Tantadel

julio 01, 2013

¿Dónde están los corruptos?


Descubrir que el panismo se hunde políticamente no es un golpe a México, lo es enterarnos que dentro de sus filas, tan orgullosas de poseer una decencia imaginaria, la corrupción aparece por todos lados. No hay duda que este flagelo está generalizado en nuestro país. No es una vocación de servir a la sociedad, sino una manera infame de esquilmarla. La perversión de los partidos existentes en México sumada es asombrosa. Hay ciertamente nombres legendarios. Era yo muy joven cuando un respetable diplomático y escritor formado en la etapa de Ruiz Cortines me dio una lista de connotados personajes vinculados con el presidente Miguel Alemán que se hicieron multimillonarios sin el menor pudor, empezando por el propio mandatario. La famosa y repetida frase de Lord Acton, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, es de una enorme precisión.

A nadie le llama la atención enterarse que en Tabasco, Puebla, Jalisco o Chihuahua descubren a un funcionario ladrón. Lo extraño y sorprendente sería al contrario: ver a uno de ellos vivir con decencia y sin alardes. Mario Villanueva, Mario Marín, Luis Armando Reynoso, René Bejarano, Guillermo Sánchez Torres, Higinio Chávez, Andrés Granier… son parte de una abultada lista.

Podríamos decir que la corrupción es algo usual en México. Los políticos predican la nueva “moral” con el ejemplo. Pero las cosas en el mundo son parecidas, sin duda semejantes. Ninguna nación se escapa de tan atroz destino. Un analista extranjero confiable precisó con datos duros: “La corrupción es un problema que afecta gravemente la legitimidad de la democracia, distorsiona el sistema económico, y constituye un factor de desintegración social. De ellos son conscientes los gobiernos del hemisferio y han iniciado a promover y ejecutar acciones que aseguren la erradicación de este flagelo”. Ya en detalle, esa misma fuente precisa que México ocupa a nivel mundial la posición número 65 entre los países más corruptos. Entre nosotros el Distrito Federal ocupa el primer sitio en tal materia, mientras que Colima es el punto de menor corrupción. Quien es mexicano y conoce bien el país puede estar cierto de la aseveración. La capital de la república mexicana es un caso patológico. Muy pocos se escapan de cometer algún tipo de fraude, robo, extorsión o al menos de ser cómplice en la acción retorcida, ilegal.

Si en España reyes y nobleza cometen pillerías, veremos nuestros orígenes, además de comprobar que las monarquías son aparte de ociosas, amigas de disponer de los recursos nacionales por disposición divina. En este aspecto, la santa Iglesia católica tiene también lo suyo. Hace unos días el propio Vaticano denunció que padecían una larga corrupción. La Santa Sede se puso a investigar a sus religiosos más piadosos y encontró que, entre otros, monseñor Nunzio Scarano, quien fuera jefe contable de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, participó en lavado de dinero, con una cifra de alrededor de 20 millones de euros. Revisando la historia de los papas, no es difícil encontrar hechos de amplia corrupción, cometidos por representantes de Dios que decidieron que los mandamientos son un estorbo.

Estados Unidos no va mal: allí las enormes fortunas jamás fueron hechas con trabajo arduo y limpio, sino con rapiña, explotación y muerte de trabajadores. La política norteamericana es una evidente prueba de que sin la corrupción y la mentira, no hay negocios. Atrás de los intereses de los políticos siempre están trabajando los mayores empresarios, los consorcios que manejan al país. Obama podrá ser una persona relativamente honesta, pero tiene claro que quien gobierna EU son los intereses de los magnates.

Pemex y la Comisión Federal de Electricidad han sido célebres por la corrupción interna. Los sindicatos del país no tienen en ningún caso las manos limpias, no están diseñados para salvar trabajadores de la rapiña patronal, lo están para hacer dinero y obtener prebendas políticas. De allí que sea frecuente verlos aparentando defender los intereses obreros en alguna de las cámaras de legisladores. Cada obra pública conlleva algún tipo de negociación fraudulenta. Es una vergüenza, pero así están las cosas en México y en el mundo entero. Todo se convierte en negocios que muy escasas veces son transparentes y limpios.

En lo personal, a pesar de vivir en un país y en una ciudad tan mal posicionados en cuanto a honestidad, no puedo dejar de escandalizarme ante la naturalidad con la que los mexicanos vemos la corrupción. Cuando es muy notable, la indignación surge, pero en la primera oportunidad, el modesto mesero te engaña con la cuenta o el cajero de un honorable banco hace mal las cuentas y se equivoca a su favor. Finalmente, no cabe duda, si aceptamos que la propiedad es un robo, los bancos se llevan las palmas: por todo te cobran intereses descomunales, hacen negocios con tu dinero y todavía, si dejas de pagar cien pesos, te ponen en el Buró de Crédito y tratan de intimidarte para que pagues los célebres intereses sobre intereses, el anatocismo. Los bancos, uno de los símbolos del triunfal capitalismo globalizado, no son más que instituciones semejantes a las tiendas de raya que desprestigiaron más al porfirismo: fuentes de explotación masiva.

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