Tantadel

mayo 17, 2013

Qué comer para vivir saludable

Para Bernardo Ruiz, sus excesos y los míos,

son la suma de todos los males.

Cuando era niño de primaria, mis maestros, obviamente en escuela oficial, nos transmitieron una recomendación de la ONU, concretamente de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés). Recomendaban que, para ser sanos y fuertes, comiéramos una dieta a base de alimentos claves, los que Europa y EU consideraban inmejorables: carne, huevos, leche, pan de trigo, mantequilla. En esos tiempos no había inflación galopante y en realidad los niños que rodeábamos al profesor de segundo año de primaria podíamos llevarla a cabo. No sabíamos que había miseria en el campo y que la ciudad capital estaba rodeada por zonas miserables. Así viví hasta la juventud, cuando incorporé a mi dieta básica el alcohol, la sal, el picante y desde luego la comida irritante y grasosa.

Los únicos obesos que veía entonces eran unos cuantos bebedores empedernidos de cerveza y pulque, todos botaneros, y el legendario luchador de peso súper completo La Tonina Jackson. Puedo presumir, como lo hacía Carlos Fuentes, a pesar de los excesos, que aún utilizo algunas ropas que compré a los treinta años de edad. Mis amigos y algunos lectores no ignoran mi edad y sólo tengo hernia hiatal a causa de la salsa Tabasco, los limones y acaso el tequila.

Digo lo anterior porque hace unos días leí en La Crónica que la FAO propone comer insectos para paliar el hambre. Pero antes debemos recordar que aquella primera recomendación del organismo internacional, fue descartada por la ciencia: ahora resulta que todo nos hace daño: la carne produce ácido úrico, los huevos y derivados de la leche, nos brindan una espléndida ración de colesterol y el pan de trigo engorda. Sólo que la humanidad ha comido carne desde siempre y no sólo ha llegado al número impresionante de habitantes que padece el planeta sino que la esperanza de vida es alto.

No he sido ni por asomo vegetariano, ni he cuidado mi organismo de las “malas” comidas, no eludo la chatarra cuando veo un partido de futbol americano o el box (los únicos deportes que gozo) y poco frecuento a los médicos, los que, además, suelen cobrar fortunas y no ser muy atinados. Trato de precisar que no aspiro a ser un muerto sano. Me cuido lo posible, sólo que no me gusta desperdiciar la oportunidad de comer tacos de grasientas carnitas. En rigor, soy tacólico.

Ya me presenté. Me gustaría seguir la recomendación de la FAO y tener la dieta que para pobres recomienda: insectos. Pero una vez más un organismo internacional falla. En México y en otros muchos países, los insectos y las cosas exóticas como los pobres perritos en Corea (igual que en el mundo prehispánico) los comen. En mi primer viaje a Corea del Sur, me percaté de que aquella carne tan sabrosa que estaba devorando en un restaurante de lujo, era de perro cuando comencé a ladrar. En París, sufrí un colapso cuando supe que estaba ingiriendo carne de caballo. Lo comenté con una francesa y me dijo ¿Y? Fue todo. La respuesta estaba dada. Aquí comemos gusanos de maguey, escamoles, arañas, víboras, grillos, changos, iguanas, conejos, en fin, una larga lista de alimentos de esa índole y nadie se alarma. Es cuestión cultural.

Para convencernos, la FAO especifica que el mundo consume más de 1,900 especies de insectos, los más utilizados son las abejas, las hormigas, los grillos y las langostas. Tienen multitud de virtudes, afirma. Seguramente la FAO desconoce los precios de los gusanos de maguey o de los escamoles. No hay dinero que alcance, no es dieta de pobres. Es una recomendación saludable para ricos.

Es correcto, las autoridades nacionales e internacionales tienen que velar por nuestro bien. Prohíben el tabaco, indican que debemos beber de forma moderada, nos quitan los saleros de los restaurantes, anticipan que las papitas y las cosas fritas, producen obesidad y muestran horribles fotos de niños gordos y de personas con cáncer pulmonar por haber fumado. El paternalismo nos oprime.

Algunos de mis mejores amigos han superado los cien años de edad y jamás se plegaron a los consejos del Estado o de los organismos internacionales. Mi querido Andrés Henestrosa festejó su centenario en medio de ruidosa comida, en la que me dormí por el mucho mezcal. Cuando un tonto comentarista de Televisa le preguntó la razón de su avanzada edad en lugar de interrogarlo sobre literatura (estaba ante un erudito), Andrés respondió: Gracias a los excesos, bebí, comí, amé, todo en demasía y aquí estoy.

Sé que muchos se molestarán por lo que escribo, así veo las cosas y así como respeto a los vegetarianos y a los abstemios y a los que traen consigo un vademécum y un dietista de planta, no me entrometo en sus frugalidades. Hay libertad de cultos y cada quien puede seleccionar con quién casarse, hombre con hombre, mujer con mujer, y yo demando que respeten mi dieta hecha meticulosamente a base de todo y siempre rociada con alguna bebida que no es de moderación. ¿El alcoholímetro? No me importa. Viajo en Metro o en taxi cuando tengo dinero. Finalmente como dicen que decía el célebre Winston Churchill luego de cumplir 80 años: Sigo fumando y bebiendo escocés y si no hago el amor no es por falta de ganas…

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