Tantadel

mayo 06, 2013

Bueno, ¿desaparecerá o no el libro impreso?


Constantemente leo en los diarios las inquietudes de editores, escritores, intelectuales, académicos y lectores sobre el futuro del libro. En La Crónica, hace unos días, el editor Jorge Herralde tocaba el tema: “Poco se sabe sobre el futuro del libro y de las editoriales, nadie sabe qué va a pasar, aunque sí existen varios factores que influirán: la banalización de la literatura y de la lectura, la brutal crisis económica que sufre Europa y el hecho de que el libro electrónico aún no es cuantitativamente importante.”

Sin duda sus palabras reflejan un tanto el problema. Como narrador que ahora festejará 50 años de publicar y poco más de escribir, siento el problema con legítima angustia. Me eduqué leyendo libros, cuando la ciencia ficción no concebía los avances tecnológicos que ahora producen desconcierto. Leí multitud de elogios al libro. Recuerdo el muy hermoso del historiador mexicano Ernesto de la Torre Villar. La cultura, la literatura, la historia, la ciencia, el pensamiento filosófico, absolutamente todo, estaba atrapado en los libros, los cuales eran y son la fortaleza de la humanidad. Tener una biblioteca era un orgullo. Las librerías eran iglesias del culto al saber. Jamás olvidaré la emoción del primer libro mío editado por el Fondo de Cultura Económica o por Joaquín Mortiz, el placer del prematuro lanzamiento de mis Obras completas en catorce volúmenes por la empresa Nueva Imagen. Jamás estuve más satisfecho de mi vocación. Es realmente tener un hijo y acariciarlo y saber que pronto dará sus primeros pasos, que fracasará o tendrá éxito.

Luego, ante el avance impetuoso de los medios electrónicos, el triunfo de los valores más rudimentarios, los criterios comerciales de los editores, la ingenuidad o ignorancia de la mayoría de los lectores, la ausencia en México de un ambicioso proyecto de política cultural y el abandono de la escuela pública, dio al traste con un modo de vida educativo y con una tradición de políticos interesados en promover la cultura, el arte. El libro de Mario Vargas Llosa, La civilización del espectáculo, es la obra que mejor refleja la derrota aparatosa de la alta cultura ante la cultura comercial. Los editores, en busca de dinero rápido, piden libros a destajo y aparecen los de morbo político, las pésimas novelas históricas, los lamentables reportajes novelados donde los periodistas muestran sus aversiones y simpatías honestas o a sueldo. En las librerías los vendedores no funcionan ni con el apoyo de las computadoras. Si antes el primer lector de una obra destacada era el librero, ahora son pobres jóvenes que igualmente podrían vender tacos de canasta. ¿Robert Graves? Ni idea, ¿qué escribe? Y el lector que busca autores de calidad sale o bien frustrado o con el más reciente best-seller que habla del libertinaje sexual de Miguel Hidalgo, libro exitoso que lleva cinco ediciones en dos meses. Así que si el escritor es realmente serio, buscar editor es inútil, quieren éxitos de librería, panfletos, libelos, obras llenas de sangre, biografías de políticos ladrones, no poesía o una delicada novela amorosa. El público responde a tales estímulos y ha hecho héroes y heroínas a un puñado de pésimos narradores.

Pasar al mundo virtual. Aún los jóvenes no acaban de aceptarlo. Serán sus hijos los que no vuelvan a comprar libros salvo en versiones electrónicas. Una tableta puede disponer de más obras de las que un hombre o una mujer pueden leer en su vida. Pero ser autor electrónico no acaba de convencernos. Hay que estar a la moda y no quedarnos en el mundo de los impresos, pero qué triste es por ahora y pienso que por muchos años más, estar ante un libro intangible, que habita en las pantallas. No hay mayor emoción y los editores se quiebran la cabeza buscando soluciones para atraer lectores. Tengo cuatro libros que impresos rápidamente pasaron a varias ediciones, uno de ellos, La canción de Odette, aparte de traducido a otros idiomas, en México tuvo cinco o seis ediciones, una de ellas de 40 mil ejemplares en una colección de la SEP, Lecturas mexicanas. ¿Ahora, cuál será su destino? ¿Cuántas descargas lograré en todo el mundo porque eso sí, hemos dejado atrás las fronteras y los trámites aduanales y la transportación? Mi libro El Evangelio según René Avilés Fabila agotó su primera tirada en menos de dos meses, pero ahora es un e-book, cuyos editores y yo no encontramos forma de venderlo. Lo anuncian en Internet, desde luego, pero tiene mayor grado de complejidad adquirirlo que yendo a una librería tradicional. Todos festejan la nueva era y vaticinan el fin del libro impreso, pero el virtual está efectivamente en el ciberespacio.

Un compañero de trabajo, experto en estas lides, me propuso que para presentar alguno de mis e-books, hagamos lo mismo que cuando presentamos uno de papel. Una mesa, tres personas hablan de él. Atrás pones una pantalla con el libro y le das al público el link para que puedan adquirirlo. Lo haré, a ver qué pasa. Mientras tanto seguiré recordando cuando el editor me llamaba, me entregaba el primer ejemplar, bellamente impreso, con portada de José Luis Cuevas o de Guillermo Ceniceros, con olor a tinta fresca, impecable y yo corría a emborracharme de felicidad, abrazándolo y mostrándoselo a cuanta persona encontraba en el camino. Si lo hago ahora con alguno de mis e-books, no pareceré escritor, sino demente.

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