Tantadel

junio 21, 2013

Primero muertos que decentes


Mi primer recuerdo político-mexicano fue un par de historias que bien reflejan el modus operandi del sistema que padecemos y que hoy brilla en todo su esplendor. Ambas le pertenecen al único general invicto de la Revolución Mexicana, el militar que derrotó aparatosamente al notable Francisco Villa. Lo venció en Celaya y al eliminar a la poderosa División del Norte, hizo que el derrotado pasara del campo militar al campo de las grandes leyendas nacionales que han repercutido internacionalmente. Dicen que dijo lo siguiente: Yo seré buen gobernante porque sólo tengo una mano para robar. La otra le fue arrebatada por el fuego villista. Ya en el poder, dicen que comentó: ¿Qué horas son? Un apresurado subordinado respondió: Las que usted diga, mi general. Ciertas o no, son en muy alta medida el problema de nuestros días como país independiente: la corrupción y el autoritarismo. Este último, muy bien descrito en la mejor novela que se pudo escribir en el pasado siglo: La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán.

Los políticos mexicanos, qué pena generalizar, no nacieron decentes y dignos y si lo consiguieron, merced a herencia familiar extraña, muy rápido abandonaron los principios para sumarse a la causa suprema: el poder como botín y la mano dura para gobernar.

Hoy se ha hecho una costumbre, descubrir lo que antes no aparecía por ningún lado: los hurtos de los políticos. La visión aberrante de René Bejarano mostrando el dinero ajeno para posicionar a sus huestes, es tan común que a pocos asusta. Si antes los amantes del erario público eran sólo los priistas, ahora todos los partidos comparten tal afición y lo hacen con asombroso descaro. Ayer fue el PRI, pero si vemos la credencial de Granier, la corrupción es tenaz en dicho partido, como consecuente lo es en el PRD. ¿Y el PAN, que tanto nos habló de honestidad, de alta moral, dónde quedó ahora que vemos a sus senadores mancharse por unos cuantos millones de pesos? ¿Para qué hablar de los partidos que son simples negocios familiares, esos pequeños que buscan alianzas con el mejor postor?

Si un extranjero de pronto viene a pasar una semana de reposo en México y en lugar de irse a Zihuatanejo a contemplar el mar, se concentra en los medios de comunicación, sus peores pesadillas serán realidad: todos los políticos son corruptos, no importan sus colores. Y los pocos honestos, apenas cuentan para ponerse en la cola de los que arribarán al poder, donde, obvio, dejarán de ser honrados. A diario aparecen noticias de las pillerías de un oficial mayor, un presidente municipal, un legislador, un gobernador. Más todavía, eso ya no es noticia. Dicho en términos diferentes: la sección política de los medios ha pasado a ser como la vieja página roja, donde aparecían reunidos meticulosamente los crímenes de toda índole. El pobre fuereño regresará a su país, por corrupto que sea, a brindar por la supervivencia de su sistema político. Siempre será mejor que el nuestro, o menos manchado por los escándalos de corrupción.

No sólo lo anterior, pensará que la tenaz lucha o guerra contra el crimen organizado que declaró con alegría Felipe Calderón, la desató para encarcelar políticos. El crimen organizado, sí que lo está y no en cárteles sino en partidos políticos.

Ah, pero Obregón vuelve del más allá y regresa a mostrarnos que fue un estupendo antecedente del caudillismo y del autoritarismo. Sí, alguien se salva: el señor presidente. Es la representación de la pureza. Como en los viejos tiempos, sus aduladores crecen y lo sacralizan. No pasa una hora sin que alguno de sus colaboradores lo cite. El “Como bien dijo el señor presidente”, es la frase más repetida del país. Nadie piensa por sí mismo.

Asombra, pues, cómo México ha sido capaz de mantener y mejorar la imagen del político bribón y la del mandatario que nada ignora, que es justo y sabio. Por ahora esta actitud, resabio de pasados tiempos, le ha permitido al PRI el milagro de la resurrección. Sus militantes le llaman unidad y lealtad. Pero no a principios o ideas, sino a la imagen que proyecta el habitante de Los Pinos.

Es cierto, México ha cambiado, los medios también, la pregunta es: ¿y el sistema político mexicano, cuándo sufrirá una transformación positiva? ¿Los políticos no se enterarán de lo que hacen sus colegas, sin importar el partido, acaso no leen diarios o escuchan radio? ¿Ninguno se entera de lo que piensan los ciudadanos de carne y hueso, los que utilizan el transporte colectivo y tiene deudas y padecen problemas para vivir con algún decoro? Al parecer no. Los ve uno en costosas camionetas blindadas, con escoltas, ataviados con excesiva elegancia, viajar al extranjero a costa de la hacienda pública, en elegantes mansiones… La miseria jamás toca las puertas de los políticos mexicanos. Ninguno sabe lo que son las deudas (salvo con la justicia, claro está), muy pocos tienen las manos limpias. O al menos eso podemos concluir los que tratamos de estar informados y recurrimos a los medios de comunicación.

Al menos ya nos quedó claro que no importan cuántas contralorías haya en el país, todas son fáciles de sortear. Para colmo, la justicia es cómplice porque está politizada. Conclusión: el crimen organizado se llama sistema político nacional.


La crónica

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