Tantadel

julio 17, 2013

Elena Garro, siempre polémica*


(Primera de tres partes)
Quiero cerrar este capítulo sobre Elena Garro y Helena Paz Garro, con un libro sobre otro libro: una mujer, Margarita León, hablando de Elena Garro. Interesante porque Elena sigue en busca de críticos, de analistas que puedan leerla evitando los prejuicios que su compleja personalidad desataba, sin la presencia un tanto destructiva de Octavio Paz. José María Fernández Unsáin, presidente de la SOGEM durante muchos años, poeta muerto hace algunos años, escribió sobre el trabajo dramático de la Garro; afirmaba que luego de Sor Juana Inés de la Cruz, México nunca había dado una mujer así de talentosa. La frase se antoja desmesurada, pero llegará el momento en que una crítica responsable y seria la ponga en el lugar que su inmensa literatura merece.

Alrededor de 1964 conocí a Elena Garro, la recuerdo bien porque acababa de dar un gran salto: de esposa de poeta a narradora privilegiada gracias a Los recuerdos del porvenir, de dramaturga notable a novelista extraordinaria, en 1963. De pronto le brotaron alas y comenzó a volar muy alto: ese milagro quizá le costó la felicidad. Parménides García Saldaña, otros amigos y yo estábamos en la embajada cubana entonces cercana a la soviética. De pronto el primero señaló a una mujer que vestía informalmente: esbelta, distinguida y muy hermosa. Conversaba junto a la chimenea de la casona con el embajador. Eran tiempos difíciles para la naciente Revolución Cubana. Sin mayores titubeos, Parménides se acercó a la mujer que resultó ser Elena Garro. Lo acompañamos y ya frente a ella sólo le dijo algunas palabras de admiración de salón. No volví a verla, pero supe la historia de sus vínculos con Carlos Madrazo, sus relaciones con organizaciones campesinas y su conflictivo contacto con el movimiento estudiantil de 1968. Luego se perdió perseguida tanto por el gobierno de Díaz Ordaz como por los intelectuales izquierdistas mexicanos y los amigos de su ex esposo Octavio Paz. Carlos Monsiváis, para ironizarla, la llamó “la cantante del año”, afirmando con ello que era una soplona, delatora de los héroes del 68, hoy, en su inmensa mayoría, convertidos en burócratas o en activistas de la nostalgia.

Mucho tiempo después, supe que mi amigo Marco Aurelio Carballo había trabado relación con Elena Garro y Helena Paz en Madrid, de donde provenían historias inquietantes: Elena mendingando para sobrevivir, Elena amiga querida de Bergamín, Elena peleando con Jorge Semprún, Elena criticando al comunismo, Elena por completo distanciada de Paz y su círculo de aduladores, Elena buscando al embajador Gustavo Díaz Ordaz para arrojarle en cara el desprecio por las persecuciones padecidas, Elena escribiendo intensamente para vivir, Elena peleada con el “tout Mexique” a causa de su doble separación: de Paz y de la izquierda mexicana, tan enigmática y oportunista ayer como ahora.

Finalmente, ambas Elenas encontraron relativo reposo en París, su ciudad favorita y lograron no sé por qué milagros habitar un amplio y oscuro departamento en el barrio XVI. De regreso de un largo viaje a Alemania, dentro de un grupo de escritores mexicanos, me quedé unos días en París. ¿Por qué no telefonearle a Elena Garro?, me pregunté con excesiva audacia. Cuando al fin me atreví: me contestó una voz que rápidamente pasó del francés al castellano. Así que eres un escritor mexicano, no me digas, he leído libros tuyos. Al día siguiente Rosario y yo cenamos con Elena y Helena y comenzó una amistad cuyos resultados aún no he logrado valorar. Como algunos recordarán, José María Fernández Unsáin, Emilio Carballido, Rosario Casco Montoya y yo fuimos los que decidimos traerlas a su tierra pensando en que aquí podríamos ayudarlas más. Rosario y Carballido fueron dos veces a hablar con ellas y al fin retornaron a su patria, gracias al apoyo de Rafael Tovar y de Teresa y de Fernández Unsáin. Las recibimos en Guadalajara y de allí recorrimos varios estados. Su reencuentro con México a primera vista pareció maravilloso, a la larga sería costoso. Comenzaron los desencuentros y entre quienes la querían y apoyaban se coló un montón de malos periodistas que se aprovecharon para que ella hiciera un sinfín de declaraciones absurdas o para distanciarla más aún del círculo todopoderoso de Octavio Paz. No sólo ello, sólo logramos lo suficiente para que las dos Elenas se acomodaran en un departamento miserable, sin aire acondicionado, en Cuernavaca. El único medio económico para subsistir eran las regalías de sus libros y una beca del Sistema Nacional de Creadores concedida por la burocracia cultural.

Su departamento se convirtió en la meca de mediocres y resentidos y de muchos que aprovechaban la facilidad con la que ambas hacían declaraciones para fabricar libros sin mayor valor. Al fin Elena Garro murió, un poco después de Octavio Paz, en su horrible albergue, rodeada de gatos y con una hija, Helena Paz, que mostraba signos evidentes de desequilibrio. El funeral del primero correspondió a un jefe de Estado. El mismísimo Presidente de la República fue quien anunció su fallecimiento, mientras que la noticia de la muerte de la mejor escritora que ha dado México circuló casi clandestinamente en las secciones culturales de los diarios.
*Fragmento del libro

en preparación: Mi amistad con las dos Elenas.

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