Tantadel

mayo 10, 2013

Lo que nos queda de la Revolución


Todavía en la etapa de José López Portillo, los intelectuales y la gente de a pie, como decía el periodista Francisco Huerta, hablaba de la Revolución Mexicana. El presidente llegó a decir que él y su antecesor Luis Echeverría eran los últimos de esa época. Realmente, tal movimiento social de dimensiones y resultados épicos, agonizó largamente, luego de su momento de mayor esplendor, cuando ya estaba institucionalizado y gobernaba Lázaro Cárdenas. De Manuel Ávila Camacho a Ernesto Zedillo el camino fue inverso. Gustavo Díaz Ordaz le dio la puñalada mortal al mostrar su férreo autoritarismo y su decisión de asesinar y perseguir a quienes participaron en el movimiento estudiantil de 1968.

En el arte, es donde mejor se aprecian los resultados de la Revolución, en la literatura concretamente. Fue un gran tema. En Carlos Fuentes ya no aparecieron las batallas colosales que vieron Rafael F. Muñoz ni las intrigas espantables que se daban entre los generales triunfadores, tal como lo cuenta el mejor novelista mexicano, Martín Luis Guzmán, en La sombra del caudillo. Lo que exponía Fuentes en libros magistrales eran los resultados amargos: la intensa corrupción, el atraso y la explotación rediviva. Los héroes sacrificaron sus vidas inútilmente. México había sufrido modificaciones, pero no abandonado sus peores prácticas. Hoy poco se habla y escribe de la Revolución, siguen vigentes sus ideales, pero lo que impulsa movimientos sociales son las figuras de Emiliano Zapata y Francisco Villa, líderes tercos que se niegan a morir.

Veamos más de cerca la literatura de esa época.

La novela histórica mexicana para diversos críticos se inicia con Sierra O’Reilly Díaz Covarrubias, y tiene su secuencia con Mateos, Riva Palacio, Eligio Ancona e Irineo Paz. La preocupación social de la última parte del siglo XIX y principios del XX está representada por novelistas como Pantaléon Tovar, Nicolás Pizarro y Altamirano. Son antecedentes de la Novela de la Revolución Mexicana, pero sin duda, la más fuerte presencia está en Heriberto Frías, señalado por René Avilés Rojas y confirmado por Antonio Castro Leal en los insuperables dos tomos de La novela de la Revolución Mexicana.

Una vez arrancado el movimiento, la primera de las artes en retratarlo fue la prosa narrativa. Con Mariano Azuela da inicio. La formidable novela Los de abajo, no comienza a ser reconocida sino hasta que Francisco Monterde llama la atención acerca de sus muchos méritos. El interés se desata de inmediato y los resultados aparecen por décadas. Las principales obras sobre el tema son las siguientes, pero sin duda la lista es más amplia y debería incluir poesía (corridos) y cuentos: María Luisa Ocampo, Bajo el fuego, publicada en la década de los 30; Jesús Goytortúa Santos, Lluvia roja, 1947; Francisco Rojas González, La negra Angustias, 1944; Miguel N. Lira, La escondida, 1948 y Mientras la muerte llega, 1958. Las novelas de este narrador tlaxcalteca son delicadas y de prosa muy cuidada. Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa!, 1931; José Mancisidor, La Asonada, 1931 y La rosa de los vientos, 1941. Agustín Vera con La revancha, 1929; Martín Luis Guzmán, La sombra del caudillo, 1929, un atroz relato de la política de Plutarco Elías Calles y El águila y la serpiente, 1928. Diego Arenas Guzmán, El señor diputado, 1930, gira en torno a la política revolucionaria; Nellie Campobello, Cartucho, 1931, la niñez de una mujer en la brutal Revolución; Gregorio López y Fuentes, Campamento, publicada en 1931 y Tierra, 1932. José Rubén Romero, Apuntes de un lugareño, 1932; F. L. Urquizo, Ropa vieja, 1931 y Francisco Rojas González, con La negra Angustias, 1944.

Luis Spota, como Fuentes, escribió a distancia y con ojos críticos sobre la epopeya y sus consecuencias, El tiempo de la Ira, 1960. Desde luego, la lista se ha extendido. Aquí sólo hay algunos ejemplos. Ello permite hablar de una tercera etapa, sobre todo si incluimos Gringo viejo del segundo autor. Caso aparte es Elena Garro, con su inclasificable y genial novela, Los recuerdos del porvenir, narradora que trabaja el tema de la Revolución Mexicana desde el ensayo, la historia y la prosa narrativa. Otro autor difícil de clasificar es Agustín Yáñez, con Al filo del agua le propone a México una nueva estructura literaria, partiendo de la gran novela Manhattan transfer del norteamericano John Dos Passos.

Una vez que dejamos muy atrás a la Revolución, convertida ya no en institución sino en demagogia pura, se pasa a otros temas, pero la nostalgia sigue viva y aparecen varios escritores que de muchas formas tratan el tema, sobre todo, ya con la claridad que el tiempo concede. El maniqueísmo desaparece y los revolucionarios resurgen con nuevas características menos marcadas. Nadie es malo todo el tiempo y ninguno es eternamente bueno.

El cadáver de la Revolución Mexicana está insepulto, ronda por México. Por desgracia, el fantasma sólo pregona nostalgias literarias y preocupaciones sociales. Desde Salinas la Revolución Mexicana pasó a ser una frase más, hueca. El solemne Monumento a la Revolución, donde están enterrados algunos notables del movimiento, desde la época de Marcelo Ebrard, es un sitio de fiestas y jolgorio, de tocadas de pésimo rock y de vendedores ambulantes.

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