Tantadel

junio 19, 2013

La metamorfosis política


Si Franz Kafka hubiera nacido mexicano, en cada político tendría materiales abundantes para escribir una metamorfosis diaria. De apariencias distintas, el fondo concluiría de idéntica manera: el joven aspirante a “servidor público”, de nobles ideales, de vocación progresista, concluye siempre igual: del lado de los explotadores, de los ladrones que saquean el erario o, simplemente, mediante mil argucias, todas obvias, los tipos consiguen que el dinero engrose sus cuentas bancarias. Andrés Granier es un caso representativo. Los demás están allí: en el sistema político mexicano, sin distinciones de color. Por eso de pronto uno entiende la rabia de los jóvenes que con ingenuidad se ven anarquistas, como antes nos vimos comunistas o socialistas.

Leí con interés un reportaje que jamás me hubiera llamado la atención por su poca trascendencia: la juventud de Andrés Granier. En sus años escolares fue un joven crítico y tuvo alguna relación con el movimiento estudiantil de 1968. Como muchos otros, dirigentes o muchachos que peleaban desde las bases contra el sistema político. La lista de este tipo de estudiantes es infinita. Revolucionario en la escuela, conservador en la madurez. Ya sentó cabeza o maduró, dicen los mayores. Con frecuencia invito a mis alumnos a estudiar a través de una tesis, no la lucha que culminó dramáticamente en Tlatelolco. Ésa ya aburre, sino de aquellos que salieron a las calles a intentar derribar el sistema que nos maneja y terminaron de muchas formas y desde infinidad de trincheras, apoyándolo. Granier fue uno de ellos. Terminó sus días de político como un vulgar ladrón: entre él, sus familiares y amigos realmente saquearon impiadosamente todo un estado. Pero es una historia común. De las filas del 68 salieron cuadros que ahora ocupan cargos importantes en el PRI que combatieron.

Es una tesis que bien podríamos llamar “la revolución desde adentro”. Cuando se agotan las posibilidades de cambiar al Leviatán, no les queda otro remedio que sumarse a él y desde sus entrañas intentar matarlo. Pero está visto que eso no sucede y que únicamente apuntalan al monstruo. Un caso patético es el de Rosario Robles, aunque su historia es más compleja y pasa por el lado sentimental. No obstante, cada renegado de sus ideales juveniles tiene un excelente pretexto para dejar la lucha frontal contra el sistema y se pasa a un partido constituido y desprestigiado como lo están todos, para cambiar el mapa político con mejores condiciones. ¿Resultados? El sistema sigue igual y ellos, cada uno de los conversos, aprovecha el momento histórico para hacerse de un escandaloso patrimonio como el que hizo Granier.

En cada político mexicano de hoy, triunfante, poderoso y distante de la pobreza, hubo un adolescente que deseaba modificar el sistema. Como profesor universitario lo veo de cerca. Mis alumnos son impetuosos y la mayoría busca destruir las grandes cadenas de televisión porque allí está parte del proceso de enajenación que padecemos a diario. Es verdad: nos idiotizan. Sin embargo, poco más adelante, los veo trabajando en esos mismos medios electrónicos que tanto odio les produjo en sus años de formación. El sistema sabe asimilar. Es parte de su función, mientras que la de los jóvenes es la de encontrar trabajo, además, lo mejor pagado posible. Los ideales se van al bote de basura.

Pero el caso de los políticos mexicanos ya es normal, tras la célebre “vocación de servicio” sólo se oculta el deseo de ejercer el poder del modo más autoritario posible y aprovechar el control de la maquinaria gubernamental para llenarse los bolsillos y dilapidar esos dineros ante los ojos de todos. Al tabasqueño Granier se le pasó la mano. Todos los partidos, PRI, PAN, PRD y los partidos negocios familiares, a eso van: tras el dinero. Cada año los “luchadores sociales” nacionales salen de sus cargos con gruesas cuentas bancarias. Atrás quedaron los sueños, los ideales, si es que los hubo. El cinismo impera. Si por allí hay algún político que no roba es visto con desdén, es un idiota, y lo peor es que la opinión de sus pares se convierte en la famosa Vox Dei.

Hace años, pensaba que el PRI era una cueva de ladrones, pero más adelante descubrí que era parte estrecha de la idiosincrasia nacional. No hay quien no te esquilme. Las políticas y sus sucias reglas nos han permeado. Ahora necesitamos la linterna de Diógenes para encontrar un hombre justo, un ser honrado. Pero mientras que dentro del PRI siguen discutiendo qué hacer con el señor Granier, los medios y la sociedad ya lo hallaron culpable. Su ostentosa riqueza es imposible de ocultar. Como la de la familia Hank. Por cierto, todos ellos priistas.

Los mismos priistas, en ciertos momentos, han hecho escarmientos ejemplares; en la mayoría son casos excepcionales y se trata de venganzas personales. Ya tuvimos una Contraloría para intentar frenar la corrupción generalizada de la administración pública. Fue un sonoro fracaso. Hemos visto llegar al poder a otros partidos como el PAN y el PRD, y la corrupción no ha cesado, por lo contrario, ha aumentado, se ha hecho visible. Está claro que en materia de corrupción somos una potencia. Queda, entonces, una solución: impartir cursos de pillerías públicas, hacer negocios al amparo del poder. Enviar corruptos a dar clases a otros países. En fin, sacarle provecho a lo que bien sabemos hacer: despojar al prójimo y al erario. Seríamos un país exitoso.


La crónica

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