Tantadel

junio 09, 2013

Esther Williams, sirena real y cursi


Se llamaba Esther Williams y le gustaban dos cosas: nadar y sonreír dentro y fuera del agua. Fue longeva: vivió hasta los 91 años en su casa de Beverly Hills. Era, en sus mejores momentos, tan famosa como Lassie y Shirley Temple y aunque le gustaba Clark Gable, según dijo, se casó, entre algunos otros, con Fernando Lamas. Siempre me pareció detestable. Entre ella y la también asexuada Doris Day que se convirtió en la rubia más encantadora de Hollywood, llenaron mi adolescencia de pesadillas. La cursilería infinita era su fuerte.
Los cines Estrella y Savoy, que tenía el primero funciones dobles y el segundo arrancaba sus proyecciones a las once de la mañana, fueron mis lugares favoritos de los años en que penosamente cursaba la secundaria. La escuela fue siempre para mí, como para el notable Jules Vallès, destacado intelectual francés cuya pasión por la revolución lo llevó al exilio y a pelear en la Comuna de París, una larga prisión, tenebrosa y anacrónica. Jamás pude anticipar que terminaría siendo un profesor universitario con 50 años de servicios. Esos dos cines, y algunos más, fueron mis escuelas. Estaba, pues, mejor que Máximo Gorki, cuyas universidades fueron las cárceles. Cuando comencé a escribir lo hice en una aceptable casa de clase media, en consecuencia no redacté los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, ni Mis prisiones de Silvio Pellico, lo que me apena.
Pero fue en el Savoy donde, un niño que no toleraba la cinematografía mexicana, bravía, llena de charros y canciones nacionalistas bobas, donde mejor estudié. Conocí a cada una de las figuras que he admirado desde siempre como Sinatra, Fred Astaire, Gene Kelly, Judy Garland, Rita Hayworth, Orson Welles, el duro Humprey Bogart, Kirk Douglas, Marlon Brando, James Dean, la Monroe, y una inaudita hilera de figuras memorables y de clara personalidad. John Wayne en su eterno papel de héroe asesino de pieles rojas, me era antipático y su dureza no me conmovía como la de James Cagney.
Pero por alguna razón que sólo es explicable en la holganza, toleré la mayoría de los filmes de Esther Williams. Era de las peores actrices, pero dentro del agua y rodeada de sirenas artificiales, como ella, nadaba sin cesar, se tiraba de un trampolín de muchos metros de altura y siempre salía peinada y con una inmensa sonrisa que mostraba una dentadura impecable. A diferencia de Katharine Hepburn, era incapaz de hacer un papel dramático, carecía de la gracia de Audrey Hepburn, pero el señor Mayer le creaba los escenarios más estrafalarios y si nunca utilizó uno de los estrambóticos sombreros de frutas frescas de Carmen Miranda, fue porque le resultaban incómodos para los clavados.
Era intolerable pero todo un éxito, un fenómeno del glamour de Hollywood. Nadó prácticamente con todos los galanes de la época, menos con Tarzán, interpretado por Johnny Weissmuller, pues a ella le aterrorizaban las dramáticas luchas del héroe selvático con descomunales cocodrilos. En los estudios de la MGM, la Williams tenía su propia piscina. Fue campeona de natación y su tediosa hermosura la convirtió en una diva insoportable. A pesar del éxito era sincera y aceptaba que no sabía bailar como Cyd Charisse o  Ginger Rogers, tampoco cantaba como Billie Holiday o Sara Vaughan, pero nadaba sin dejar de sonreír y jamás cerraba los ojos verdes.
Para colmo de males, padeció un accidente en ¡la tina! Estuvo en silla de ruedas, mirando peces en estanques. Hace unos días los medios la resucitaron al fallecer. Tuve que recordar sus espantosos filmes tan llenos de fuentes saltarinas y juguetonas, aguas límpidas y en general los escenarios más cursis que la cinematografía pudo brindarle al mundo. A pesar de su gusto por los maridos, irá al Cielo de los nadadores y allí estará permanentemente nadando y sonriendo, lo único que pudo hacer, incapaz de memorizar un parlamento de Lillian Hellman o Tennesse Williams.


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