Tantadel

junio 26, 2013

The mexican dream: ser legislador

Cuando existía la Unión Soviética, decían que uno de los privilegios que brindaba el Estado era el maravilloso trato a los niños. En París, cuando estudié alrededor de 1970-73, a los jóvenes que asistían a las universidades les daban trato de príncipes. En el México actual, el gobierno, el sistema injusto que toleramos con dosis de masoquismo, se especializa en ser generoso con los legisladores. Por todo cobran y el fuero los pone a salvo de las leyes. Para colmo están organizados de tal forma que tanto diputados como senadores y asambleístas del DF reciben millonadas anuales y carecen de obligaciones para declarar. Tienen diferencias mínimas, sobre todo por verdaderas antiguallas como si el petróleo debe o no ser “nuestro”, cualquier cosa que realmente signifique “nuestro”, pero en lo demás consiguen ponerse de acuerdo con asombrosa facilidad. Ninguno está en desacuerdo con recibir mucho dinero por comisiones, gastos de representación, viajes y toda clase de obsequios que se conceden a sí mismos.

A cambio suelen brindarnos espectáculos grotescos. Vemos pugnas entre partidos y, asimismo, vulgares pleitos por recibir las comisiones como las que se dan los panistas, aquellos que por décadas presumieron su honestidad y su enemistad con la corrupción. Ahora compiten con el viejo priismo por ser tanto o más corruptos que los diputados influyentes y gordinflones, arrogantes y con pistolas que solía caricaturizar Abel Quezada. Con ellos, en general personas de bajos niveles culturales y carentes de principios, el país no avanzará. Son, en principio, más de los que necesitamos y es posible apreciar que no trabajan para sus representados, sino para sí mismos.

Sabedores de que sigue vigente un principio absurdo, la no reelección, sortean el obstáculo saltando del Senado a la Cámara de Diputados, de allí a la Asamblea Legislativa y luego invierten el camino. De hecho son legisladores profesionales, aunque falten y se dediquen a viajar a costillas de los muchos millones que les son asignados. Para su protección, ellos que hacen las leyes, se han blindado. Rechazan la transparencia y les parece normal recibir en un país de miserables, con millones de pobres, carretadas de dinero. No están obligados a informar de sus bienes y riquezas, de sus ganancias portentosas.

A cambio, los simples ciudadanos estamos inermes ante el fisco. La mayoría, en un país donde los ricos que cuentan con hábiles abogados y mejores contadores, tiene la habilidad de evadir impuestos. Un profesor universitario, por ejemplo, recibe un cheque modesto en donde ya vienen los descuentos. A pesar de eso, paga el IVA en todo y no hay trámite posible si adeuda agua, luz, teléfono o lo que sea. El Estado mexicano no solamente peca de injusto, sino también de idiota. Sus acciones, el permitir que los legisladores roben “legalmente” y que los ciudadanos comunes sostengan el peso de la economía nacional, produce un descontento que algún día saldrá a flote. Hemos pasado ya por diversos tipos de hartazgo, el primero lo produjo un PRI autoritario, dictatorial y escasamente democrático. El PAN provocó algo similar en tan sólo doce años. El país quedó escarmentado: no más PAN en Los Pinos, basta con darles algunas curules. El PRD, al principio esperanzador, ha marchado por la misma ruta.

Está visto que los políticos mexicanos son ciegos ante la realidad, discuten las diferencias menos sustanciales, en serio, mientras que en la cuestión de embolsarse recursos, no tienen llenadera. No les basta llevarse algo, quieren todo lo que sea posible meterse en los portafolios, hasta ligas.

No cabe duda que algo está muy mal en México, claro: su sistema político. El presidencialismo ha regresado vestido de cordero, su sistema de partidos es una patraña y una pesadilla cotidiana, ninguno tiene ideario y menos proyectos serios, van improvisando, buscando el siguiente escaño. Son amantes del escándalo, de eso viven, se hacen notar, los mantiene en la palestra como si fueran héroes nacionales. El influyentismo no desapareció, al contrario, se extendió. Carecen de grandeza y decencia, del mismo modo que nosotros pecamos de ingenuidad o decoro al permitir la existencia que llevan. ¿Los votantes no miran a sus senadores y diputados? ¿Han visto lo que ganan a cambio de escaso y muy discutible trabajo? Al parecer no. Por ahora la corrupción se ventiló en el PAN, pero estoy seguro que los demás partidos tienen las mismas mañas porque está permitido. Lo anterior viene al caso, pues en estos días, las noticias sobre su peculiar manejo del dinero público nos han llamado la atención. La Crónica daba datos de Integralia: 3,243 millones de pesos en cuatro años sólo a diputados para gastos sin comprobar. Bastante más a los senadores, quienes este año gastarán más de 468 millones sin necesidad de declararlos. ¿Y la Auditoría Superior de la Federación qué dice? No dejemos de lado la fantástica suma que los partidos reciben del IFE. Todo, finalmente salido de los bolsillos de ciudadanos que pagan impuestos y transparentan, les guste o no, sus ingresos. En tales aspectos, todos los políticos dejan de lado sus diferencias mínimas: les encanta obtener dinero gratis.

El malestar social suele crecer poco a poco, pero cuando madura, los resultados pueden ser violentos. Lo curioso es que los políticos lo saben y nada hacen al respecto, seguros como están de representar borregos. Y lo más importante, ¿hasta cuándo lo soportaremos los ciudadanos? ¿Por qué no seguir la indignación actual en Brasil?
La crónica

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