Tantadel

junio 17, 2013

René Avilés Fabila y un oficio que no cesa


En sus cincuenta años como escritor
Mario Saavedra
Pocas expresiones tan puntuales y conclusivas para definir la vocación y el oficio literarios como aquélla de ese enorme poeta praguense que fue —y es, porque su obra refulgente nos sigue iluminando el camino— Rainer Maria Rilke, una de las voces por antonomasia de la lírica contemporánea y quien como su coterráneo Franz Kafka concibió su obra en lengua alemana: “Escribir o morir”… El autor de Cartas a un joven poeta dejó manifiesto en esta categórica alocución que prácticamente ningún quehacer como el de la creación artística se impone como una necesidad inaplazable, exclusiva, contundente, por cuanto representa para su oficiante, a la par del dormir, del comer, del vivir y del morir…
Celebrando sus ya cincuenta años de una sostenida vocación literaria que en su específico caso ha dado pie a una no menos incisiva tendencia periodística, René Avilés Fabila es uno de nuestros escritores en activo que mejor ejemplifican una rica tradición con muy notables antecedentes en ambos espacios, mucho más cercanos entre sí de lo que la propia teoría pudiera reconocer. Como otros maestros y colegas suyos que igualmente han enriquecido esta larga y vigorosa raigambre en ambos sentidos, en muchas ocasiones le hemos oído emplear aquel repetido pero elocuente símil a través del cual se define muy bien la presencia neurálgica en una misma persona, a manera de amores complementarios, de estas dos actividades.
Escritor siempre propositivo, que por otra parte ha nadado a contracorriente con respecto al más bien “lacrimoso y flagelante” panorama de la literatura mexicana (definido por Xavier Villaurrutia como “predominantemente melancólico y de hora crepuscular” en su medular ensayo Introducción a la poesía mexicana), caben de igual modo en la obra de este tan entrañable como incendiario escritor, en igualdad de circunstancias, el humor festivo y la ironía punzante, la observación meticulosa y la imaginación desbordada.
Fiel a una línea personal desde sus inicios, que en su caso ha trabajado además el género fantástico como pocos (heredero directo, en este sentido, de Marcel Schwob, Jorge Luis Borges y Juan José Arreola), la plural y sui géneris obra de René Avilés Fabila representa un hito en el curso de la literatura mexicana de las más recientes cinco décadas. Inteligente y muy agudo lector, por lo que la mayoría de las veces aparecen en su obra las más justas y reveladoras citas —respetuosos e invaluables homenajes—, su literatura oscila entre la imagen inesperada y el corrosivo sarcasmo, entre el ingenio fabulador y la devastadora picardía. En 1967 apareció Los juegos, precoz novela a la usanza de La mafia de Piazza, que permaneció mucho tiempo satanizada, por el desparpajo con que su autor evidencia las trampas de una política cultural y literaria donde no siempre están todos los que son ni son todos los que están, sólo aquéllos se disponen para salir a tiempo en la foto.
Valiente y feroz analista de la vida política mexicana de la que se ha hecho uno de sus más enconados críticos, talante por el cual se ha ganado innumerables enemistades pero también el incondicional respeto de quienes son capaces de apreciar tales severidad e intuición, Avilés Fabila ha sido ante todo leal a sus convicciones. Cuentista y novelista de sorprendente imaginación, y escritor de innegables recursos estilísticos, la transparencia y la gracia de su escritura son las virtudes cimeras de quien celebra en plenitud de la facultades cinco décadas de incesantes creación y opinión críticas, desde dos trincheras —la literaria y la periodística— que en él dialogan y debaten en provecho de ambos espacios, más allá de las diferencias formales y estilísticas que con conocimiento de causa él mismo detalla en su imprescindible La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura.
Por razones extraliterarias excluido muchas veces del llamado “Parnaso de nuestras letras”, como tantos otros valiosos escritores mexicanos que igualmente han sido víctimas de un canibalismo y un ninguneo que por desgracia permean nuestra corrosiva condición, lo cierto es que la obra de René Avilés Fabila ha ido ganando terreno con el tiempo, y cada nuevo libro suyo resulta prueba fehaciente de ello. Escritor y periodista de tiempo completo, por vocación y por convicción, y autor de una obra tan nutrida como multitonal (al igual que promotor, maestro y amigo particularmente generoso), de obligada lectura resultan también los ya clásicos de nuestro acervo literario contemporáneo El gran solitario de PalacioTantadel o La canción de Odette.
Autor del no menos imprescindible y evocador Hacia el fin del mundo, compendio de veintiún pequeños relatos que muy bien revelan su talento tanto fabulador como satírico, René Avilés Fabila alcanzó su plena madurez literaria con Réquiem por un suicida, libro que a menos de un año de su lanzamiento en México, en 1991, ya había tenido su tercera edición en España. Estupendamente escrita, esta demoledora novela da cabida a dos de las más firmes constantes en la obra de este dotado y rebelde polígrafo, que sabemos lo son del arte todo: eros y thanatos, amor y muerte. Réquiem por un suicidaviene a ser una por demás sobrecogedora y elocuente reflexión sobre la existencia, un desgarrador viaje introspectivo de iniciación hacia la muerte de mano propia, de frente a aquel estado de “inconsciente consciencia” que según Sartre y los demás existencialistas constituye “el único posible acto de libertad absoluta”, y que por su implacable peso específico con lo dicho y como se dice nos recuerda a los más despiadados narradores decimonónicos rusos. De frente a la muerte, en realidad se trata de un diálogo con la vida, con la maldita vida, con eso que irónicamente llama nuestro no menos admirado Fernando Vallejo (como los ya necesarios El evangelio según Jesucristo de José Saramago y La puta de Babilonia del propio Vallejo, René tiene suEvangelio según René Avilés Fabila) “el don de la vida”.
Enhorabuena, mi querido y admirado René, por esa pluma que sabemos seguirá dando de qué hablar, como prueba de una vocación y un talento indómitos, de un oficio que no cesa…

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