. Fue una experiencia rica en matices. Era y es posible entablar un trato directo con los alumnos. En grupos pequeños, en sesiones de discusión, el sistema de enseñanza-aprendizaje, es enriquecedor. Me correspondió realizar las primeras publicaciones de la UAM-X: cuadernillos de metodología y redacción, manejo de los distintos lenguajes, del simple recado al ensayo, pasando por muchas más posibilidades. Era fantástico ver cómo crecían los edificios. En Xochimilco, Azcapotzalco e Iztapalapa, nacía y progresaba la institución y se convertía en símbolo de un nuevo y eficaz proyecto educativo. Cuando hace poco la Rectoría General me invitó a entrevistar a Mario Vargas Llosa, inicié la plática diciéndole: Maestro, lo recibe a usted una de las más pujantes universidades públicas de México: comenzamos con tres campus y ahora tenemos cinco, lo que nos convierte en una potencia educativa, cuyas hazañas ya repercuten en México.

El poeta Rubén Bonifaz Nuño, uno de los escritores mayores del país y sin duda del castellano, solía jactarse de sus orígenes universitarios. En las últimas entrevistas públicas que permitió: insistía en que su nacionalidad era la universitaria y que la Ciudad Universitaria, era el centro del mundo, el ombligo, como precisaban los aztecas. Ya “mordisqueado” por la muerte, insistía en ir casi diariamente a sus oficinas en la Biblioteca Nacional. Recordaba sus creaciones dentro de esa máxima casa de estudios. No era veracruzano sino por accidente geográfico, tampoco era un mexicano típico: era justamente un habitante de la vieja Universidad que de pronto pasó a ser, ya en el sur de la capital, patrimonio de la humanidad. Ése era su territorio, su casa. Allí sólo hizo el bien. Puso su inmenso talento al servicio de la institución y por su alta categoría intelectual, la prestigió. Los grandes premios nacionales le llegaron a través de un trabajo académico, de investigación y de poeta mayor, sin salir de su enorme campus. Acaso por tal razón, los mayores homenajes los recibió en los auditorios universitarios. El amor-pasión entre la institución y el maestro se dio a plenitud en esos jardines, en sus aulas y edificios.

Podría decir, otro tanto, toda proporción guardada con el notable escritor y académico y yo. Dejé la UNAM, pero no del todo, suelo regresar a dar clases de asignatura a mi facultad. Sin embargo, mi tiempo completo, lo he cumplido cabalmente en la UAM, en Xochimilco. Y si tomo en cuenta que estoy allí desde el segundo trimestre del arranque, puedo considerarme un profesor fundador, a sólo dos meses de su creación.

La UAM ha crecido, ya no somos un puñado de profesores e investigadores, los planes educativos han cambiado positivamente, mis amigos fundamentales están en sus diversas instalaciones, por ejemplo: Sandro Cohen está en Azcapotzalco y Evodio Escalante en Iztapalapa. Podría decir que allí he envejecido. Su generosidad no ha tenido límites, el primer homenaje que recibí como escritor, en una unidad que carece de la carrera de literatura, fue iniciativa de mis colegas, quienes realizaron un magnífico reconocimiento que mucho me honró. Las autoridades han hecho lo suyo e igualmente he sido tratado con largo afecto. El Rector General José Lema Labadié me sugirió para que yo tuviera el digno título de “Profesor Distinguido” y mis compañeros más cercanos se encargaron de hacer los trámites que me conducirían a tal honor. Ahora, de una propuesta del Rector de Xochimilco, Salvador Vega, el Rector General, Enrique Fernández Fassnacht, ha visto con buenos ojos y generosidad que la institución celebre mis cincuenta años como escritor. Curiosamente son las mismas décadas que llevo de profesor y periodista.

En la tarea para hacer que los festejos sean óptimos, participan colegas y camaradas entrañables como Bernardo Ruiz, Teodoro Villegas, Joaquín Jiménez, Walter Beller, David Gutiérrez, Samantha Arreguín, Salvador Martínez y algunos profesores más que sería largo enumerar.

Lo cuento, porque ayer al mediodía, me correspondió con un grupo de escritores, leer poesía de Rubén Bonifaz Nuño en la explanada de Bellas Artes y cuando alguien me preguntó sobre el homenaje que ya circula en las redes sociales, dije algo semejante a lo que el poeta explicaba: Soy de dos mundos: la UNAM, donde estudié, y la UAM, mi casa definitiva. Porque en las dos he recibido todo lo que soy. Rumbo al final, veo que la UAM le dio pleno sentido a mi vida. Estar en sus aulas, trabajar con mujeres y hombres de valía, me hizo rico en los aspectos fundamentales del saber y del amor fraternal.

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