Tantadel

junio 30, 2013

Un recuerdo más sobre Arreola


Para mis gustos (en donde es posible que Emmanuel Carballo y yo) no hay en México mejor cuentista que Juan José Arreola, por más deslumbramiento que reciba de Juan Rulfo. Ambos fueron maestros míos en el legendario Centro Mexicano de Escritores. De los dos recibí regaños y consejos literarios. El caso de Arreola es semejante al de Rulfo en cuanto a extensión y calidad, a pesar de que tenga más éxito la obra de este último escritor. Lo que ocurre es que los temas y tratamientos de Rulfo son más impactantes en países como el nuestro. América Latina está diseñada, o inventada, según Edmundo O’Gorman, para aceptar y admirar el nacionalismo y el realismo o cualquiera de sus descendencias. Lo fantástico y lo cosmopolita son más bien propiedad de minorías o, según la vieja izquierda intelectual, un género de evasión. Y aquí, de modo muy amplio y sin mayores precisiones, entraría la literatura de Arreola. Lo más grave, en este caso, es que los países europeos y EU, que tienen una amplia tradición de literatura fantástica y gustan de lo que carecen: de temas nacionales en países rurales y tendientes a ciertas formas de realismo, brutales, por añadidura. Ello por una razón que suena violenta: por exotismo. Nada más desconcertante para un estadunidense, un inglés o un francés que libros como La sombra del caudillo, Vámonos con Pancho Villa o El llano en llamas: la violenta revolución y el misterioso campo mexicano. En cambio, es probable que no les impresione gran cosa Confabulario. Lo ven, en todo caso, como algo familiar, como parte de la literatura universal, de la que forman parte sustantiva autores que Arreola ha amado tales como Kafka, Schwob y Borges.
Su acostumbrado rigor verbal en donde —a diferencia de sus textos— no conocía la brevedad, su pasión por la palabra dicha lo llevó inalterablemente a la desmesura, a veces interrumpido por su hermosa risa dentro de un rostro luminoso, mesándose el cabello ensortijado, para retomar con mayor ímpetu su discurso o precisar una idea a través de un poema de Neruda o López Velarde. Una sola vez estuve en público frente al maestro. Se trataba de una plática organizada por el IFAL en la que estaban “el maestro y el discípulo”. Aquello no fue más que un crimen. Rosario, mi esposa, lo precisó de otra manera: no es un torneo mano a mano, como anunciaron los organizadores, es mano a dedo. Fue cierto. El tema eran los jóvenes en la literatura francesa y comencé recordando a Raymond Radiguet y Rimbaud. Esa fue la pauta para que Arreola tomara la palabra y nos probara su amor y conocimiento por la literatura francesa sin que yo pudiera decir alguna otra cosa. Todos nos acomodamos para escucharlo, como yo antes lo había hecho en sus conferencias luminosas.
Más adelante, en otro momento, llegamos juntos a cenar con Emilio Portes Gil, ex presidente de la República y hombre culto: fue una noche memorable: entre Arreola y el viejo político hicieron un alarde memorioso y entonces el menú pasó a ser de versos y prosas.
En pláticas, entrevistas y clases, las palabras de Arreola, perfectas, cuidadosamente dichas, de sintaxis invisible y prodigiosa, fueron siempre literatura. La mejor prueba es que ahora incluimos dentro de su bibliografía sus libros escritos en el aire.
Su prosa impecable es una de las mejores del continente. Nada sobra, nada falta. Es escasa, así lo quiso él. La perfección suele alcanzarse en obras reducidas. Balzac y Tolstoi, Carpentier y Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Fernando del Paso, tienen alguna página fatal. En Arreola no hay desperdicio. Junto con Torri, inaugura en México una literatura fantástica repleta de ingenio e imaginación.
Juan José tuvo el don de la palabra escrita y el gusto por la oralidad. Su primer encuentro con Borges tuvo como resultado el que el porteño dijera que Arreola era un buen tipo: me dejo intercalar algunos silencios.

Excelsior

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