Tantadel

junio 17, 2013

Colima, ¿estado o inmensa universidad?


Cuando fui designado presidente del Premio Nacional de Periodismo, pensé que era una tarea más, de las que he tenido en diversos momentos, tanto en el campo literario como en el periodístico. Ahora dicho galardón está ciudadanizado y en manos de universidades públicas. El caricaturista Helguera me anticipó que habría que viajar y exponer las virtudes del reconocimiento. Estuvo en manos de la UNAM y ahora está en las de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco. Advierto que llegué allí como propuesta de la UAM, del rector general Enrique Fernández Fassnacht.

En la ceremonia de toma de posesión y presentación del jurado, algunos representantes de universidades me invitaron a visitar sus sedes para publicitar el premio. La primera invitación vino de la Universidad de Colima. Su coordinadora general de Comunicación Social, María Guadalupe Carrillo Cárdenas, me recordó que yo obtuve el Premio Colima a la mejor obra en 1993 y que merced a la entrega del doctorado Honoris Causa a Rubén Bonifaz Nuño (a quien acompañé con un grupo de escritores) en 1984, había dejado excelentes amigos.

Bajo un programa que imaginé preciso, llegué el pasado miércoles a Colima. Del aeropuerto fui conducido a un desayuno de prensa para hablar con los colegas comunicadores sobre el Premio Nacional de Periodismo. Fue un enriquecedor encuentro donde vi que el panorama de los medios en el país es mucho más complejo del que poseo como capitalino. A las 11:00 horas me condujeron a la Rectoría. Esperaba un encuentro casual con la máxima autoridad universitaria, el M. A. José Eduardo Hernández Nava. Conversamos un poco de cuestiones académicas y enseguida me invitó a pasar a la Sala de Juntas de la Rectoría. Al llegar descubrí sorprendido que el amplio y hermoso sitio estaba por completo lleno. El rector Hernández Nava me dijo que se trataba de una sorpresa: la Universidad de Colima se sumaba al homenaje de la UAM, el IPN, la UAEH y el INBA por “50 años de trayectoria como escritor”. Fue una ceremonia en verdad conmovedora para mí, donde estaban presentes directores de escuelas y facultades y autoridades diversas. Si Guadalupe Carrillo Cárdenas hizo una presentación emotiva, el análisis que sobre mi trabajo literario, periodístico y docente llevó a cabo el rector fue muy puntual: libros, años de clases, premios recibidos, todo con precisión y enorme generosidad. Al final me fue entregado un bello diploma con un texto alusivo y un artístico grabado. Agradecí a las autoridades la conmovedora acción y por desgracia no tuve tiempo de expresarle con amplitud al rector Hernández Nava mi deuda por aquel inusitado reconocimiento.

De Rectoría fuimos a que me entrevistaran en su propia frecuencia radiofónica, en el programa de Karina Robles. Fue uno de los más amenos programas de los muchos donde he participado. Me asombró el número de llamadas que recibimos, de jóvenes que habían leído libros míos o que simplemente pasaban un rato placentero con un escritor bien entrevistado por dos conductores de talento, cultura y sobre todo con elegante sentido del humor.

Luego me hicieron conocer parte importante de las espléndidas instalaciones. Pensé que Colima es una ciudad universitaria rodeada de habitantes de alto nivel cultural. La comida fue también gozosa, con amigos que hacía tiempo no veía. Allí salió algo inesperado: grabar un programa televisivo sobre Griselda Álvarez, amiga entrañable, a quien señalé más de una vez como dueña de dos rostros: el severo de la política y el dulce y encantador de la literatura. El programa lo condujo su hijo Miguel y se efectuó en el museo que lleva su nombre y donde hay piezas y objetos personales de una extraordinaria mujer a quien mucho admiré y quise. Recordamos largamente su vida: cómo y dónde la conocí, cuántas veces la visité cuando gobernaba Colima… Hice un recuento de nuestra intensa amistad, hablé de los amigos comunes, de su notable poesía y de su autobiografía, Cuesta arriba, del periodismo que llevamos a cabo en El Búho, de la época en que recorrimos varios estados del país impartiendo conferencias, en fin. Un momento de nostalgias.

Apenas tuve tiempo para cambiarme de ropa: pasaron por mí para que dictara una conferencia sobre periodismo y literatura en la Pinacoteca Universitaria Alfonso Michel. Otro momento irrepetible y amable. Ya en la cena, la última sorpresa: estaban periodistas, escritores y amigos de muchos años. Volví a ver a Guillermina Cuevas y a Víctor Manuel Cárdenas, escritores de talento. Me llamó mucho la atención la juventud de los funcionarios universitarios. A uno de ellos, director de facultad, le pregunté: ¿qué vas a ser cuando seas grande?

El Premio Colima lo obtuve por mi libro Los animales prodigiosos, prologado por Rubén Bonifaz Nuño e ilustrado por José Luis Cuevas. Fue publicado por la UAM y es afortunado: lo reeditaron en España; en México está por aparecer una nueva edición conmemorativa, pero lo fundamental es que me abrió las puertas de un estado maravilloso, una afable caja de sorpresas.

De regreso al DF traté de ordenar esas intensas 24 horas y llegué a la conclusión de que todo Colima puede verse en su Universidad, su portentosa educación y pasión por la cultura. Su riqueza y enorme sensibilidad.

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