Tantadel

junio 16, 2013

Los subversivos despojados


La protesta no siempre es estridente, ruidosa. Del mismo modo que las marchas o la gritería contra el poder no siempre derriban tiranos. Las célebres barricadas de París apenas lograron frenar por días a las tropas destinadas a conservar el estatus. En el 68, en distintas ciudades del mundo, las manifestaciones multitudinarias y el abucheo contra el orden establecido fueron incapaces de contener el rumbo. Sobre la Comuna de París que detuvo momentáneamente a las fuerzas del orden, Marx y Lenin precisaron los errores del fracaso y la culminación lamentable de un movimiento grandioso, cuando por vez primera los obreros confundidos con el pueblo de París toman las calles y amenazan la tranquilidad del aparato gobernante.
Las ideas y hechos de esos movimientos fueron heroicos y poco eficaces. Las siguientes oleadas revolucionarias trataron de considerarlas en sus nuevas tácticas y procedimientos y tampoco tuvieron el resultado esperado: destruir al establishment, algo que hasta hoy no hemos podido ver. Sitio donde la utopía comunista, anarquista o de cualquier otra índole intenta eliminar el orden constituido, tarde o temprano regresa al redil dejando más desesperanzas que certezas. El último esfuerzo, el de los bolcheviques, quedó, como la transición mexicana del año 2000: en nada. Luego de casi siete décadas, el socialismo de Stalin, que no el de Marx y Lenin, se derrumbó dejando un hueco inmenso. Hoy es posible apreciar la orfandad del mundo, convertida en histérica soledad y en acciones ausentes de ideología. El malestar se basa en las injusticias o desacuerdos, lo que no está mal; el resentimiento juega un papel revolucionario. Pero si se carece de soporte ideológico, de un proyecto adecuado, los resultados son nulos.
Para los dominados, en el capitalismo o en el comunismo, la literatura ha sido una enorme posibilidad de subvertir el orden. Lo hicieron el marqués de Sade, Baudelaire, Wilde y Swift, sólo para citar un puñado, y como castigo a su osadía, el sistema los puso en manos infantiles, donde divierten y hasta enseñan, pero le quitan el poder de subversión. Sade tuvo que escribir y arengar a las masas de Francia para mostrar su repudio a la nobleza a la que él mismo pertenecía. La burguesía emergente no lo entendió. Jonathan Swift fue tremendamente mortífero contra sus enemigos. Sus libros tenían una refinada y perversa ironía destinada a destruir las buenas conciencias: pidió comerse a los niños católicos para evitar que fueran una carga, utilizó a los caballos para mostrar que estaban mejor organizados que los humanos, creó reinos diminutos y otros de gigantes para probar cuán inútiles eran las leyes británicas. El sistema, cualquiera que sea, sabe cómo sobrevivir y en reacción puso sus textos en manos incapaces de salir a las calles a disparar el revólver contra la multitud como pedían los surrealistas.
Y lo mismo les pasó a Oscar Wilde y a Bernard Shaw. En sus frases agudas, ingeniosas, había una carga mortal para sus rivales y para el sistema. Como las habría más adelante en Orwell o antes en Daniel Defoe. Cada uno mostró ingeniosamente sus desacuerdos con el mundo que los rodeaba y que anhelaban transformar. Es la idea prevaleciente en cada gran escritor. El sistema siempre buscará la manera de contravenir los esfuerzos de la subversión artística. Con el arte, funciona, no así con la política.
No cabe duda, los revolucionarios deben saber que sus enemigos siempre tendrán a la mano un grupo de amanuenses capaces de convertir el poder revolucionario en sumisión. Entonces vemos, a diferencia por ejemplo del 68, consignas brutales y tontas, pintarrajeadas en muros de edificios de valor histórico y estético, en lugar de apuntar hacia quienes, con falsedades y propuestas baratas, mantienen un deplorable sistema, lleno de parches e incapaz de establecer una sociedad equitativa y profundamente humana.

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