Tantadel

julio 03, 2013

La cultura en la UAM


A principios de la década de los años treinta, José Ortega y Gasset -heredero de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos-, en su célebre obra Misión de la Universidad (1930), definió a la cultura como “el sistema vital de las ideas de un tiempo” y señaló que la universidad debía poseer tres funciones: a) transmisión de la cultura; b) enseñanza de las profesiones y c) educación de nuevos hombres de ciencia. Un año después, de modo más simple aunque no menos revelador, Bertrand Rusell concibió que la universidad debía desarrollar dos funciones esenciales: a) educar para determinadas profesiones y b) fomentar la cultura y la investigación sin tomar en cuenta la utilidad inmediata.

Podría continuar citando todo tipo de fundamentaciones teóricas al respecto, pero la conclusión sería la misma: la institución universitaria no puede ser concebida como tal sin que entre sus objetivos prioritarios se encuentre atender la cultura. Lo vemos en el caso concreto de la Universidad Autónoma Metropolitana, en la que de acuerdo con la estructura orgánica y marco jurídico que la regulan, son tres sus funciones sustantivas: docencia, investigación y difusión de la cultura, tal y como lo establece el artículo 2° de la Ley Orgánica de la UAM, decretada por el Congreso de la Unión y publicada en el Diario Oficial de la Federación el 17 de diciembre de 1973, que dice justamente: Preservar y difundir la cultura, lo que le concede igualdad ante la docencia y la investigación.

Consideremos que los intentos más serios por retomar la cultura vienen de la comunidad universitaria. Son acciones aisladas para darle mayor peso del que realmente tiene en sus aulas y centros de investigación. El principal esfuerzo, esto es lógico, se concentra en las dos primeras funciones y en un discreto (a veces no tanto) desprecio por las letras, la música, la danza, la música sinfónica, la plástica... En suma, por todo aquello que cabe cómodamente dentro del arte. No es fácil que un literato o un pintor de pronto se encuentren en cargos dirigentes de la UAM. Algo muy parecido ocurre en otras universidades. Grave es que dentro de la innovadora UAM subsista el desdén hacia las artes. Los científicos, sin importar su disciplina, aún los sociales, están aferrados a las ciencias. Jamás se les ocurriría, convertidos ya en autoridades, impulsar proyectos culturales.

En la UAM, contribuir a la divulgación de la cultura es una obligación prioritaria de su razón de ser. Pero el panorama que se nos presenta es poco halagüeño: docencia e investigación han sido las funciones más beneficiadas al recibir de modo desproporcionado mayores apoyos y estímulos, lo que no ha ocurrido con la cultura: el sector más castigado y generalmente desatendido hasta ahora. Ni siquiera en estos tiempos de interdisciplina hay intentos agudos para conjuntar docencia e investigación con cultura. Seguimos produciendo profesionistas que se concentran en lo suyo, que poseen una sola dimensión. No egresan, pues, aquellos que tienen una visión múltiple y rica sobre la sociedad, fenómeno aún más extraño si tomamos en cuenta los procesos de globalización acelerados a los que estamos siendo sometidos. Un dentista o un ingeniero se interesan en lo suyo sin percatarse de lo que significan la música de Mozart, una tela de Picasso o un poema de Bonifaz Nuño. A la inversa, el poeta o el artista plástico poco se interesarían por materias ajenas a su quehacer estético. Para qué hablar del cuerpo docente, invariablemente formado por profesores que vienen de las ciencias duras o de las sociales y que con frecuencia, por más que así conste en los documentos de la UAM, enseña y produce como profesor tradicional.

La UAM culturalmente sigue de cerca el modelo de la UNAM, cuya tradición es francamente excepcional. Pero en otros carece de sentido, ya que la primera ha buscado siempre ser un modelo alternativo y en consecuencia tener su propia manera de hacer cultura, diseñar los mecanismos para desarrollarla y darla a conocer a los habitantes de la ciudad capital, su entorno natural.

Pero esta actitud de subordinación produce rechazos inexplicables. Por ejemplo, debido a que la UNAM se ha preocupado por la música sinfónica y la danza, la UAM no se anima siquiera a entrometerse en el mundo de los solistas o en el de la música de cámara. Se justifican invocando insuficiencia de recursos y al mismo tiempo, señala que los existentes son para la docencia y la investigación. De nuevo el rechazo a las artes, a la difusión de la cultura. De hecho, la UAM carece de todo contacto con la música y la danza, apenas recuerda que durante el paso por Difusión Cultural de Carlos Montemayor tuvo momentos de esplendor. Y algo parecido ocurre con los discos y en especial con aquellos que tienen que ver con la conservación de la voz de los escritores. Ya lo hace la UNAM, no nos corresponde. Nada más falso, la duplicación tiene sentido. Si valiera la queja, no tendríamos razón para editar muchos libros en la UAM, pues la tarea editorial es precisamente uno de los puntos fuertes de la UNAM. ¿Intentar un cambio en cultura de la UAM? No. El que sigue, empieza de cero o mantiene las cosas igual.

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