Tantadel

mayo 27, 2013

El inagotable Borges


A pesar de que Vicente Fox fue incapaz de recordar su nombre, o Peña Nieto no lo tuvo entre sus autores memorables, Jorge Luis Borges, día tras días, prueba ser el escritor más importante del castellano, acaso como Cervantes y Lope de Vega, y un autor que revolucionó la literatura internacional. Su influencia es notable y está ampliamente generalizada por el planeta. Hace unos días, su viuda, María Kodama, le envió al Papa, asimismo argentino, las obras completas del que fuera su esposo. Ignoro si las leerá. Borges fue agnóstico y vio a la Biblia como un monumento literario. Para colmo, consideraba a Cristo como un mal político y pésimo actor, entre sus constantes ironías.

Borges, qué duda cabe, debido a su debilidad física y a la inevitable ruta a la ceguera total, era un hombre de gabinete, de pocos amigos y menos amores. Su amistad con Adolfo Bioy Casares, a quien siempre consideró su par, fue proverbial, ejemplar. Pero (siempre los infaltables peros) fue maltrata al final, por una esposa menos inteligente y menos erudita que los amigos entrañables, una mujer que todavía no nacía cuando ellos ya cultivaban con esmero su amistad y mutua admiración. Es muy posible -pienso- que la inexperiencia amorosa de Borges haya permitido el alejamiento de Bioy Casares. La reacción de Kodama, ya viuda, cuando Bioy Casares publica en un enorme volumen las conversaciones entre ambos, las interminables cenas donde ambos hablaban con una inteligencia feroz de arte y literatura, de religión y acaso de política, fue excesiva y lamentable. Tanto Borges como Bioy Casares pudieron haber fallecido sin manchar la relación, mantenerla inmaculada, como lo fue la de Kafka y Max Brod, o la de, si de filósofos hablamos, de Marx y Engels. Es una tragedia que ninguno merecía. Borges es el monumento a la literatura, mientras que Bioy lo era a la devoción hacia ese intelectual que supo a fuerza de lecturas conocer profundamente algo de lo más hermoso que ha hecho el hombre, el arte de escribir.

De nueva cuenta circula en México un libro, una antología de cuentos que Borges consideró en 1935 “memorables”. Lo halla uno bajo idéntico título: Cuentos memorables según Jorge Luis Borges y nos da una idea de su poderosa influencia literaria. Cuando hace unas tres décadas o más una editorial inicio la colección titulada Biblioteca de Borges, unos cien títulos, integrada por aquellos autores que llamaron la atención del narrador y poeta porteño (entre ellos, Juan José Arreola y Juan Rulfo, otros dos grandes amigos que terminaron distantes), se agotó completamente. Con algo de fortuna, es posible encontrar en librerías de viejo algún volumen. No hay línea de Borges que permanezca inédita, en cuanto las hallan sus admiradores, de inmediato las dan a conocer, porque siempre son perfectas. Sus conferencias, sus pláticas, sus conversaciones informales, todo ha terminado atrapado por las pastas que orgullosamente muestran su nombre.

Borges tuvo la afición de crear antologías de los cuentos o poemas que le gustaban, en más de un caso, en compañía de Bioy Casares, nombres que a pesar de María Kodama seguirán juntos en la eternidad. No importa que uno esté enterrado en Suiza y el otro en Argentina. Ninguno, por cierto, fue merecedor del Premio Nobel, pero eso habla mal de la Academia sueca, no de los viejos camaradas. Tantas veces se han equivocado los jurados, que es mejor no tocar el tema. Reunió relatos policiacos, fantásticos, animales fabulosos… Entre los segundos está incluida Elena Garro, una de nuestras mejores cartas literarias y en tanto mujer, si hemos de entrar en el absurdo juego de género (en arte no existe), la más perdurable que tenemos luego de Sor Juana.

En el caso que me ocupa, Borges selecciona a May Sinclair, Allan Poe, Joseph Conrad, Rudyard Kipling, Guy de Maupasant, Chesterton, al que Alfonso Reyes, escritor querido para Borges, tradujo magistralmente, O’Henry y algunos más hasta completar doce historias cortas. Para el porteño esos son algunos de los cuentos que todo buen lector o escritor debe conocer. Con severidad y lucidez, los editores tendrían que incluir uno del propio narrador que hizo la antología, para redondearla, quizás con “El jardín de senderos que se bifurcan”. Pero eso es una broma.

Jorge Luis Borges, a quien llegué a leer gracias a su gran admirador Juan José Arreola, mi maestro, es una lectura imprescindible. El problema es que no es tan fácil como muchos pueden suponer. Cada línea suya, como toda gran literatura, requiere dos o tres lecturas porque posee varias interpretaciones. Ignoro si sea un autor para lectores profesionales, un escritor para escritores, lo único que me queda muy claro es que se trata de un ser humano irrepetible, de una inteligencia superior y cuya devoción por las letras lo condujo a un punto muy elevado. Para millones, es un escritor mítico, casi sagrado, cuyas páginas son de una intensa perfección.

Han transcurrido ya varios años desde que Borges falleció y los comentarios siguen apareciendo porque se reeditan frecuentemente sus libros. En lo personal, lamento mucho haber estado dos veces con él en Buenos Aires, en la Biblioteca Nacional, todavía en la calle México, y a causa del deslumbramiento no se me ocurrió solicitarle que me autografiara un libro suyo. A cambio, como modestísimo presente, le dejé un ejemplar de Hacia el fin del mundo, libro que me publicó en 1969 el Fondo de Cultura Económica.

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