Tantadel

julio 24, 2013

¿Cuál es el rumbo político de Ebrard?


En alguna ocasión un colega periodista, hablando de política capitalina, me dijo que Marcelo Ebrard (en ese momento jefe de gobierno) era de “mecha corta”. ¿Eso qué significa?, le pregunté a mi amigo. Repuso: Tiene mal carácter, con rapidez se enciende y reacciona con brutalidad. No supe qué responder. Considero, a juzgar por lecturas de clásicos de la política, que la sangre debe ser fría por más que la situación sea grave o violenta. No imagino a Roosevelt pataleando y vociferando cuando le fue comunicado el feroz ataque japonés a Pearl Harbor. En el libro de Isaac Deustcher sobre Stalin cuenta que al recibir la información de la invasión nazi a la Unión Soviética, inesperada porque no hacía mucho su país había firmado un pacto de no agresión con Alemania, simplemente pensativo se dirigió al Kremlin, desde donde supervisó toda la feroz guerra hasta el triunfo.

Pero Ebrard no es un estadista, es un político aldeano que ha corrido con buena fortuna. Primero pegado a Manuel Camacho, hicieron un buen trabajo para convencer a Carlos Salinas, que el segundo era el indicado para sucederlo. Ambos eran priistas sinceros o lo parecían. Pero al recibir la noticia de que el sucesor no era Manuel, sino Luis Donaldo Colosio, Camacho reaccionó con violencia, le hizo reclamos al presidente Salinas y terminó saliéndose del PRI para irse con todos sus cercanos a intrigar aquí y allá buscando el poder perdido. En alguno de esos momentos, Camacho y Ebrard formaron el Partido del Centro. El cálculo no era malo, México tiende a esa postura extraña y cómoda. El propio PRI está, de una u otra forma, según el estilo del mandatario en turno, en tal tesitura. Aunque el PAN está en la derecha y el PRD en una izquierda ilusoria, todos los partidos, aun Morena, luchan por el centro.

En vista de que el centrismo no les dio resultados, Manuel Camacho, Marcelo Ebrard y un leal séquito pasaron a las filas del PRD, alguno sin registrarse. Allí, los dos se convirtieron en “izquierdistas” implacables. En todos los casos asumían posturas que a los ingenuos les hacían suponer que en efecto venían directamente de la Escuela de Cuadros del Partido Comunista de la extinta URSS. No era un acto de magia, lo era de total charlatanería y de un perfecto oportunismo. No tenían más posibilidades que arriesgarse por la “izquierda que ofrecía el PRD en manos de López Obrador. Tanto uno como otro han sido bien recompensados. No hay duda alguna.

Pero dentro de los planes del dueto no están los cargos parlamentarios o ser jefes de gobierno capitalino, quieren la cereza del pastel: la Presidencia de la República y en ello han insistido obsesivamente. Por ahora están más cercanos a López Obrador que a Mancera. A este último lo miran como un posible rival para 2018 y lo es. Pero van a intentar dar la última gran pelea. Por tal razón, Marcelo, quien carece ya del respaldo económico y de masas que concede el DF, ha hecho las gestiones iniciales para meterse en “la grande”. Lo primero que hizo, buen discípulo de Salinas, fue dar un golpe publicitario y retó a Enrique Peña Nieto a debatir sobre Pemex públicamente. Se quedó hablando solo, pero logró atraer la atención de los medios que buscan noticias morbosas y las magnifican.

El siguiente paso es tratar de controlar lo que queda del PRD. Pero eso no es fácil. El organismo político es una suma de tribus y mafias que disputan cuotas de poder económico con toda la violencia posible y que para sus fines atropellan toda decencia, si es que ella existe en la política nacional. Ebrard ha formado una corriente patética, Movimiento Progresista, la que se suma a las existentes: Movimiento por la Democracia, Movimiento Cívico, Red de Izquierda Revolucionaria (lo que hace suponer que existe una contrarrevolucionaria), Unidad y Renovación, Nueva izquierda, Izquierda Social, Izquierda Democrática Nacional y Alternativa Democrática Nacional, más las que se formen esta semana. Desde su nueva situación peleará por el control del PRD y, de obtenerlo, podría ser candidato presidencial por una serie de trozos de apariencia “izquierdista”. Dudo que venza a Miguel Ángel Mancera, quien se mueve con soltura y con tendencias progresistas de talento, y que derrote a López Obrador, quien tozudo afina las líneas de lucha contra los demás partidos, basando su campaña en la defensa del petróleo. De ser así y pensar con el optimismo que caracteriza a todos los alumnos de Manuel Camacho, todavía le falta a Ebrard saber qué hará Peña Nieto y si hace bien las cosas, es posible que su viejo partido, el PRI, pueda seguir en Los Pinos.

En este contexto, apenas configurado, pues todas las piezas se mueven vertiginosamente, ¿de qué le servirá a Marcelo su “mecha corta” o su mal carácter o su autoritarismo? De muy poco o de nada. En cuanto a su autoritarismo tiene afinidades con López Obrador, pero ninguna con Mancera o con Peña Nieto. De tal suerte que lo mejor será cambiar de táctica, dejar de lado su pasión por la presidencia del país y asegurar al menos una senaduría mientras Camacho salta a legislador capitalino. No hay más cabida para su eterno oportunismo cínico.


La crónica

No hay comentarios.: