Tantadel

julio 26, 2013

La belleza narrativa de Juan Rulfo


Hace unos días, el INBA y la Cineteca me invitaron a platicar sobre dos cuentos amalgamados de Juan Rulfo, “Anacleto Morones” y “El día del derrumbe” en el filme de Alberto Isaac: El rincón de las vírgenes. Reflexioné en el escritor taciturno, de pocas palabras, enigmático, de una gran cultura, riguroso: Rulfo. Lo recuerdo como maestro en el Centro Mexicano de Escritores, institución que en 50 años de vida produjo un enorme número de poetas y narradores, él entre ellos. Rulfo, aparte de impecable literato, poseía varias facetas: gremialista que trabajó para edificar una asociación que defendiera los derechos autorales, laboró en el INI para proteger a los indígenas y fotógrafo de genio. El escritor jalisciense no toleraba injusticias y el creciente predominio norteamericano en México no le hacía gracia. Pero no estaba hecho para enfrentarse abiertamente al poder, el que, por otra parte, lo adulaba como a Paz o a Sabines. En plena gloria, luego de recibir el Premio Nacional de Literatura, señaló que en el Ejército Mexicano había corrupción. El mundo se le vino encima. El presidente López Portillo, intervino para contrarrestar sus palabras.   

Como todo buen profesor, Rulfo no era agresivo con sus alumnos, tampoco complaciente. Se situaba en un razonable tono intermedio. No solía generalizar. Le gustaba recomendar lecturas según las aficiones y tendencias de sus alumnos. Mi generación, ahora lo pienso con claridad, fue injusta con Rulfo. Buscando una completa ruptura con lo predominante, lo rural, se fue hacia el otro extremo: Arreola y su mundo cosmopolita, cercano a Kafka, Schwob y Borges. Sin embargo, Rulfo, ajeno a pugnas, tanto en Europa como en su continente, disfrutó soberbios homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. Sus cuentos son perfectos. “Talpa”, por ejemplo, es un monólogo que dura unos minutos, quizá no más de cinco, lo que dura el llanto callado de Amalia entre los brazos de su madre. Sin embargo, en este reducidísimo tiempo, encontramos una infinita riqueza de sentimientos y pasiones, un triángulo lleno de perversiones y arrepentimientos, de amor-pasión y crueldad, que ocurre a lo largo de una angustiosa, dolorosa, peregrinación en busca de alivio para el hombre que agoniza y que debe morir para que florezca una nueva relación. Este tipo de relatos, de compleja estructura que normalmente requerirían de grandes extensiones, Rulfo los consiguió en unas cuantas páginas. Por ello, un crítico estadunidense, James East Irby, señaló la influencia de William Faulkner en el trabajo de varios narradores latinoamericanos, Onetti, Revueltas y el propio Rulfo. Es probable, particularmente al leer los cuentos del norteamericano como Estos trece y Miss Zilphia Gant, obras breves y agudas, de temas tormentosos, cuyos andamiajes ponen en entredicho a las novelas-río. Un universo imposible de reproducir o de captar literaria o cinematográficamente. De todos los filmes sobre Rulfo, es probable que sólo La fórmula secreta de Rubén Gámez haya sido capaz de apropiarse esa atmósfera terrible y hermosa, solitaria y densa de claroscuros, que el riguroso narrador sabía producir. Para conseguirla, Gámez se apoyó en Sabines y en el propio Rulfo.

Juan Rulfo fue un escritor deslumbrante. Joseph Sommers expresa que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el notable crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca estudiaron a Rulfo, insiste: “...los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera.” Y esto es justamente lo que a Rulfo le da universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos. El escritor Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad”. Es imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que aparezca Rulfo. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.

Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa algo fascinante: Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Victor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, a José Hernández. En México elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos.


La crónica

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