Tantadel

marzo 29, 2013

Monarquías en el siglo XXI, ¿para qué?


Ha pasado largo tiempo entre las monarquías absolutistas y las de hoy, particularmente en Europa. El absolutismo tuvo un cierto sentido histórico, como lo afirmaron Maquiavelo, Bodin, Hobbes y Bossuet. En nuestros días los monarcas son figuras decorativas, que de poco o nada sirven en las complejas tareas estatales, pero siguen en más de un país. No concebimos a Inglaterra sin nobleza encabezada por rey o reina y en España, entre sus intentos republicanos, la fiereza de nacionalidades que buscan su independencia y los desatinos y los excesivos gastos de una auténtica clase ociosa, la nobleza, las críticas aumentan.

Las de Dinamarca, Holanda y Suecia, por ejemplo, parecen monarquías muy discretas, contrarias a la inglesa y la española. En esta última hubo intentos serios para transitar a república. El más reciente, fue notable, produjo esperanzas, historias de coraje y dignidad y una trágica guerra que concluyó violentamente con el triunfo de los golpistas fascistas, apoyados por Hitler y Mussolini. La tiranía de Franco se extendió por más de tres décadas y sólo concluyó con su muerte. El propio dictador preparó el resurgimiento de la monarquía española, con esmero educó a un nuevo monarca, Juan Carlos, y la transición se dio: del fascismo a la monarquía y de allí, curiosamente, a un gobierno parlamentario encabezado por un presidente.

La nueva clase política pronto consiguió sacudirse al franquismo y de forma habilidosa logró democratizar a España. Fuerzas de derecha e izquierda antepusieron sus ancestrales pugnas y consiguieron una victoria política. De tal manera España fue de una sórdida dictadura a una democracia que ha permitido un alto nivel de prosperidad. Sin embargo, un turista puede preguntar si quedan republicanos a un taxista o al compañero de junto en un bar y la respuesta es contundente: Pues claro, los hay hasta debajo de las piedras.

No he levantado piedras en España, pero la he visitado muchas veces desde 1970, cuando Franco todavía irritaba con sus batallas anti “rojas”. A Madrid llegué con cartas del poeta Juan Rejano, mi maestro de periodismo cultural, poeta y combatiente comunista que estuvo en la Guerra Civil el tiempo que duró. Luego vino el doloroso exilio y la voluntad de los gobiernos mexicanos para mantener vivo el sueño republicano: la embajada se derrumbó sola, de vieja y falta de recursos, porque en España había vuelto la monarquía y México tenía que ponerse al día en materia de política exterior. Imposible seguir manteniendo relaciones con un gobierno fantasma. En ese año, vi a la gente todavía con temor, catalanes y vascos mantenían celosamente, pero con discreción, sus culturas respectivas. El comunismo era perseguido y 1968 parecía no haber afectado gran cosa a la juventud hispana.

Las cartas de Rejano iban dirigidas a viejos republicanos comunistas y a guerreros envejecidos. Fueron atentos. Las grandes figuras del exilio seguían en otros países y la violencia franquista disminuida ya, mantenía sometido al país. A Barcelona, acudí ese mismo año, por una invitación de muchachos catalanes de militancia comunista que había conocido en una fiesta que la embajada cubana en Francia ofreció a intelectuales. El firmante de las invitaciones era el notable narrador Alejo Carpentier. Allí noté lo obvio; al sentimiento antifranquista, era posible añadir uno de intenso orgullo nacional. Cataluña es otra cosa, muy distinta del resto España. A la fecha, ha crecido.

España es un país admirable, pero sin duda no le funciona más la monarquía, salvo para que en la frívola revista Hola aparezcan las glamorosas fiestas de los nobles, un montón de parásitos. La actual crisis económica y la dureza del gobierno conservador de Rajoy, ha evidenciado la necesidad de cambios. Los más tranquilos ven con alarma los gastos de la realeza en una sociedad que tiene miles y miles de desempleados. Como si eso no fuera suficiente, la familia real no es muy sensata que digamos. El rey Juan Carlos sale a matar elefantes en compañía de una princesa alemana, “amiga íntima”, su yerno, Iñaki Urdangarin está acusado de malversación de fondos públicos y fraudes. Al parecer, es la joyita de la corona española. Sobre el rey pesan informes de involucramiento en negocios multimillonarios en el extranjero. Añadamos que su graciosa majestad no tiene buen carácter, lo comprobamos cuando increpó a Hugo Chávez gritándole que se callara. Pudo ser diplomático.

El rey de España no piensa abdicar en favor de su hijo; su juventud llena de deportes y escaso trabajo mental, le ha dado una buena vejez. Tiene 75 años y goza en términos generales de buena salud. Como mis amigos españoles todos son hijos de republicanos y estudié con la ayuda intelectual de muchos exiliados (una larga lista de maestros míos que venía huyendo del terror franquista), no puedo imaginar más que el retorno a la república, una forma de gobierno que sin duda puede ser tan mala como las casas reales, pero que es más fácil de reconstruir. La nobleza es un costoso recuerdo del pasado. Como en Viena o en Versalles, puede llenarnos de nostalgia romántica por ser malos turistas, cursis, de origen plebeyo además, pero son ya tonterías políticas del pasado muy pasado, costoso, desde luego. Juan Carlos y familia deben convertirse en hijos de vecino y más nada. O parte de un museo de cera.

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