Tantadel

mayo 31, 2013

Nostalgia por los trenes


Me entero que el nuevo gobierno de la República reconstruirá las casi inexistentes rutas ferroviarias. Si en el pasado las autoridades pensaban en la importancia de ese método de transporte poderoso, eficaz y de amplia capacidad para mover carga y personas, las más recientes dejaron morir aquello que hizo posible que la Revolución Mexicana creciera y llegara a todos los sitios del país: el ferrocarril. En el pasado remoto, uno podía leer que los mandatarios inauguraban esperanzadoras vías ferroviarias y edificaba estaciones, sólo el DF tuvo cuatro. Era sinónimo de progreso. Luego, por razones enigmáticas, muy cercanas a la estupidez o a la escasa visión política o a la corrupción, fueron desapareciendo. Se quedó en los recuerdos de los mayores, en los corridos que hablaban de esos ruidos y soberbios “caballos de acero”, en los maquinistas, en su capacidad para transportar caballos y cañones, de valerosas tropas y decididas soldaderas. Esto es, se quedaron en las leyendas, en los corridos y en fotografías amarillentas.

La primera vez que viajé en tren, hice el recorrido de la ciudad de México al puerto de Veracruz. Si mal no recuerdo, era un niño de menos de diez años, llevado por su mamá, salí a las siete de la mañana y llegué al mar a eso de las siete de la tarde. Fueron horas estupendas. De paisajes cambiantes y extraños para un niño urbano. El ambiente dentro del vagón era cordial y de buen humor. Ya en la UNAM, en la carrera, uno de mis maestros más queridos, el historiador poblano Ernesto de la Torre Villar, me recomendó que hiciera el recorrido del DF a Cuernavaca, es lento, pero maravilloso, añadió. Desafortunadamente nunca abordé dicho tren, pero cuando llegué a vivir a Tlalpan, hace años, en las noches escuchaba el silbato de la locomotora que anunciaba su paso contundente. En Puebla existe un amplio y descuidado Museo del Ferrocarril que poco llama la atención. Mientras que en Europa, he podido conocer docenas de ciudades gracias al ferrocarril. El primero que tomé en ese continente fue de París a Madrid, se llamaba Puerta del Sol y cambiaba de vía en la frontera. Ahora he viajado en Francia, Alemania, Rusia o Hungría en modernos, veloces y espléndidos trenes. He llegado a subirme a los que llaman tren bala, son soberbios, dignos de los poemas elogiosos y deslumbrados de los futuristas.

Ahora, el pobre México va de nuevo en pos del tren. Piensa reconstruir lo que hoy apenas existe: una red ferroviaria. Nos hemos acostumbrado a políticos sin imaginación. Llevamos años privilegiando al automóvil, lo hemos hecho el rey en detrimento del transporte público y del sufrido peatón, que conforma la mayoría de los habitantes capitalinos, a pesar de los cuatro millones de vehículos que padecemos y que contaminan en serio por más ecológicos que sean. El paisaje urbano es grotesco a causa de los segundos pisos, de los que pasaremos inexorablemente a los terceros. Un día habrá que derribarlos y buscar con urgencia nuevas formas de recorrer la compleja urbe.

Ya nos anticipan que el tren volverá. Y nos hablan de inversiones millonarias y de enormes esfuerzos para rehacer la red ferroviaria. Como es usual en México, de nuevo comenzamos de cero. París tiene estaciones estratégicamente colocadas por la ciudad y la gente se mueve con rapidez y eficacia, como en Nueva York o Madrid. México ahora, luego de muchas décadas de despreciarlo, vuelve a verlo como una opción. No cabe duda, padecemos una clase gobernante de escasa imaginación. Cada presidente empieza su gestión de cero. Ve hacia el futuro sin mirar el presente y desde luego sin entender el pasado, sobre el que jamás leyeron una línea.

El país está comunicado por carretera y mal. La aviación comercial mexicana es incipiente y asimismo lamentable. Tenemos miles y miles de kilómetros de costas y sólo sirven para poner casas de lujo, costosos hoteles y centros vacacionales. En un país de muchísimos días feriados, en donde los mexicanos viven para disfrutar los “puentes” cada vez más largos, nación que espera los viernes con angustia porque luego vienen dos días de juerga y descanso, pocos piensan en reorganizarlo a fondo. Pero ahora la modernidad de una nación estancada, descubre los trenes y pronto (eso espero) comenzarán a rodar nuevamente para impulsar el desarrollo y salir del atraso ofensivo (eso sí, folklórico) al que nos hemos acostumbrado.

Ojalá todavía tenga tiempo para subirme a un moderno tren y llegar velozmente a Puebla, digamos, y no perder el tiempo en medio de un intenso tránsito de marchas, automóviles que se limitan a llevar en su interior a una persona, dos a lo sumo, mítines, protestas escandalosas, desórdenes sociales, falta de autoridad, cumplir con la tarea y regresar sin perder horas en carreteras bloqueadas por maestros inconformes o estudiantes rechazados por falta de un aceptable promedio. ¿No estaremos soñando? ¿Acaso el gobierno federal ha entrado en la ciencia ficción política? ¿De la nostalgia pasaremos a una realidad avanzada? Esperemos que pronto vuelva a moverse el tren por la compleja geografía nacional.

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