Tantadel

mayo 20, 2013

La atroz dictadura de Videla


Nunca, salvo en Argentina y España, pasé algunas semanas en medio de una feroz tiranía. En Madrid me tocó, en 1970, escuchar lo que posiblemente fue uno de los últimos discursos públicos de Francisco Franco. Me abrumó, mejor dicho, abrumó al joven militante marxista que era yo: lanzas de fuego contra los “rojos”. La Plaza de Oriente estaba a reventar y los gritos que coreaban al brutal dictador, el hombre que asesinó a todos los sospechosos de ser izquierdistas luego de su triunfo militar apoyado por fuerzas nazis y fascistas italianas. Fue una experiencia atroz y eso que yo casi acababa de pasar la noche del 2 de octubre de 1968.

Justamente a causa de esa fatal noche mexicana, escribí una novela, El gran solitario de Palacio, que no halló editor en México. De Buenos Aires recibí una propuesta para editarla en Fabril Editores. Los trámites se hicieron por correo y al fin la obra apareció al lado de libros de la uruguaya Clara Silva, esposa del crítico literario Alberto Zum Felde, y el chileno Carlos Droguett, autor de un clásico latinoamericano, Eloy. La lucha anticomunista estaba en pleno, la Revolución Cubana era considerada como un enorme peligro para las “democracias” y Estados Unidos había desatado la Guerra Fría contra la Unión Soviética. América Latina hervía. De un lado las tesis guerrilleras seguían siendo válidas, del otro Salvador Allende lograba el objetivo de consolidar el socialismo por la vía electoral. Los militares de todo el continente estaban inquietos, la derecha se organizaba para frenar el avance del socialismo. La CIA controlaba aeropuertos y vigilaba los movimientos de las fuerzas de izquierda, celosamente.

A ese Buenos Aires llegué en 1971. Lanusse gobernaba. Era el principio de la violencia. Muchos argentinos mantenían las esperanzas de que el retorno de Perón mejorara las cosas. Pero el político, que en compañía de Evita dejó una huella imborrable, era ya un hombre viejo, que vivía de nostalgias y que tampoco gozaba ya del apoyo de las fuerzas armadas. Aquel fue un viaje inolvidable. Pude conocer a Jorge Luis Borges personalmente, dos veces lo visité en su oficina de la Biblioteca Nacional, entonces en la calle México. Ante mí desgranó sus recuerdos de Alfonso Reyes y habló de literatura, aunque no dejó de contarme por lo menos un par de chistes sobre Eva y Juan Domingo Perón. No olvidaba los agravios que de ellos recibió el notable narrador y poeta. Me hice buen amigo de Juan Carlos Ghiano, un crítico y novelista de excelencia, conocido en México. Pero fue de Haroldo Conti de quien me hice más amigo. Juntos recorrimos diversos lugares de ese gran país. En una noche de veda de carne, Aroldo y su esposa optaron por llevarme fuera de Buenos Aires, a donde podríamos eliminar la disposición del gobierno. Así fue. Al regreso, en la carretera, casi por entrar en Buenos Aires, militares fuertemente armados y tanques, nos detuvieron para pedirnos identificación. Fueron violentos y amenazadores. Yo no la llevaba, Haroldo y su esposa sí, estaban acostumbrados a los estados de sitio y a los toques de queda. No era mi caso. Por fortuna, como narro en mi libro autobiográfico Recordanzas, al explicar que yo era turista mexicano, los soldados se rieron majaderos y dijeron: pero che sí habla como Cantinflas y me dejaron pasar. Fue un hecho ridículo, pero pude observar la brutalidad de los milicos argentinos.

Pasaron años sin volver a Buenos Aires, pero jamás dejé de escribirme con Haroldo Conti. En ellas me contaba cómo la brutalidad crecía, se agrandaba. Sus palabras eran conmovedoras, pero reflejaban la gravedad de la situación política en Argentina. De pronto sus cartas desaparecieron, no volvieron a llegar y las mías se perdieron en alguna parte enigmática. La información que recibí de algunos camaradas que llegaban a México huyendo de golpes militares salvajes, draconianos realmente, me llevaba a una conclusión: Haroldo Conti había sido asesinado por los torturadores, muerto a golpes, sometido a brutales torturas porque era un izquierdista amigo de la Revolución Cubana.

Aquello, pienso en los años, fue en los primeros meses de Jorge Rafael Videla, quien ejerció brutalmente el poder, no era un militar, sino un criminal uniformado, cuando asesinaron a un enorme escritor, un hombre bueno, generoso, que buscaba lo mejor para su país y para América Latina. Ahora me llega la noticia de que el asesino ha muerto recluido en la cárcel, donde estaba cumpliendo cadena perpetua por delitos de lesa humanidad. Apenas merecido. Fueron cientos, acaso miles los ciudadanos que murieron bajo el fuego y los golpes de los militares argentinos. Tenía 87 años de edad y a su paso fueron asesinados muchos argentinos decentes y valerosos. La presidenta María Estela Martínez de Perón lo nombró comandante en jefe del ejército y le agradeció derrocándola. Era un perfecto personaje del clásico libro de Borges: Historia Universal de la Infamia.

No hay comentarios.: