Tantadel

junio 14, 2013

En el PRI no hay divisiones


Cariñosamente para Iris Santacruz Fabila, mi hermana, por su brillante examen doctoral

El PRD ha venido a menos a causa de sus problemas internos y divisiones. Por ahora, sin López Obrador y con dirigentes que no convencen del todo, amenaza derrumbarse más todavía. El PAN no está mejor. Luego de su inútil paso por el poder, perdió su capital político de una manera notable o tal vez ridícula: mostrando que de todos sus líderes no se hace uno. Madero o Vázquez Mota son patéticos. Al PRD lo perdieron las diferencias entre tendencias, a la derecha su total inexperiencia que los condujo a chocar entre sí más como producto de su desesperación que como resultado de posturas ideológicas encontradas. En este contexto apenas enunciado (para qué explorarlo más), el PRI es el rey.

Por ello, su líder nacional, César Camacho Quiroz, ha declarado recientemente que los priistas no pierden el tiempo en conflictos internos. Dicho en otros términos, usados por él mismo, carece de problemas internos. Vale la pena intentar algunas reflexiones al respecto. No hay partidos homogéneos. Aún en países como Cuba o China hay diferencias en cuanto al rumbo. La unidad es mantenida porque suponen que podrán llegar a buen puerto sin precisar cuál es o dónde se halla. Corea del Norte tiene, asimismo, partido único y es en apariencia monolítico. Es difícil saber cuántas y cuáles son sus divisiones o puntos de vista. El dirigente supremo, heredero del poder “comunista”, ha logrado mantener una unidad que hasta hoy es sólida. Pero sin duda es el Ejército el que le permite tal certeza al partido, donde una idea opuesta al líder nacional le cuesta la cabeza a quien la tenga.

El PRI no está lejos de una posición de tal índole. Aquí no lo matarán físicamente, a cambio no le darán lo que el discrepante imagina merecer. Si algún partido ha conocido la dictadura del presidencialismo es el PRI. Por décadas basó su unidad en el poder del presidente en turno. Cuando perdió la Presidencia de la República, el rumbo se hizo borrascoso. Se dividieron y muchos políticos hábiles se mudaron de partido, la lista es infinita.

El PRI logró rehacerse no por méritos propios, sino porque sus rivales no tuvieron la inteligencia y preparación para mantenerlos fuera de Los Pinos. Pero aprendió la lección. No dividirse al menos públicamente, zanjar sus diferencias en sesiones cautelosas, en polémicas que no llegaron a los medios. En términos generales los partidos mexicanos nunca han buscado su poderío en sus bases, en la fuerza de los militantes, sino en el poder de la silla presidencial o en el peso de sus gobernadores, diputados y senadores. Hay un profundo desdén o temor hacia las masas.

Los buenos (escasos) y los malos (muchísimos) ejemplos políticos son herencia del PRI. Ahora que han recuperado la arrogancia, pontifican como lo hace César Camacho: “En el PRI hay una fluida comunicación y a cada uno se le da no sólo un lugar, sino su lugar. Por eso creo que hoy estamos en condiciones de no tener que gastar energías para resolver asuntos domésticos, sino en ver cómo nos granjeamos el apoyo popular”. 

Lo primero que hicieron los priistas al retornar a Los Pinos fue recuperar el presidencialismo. Tenían al virtual monarca, sólo había que investirlo o, mejor dicho, darle un poder absoluto como lo tuvieron en el pasado los reyes sexenales que anticiparon y marcaron de mil formas al aparato gubernamental. El PRI volvió a ser lo que siempre ha sido: una maquinaria electoral manejada por el Presidente. En ella no caben las dudas, los titubeos, las órdenes se reciben y ay de quien no las obedezca. Su carrera está finiquitada. En cambio, siempre habrá lugar para los disciplinados, los bien portados. Para los que han recuperado la facilidad para doblegarse. El Presidente de México no se equivoca. Son las horas que le vengan en gana.

Pero el error está en que la sociedad ha cambiado. A este nuevo país que no acabamos de percibir le faltan medios de comunicación en verdad críticos y desde luego un apoyo ideológico que nadie ha podido darle. No hablemos de ocurrencias, sino de posturas firmes. No partimos de cero: en la historia tenemos ejemplos de los cuales echar mano y adecuar las ideas para salirnos de este mar de priismo que asfixia.

Por ahora, el PRI, en efecto, carece de divisiones, pero aparecerán cuando comience el reparto de posiciones en diferentes procesos electorales. No todos quedarán conformes con la manera de conducir al partido que hoy muestra una fiera unidad. La pregunta es ¿unidad en torno a qué? Podríamos decir que alrededor de Peña Nieto. ¿Es un estadista formidable? Temo que no. Es un político carismático, que bien supo aprovechar los defectos de sus competidores, pero visos de grandeza no los tiene. Hasta hoy la fortuna le ha sonreído en una república que tuvo doce años traumáticos y cuya izquierda está en el limbo. Pero esto no es eterno ni el país es estático.

El PRI carece de conflictos internos. A cambio tiene una unidad forzada que tarde o temprano reventará. No sé cuándo, acaso en la sucesión presidencial siguiente o antes o después. Por una razón: no es el producto de las ideas que van al futuro, sino que está basada en la devoción por el poder.

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