Tantadel

julio 15, 2013

Espías mexicanos en EU


El caso Snowden ha inquietado al mundo. Y algo más: convirtió a un joven en el enemigo público número 1 de Occidente. Del conservador Obama hasta el “izquierdista” Hollande. Brasil no escapó a pesar de sus muchos campeonatos de futbol y de allí el sobresalto llegó a México, donde nunca pasa nada y cuando algo pasa, pues tampoco pasa nada, explicaba un político mexicano caído en desgracia.   El espionaje no es una novedad, es un oficio tan antiguo como la prostitución y el periodismo. Desde la época de las cavernas, había personas que buscaban información de lo que pensaban y querían otros clanes. Luego se hizo, como las guerras, más sofisticado el proceso. Las novelas y las leyendas hablan, basándose en historias ciertas, de espías hermosas como la Mata Hari o de espías inocentes como Dreyfus, oficial francés de origen judío, sospechoso de servirle a los alemanes, inmortalizado por el célebre J’accuse de Émile Zola. Mucho antes, la Grecia clásica los preparaba para saber cómo defenderse de sus enemigos. Homero les dio un halo romántico y en lugar de un automóvil Aston Martin, les dio un enorme caballo que llamaron de Troya. Los romanos los utilizaban para conocer el valor y el poder de los bárbaros que planeaban conquistar para ponerlos a trabajar en calidad de esclavos en la grandeza del mayor imperio que la historia ha conocido, antes de Estados Unidos. Ahora ya no son como James Bond ni como aquellos que se vigilaban mutuamente durante la Guerra Fría, por lo regular varones decididos a todo y muy bien entrenados, con recursos sofisticados y un enorme valor y devoción a su causa, lo que no era impedimento para cambiar de bando. Por cierto, Hemingway dijo que en algún momento espió para su país, como Ian Fleming y Graham Greene.   

Los nuevos son espías cibernéticos, expertos en computación, dueños de habilidades electrónicas poco comunes. La mayoría trabaja para EU, otros, como el citado Snowden, prefirieron poner lo que la CIA les dio al servicio del planeta. Dicho en otros términos, desnudó a la humanidad: o espían o se dejan espiar. México ha espiado. Díaz Ordaz era afecto al espionaje, pero solía practicarlos con los estudiantes críticos. Durante los años iniciales de la Revolución Cubana, el gobierno mexicano mandó a un pobre espía, Humberto Carrillo Colón, que aprovechaba los mensajes cifrados a la cancillería y a la CIA para pedir botellas de escocés. Los cubanos lo descubrieron, amenazaron a nuestro impoluto país a retirarlo o Cuba rompería relaciones con nosotros. Ahora sabemos que el patriota panista Felipe Calderón autorizó a EU a espiarnos en 2007, pero eso fue un mero formalismo, siempre lo ha hecho, a veces a través de sus diplomáticos como Joel Poinsett, cuya ayuda fue invaluable para vencer a México, a veces con elementos modernos como lo llevan a cabo en estos días.

Información es poder. Por eso entre EU y la URSS hubo todo tipo de espionajes. Al desaparecer la Unión Soviética y en su aparatosa caída arrastró al mundo socialista, los espías parecieron quedar en los museos o dentro de la burocracia. Pero no, hallaron trabajo espiando para empresas. El espionaje industrial les dio nuevas alternativas. Unas espían a grandes consorcios industriales y éstos a su vez hurgan en los archivos de sus oponentes. Lo que podría ser un benéfico negocio, intercambio de inventos, prefieren hacerlo al modo tradicional para no perder la costumbre. En EU se ha llegado al extremo de grandes compañías telefónicas que exigen que sus clientes sean espiados. Quizás por ello, cada vez que un mexicano escucha un ruido extraño en su teléfono fijo o móvil, supone que Gobernación desea saber cuánto dinero le da a su esposa para gastar en el supermercado.

México con penosas dificultades quiere recuperar el prestigio perdido por años de pésimos gobiernos y a fin de evitar la vergonzosa discusión sobre el pasado proceso electoral, conduce a los medios a una actitud patriótica: México exige que EU nos explique las razones por las cuales nos espía. Los expertos, vaya genialidad, refuerzan la idea afirmando lo obvio, está violando el derecho internacional y acaso ponga en entredicho la seguridad nacional. Rusia más sensata y sabiendo que sus reclamaciones se quedarán en el vacío, tuvo una idea genial: dejó las computadoras y ahora los secretos de Estado se envían como antes, con máquinas mecánicas de escribir y lápices. La inteligencia dejó de ser tan inteligente ante las posibilidades de que algún hábil jackeador se entrometa en las redes y obtenga secretos sobre nuevas armas o movimientos de agentes recontra secretos.

Lo grave es que Snowden puso de nuevo a EU en donde debería estar, en un juicio internacional. Pero los mexicanos como los brasileños o los alemanes estamos tan acostumbrados a padecer espionaje que hasta uno de pronto entabla amistad con un talentoso espía y le confía sin quererlo el secreto de los sarapes de Saltillo. Otra posibilidad es entrar en el perverso trabajo y enviar a los nuestros a investigar las nuevas tecnologías de los parques de diversión gringos para ponerlos al servicio del gobierno capitalino y que pueda utilizarlos en el Zócalo, lugar poco cívico y sí muy divertido.

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