Tantadel

julio 12, 2013

Somos los mejores del mundo


En estos días, dos noticias sacudieron a la nación. Desde luego, no era información sobre el pasado proceso electoral, algo que de pronto los medios y sobre todo los políticos imaginaron que era algo fundamental. ¿A quién puede importarle el triunfo del PAN en Baja California? Quizás a los habitantes de esa zona. ¿O los éxitos del PRI en Veracruz o Hidalgo? No a los europeos sino a los que de alguna manera optaron por acudir a las urnas en los dos estados. A nadie más. Sin embargo llevamos casi una semana discutiendo nimiedades al respecto, declaraciones idiotas, como si se tratara del ingreso de tropas mexicanas para poner orden en Egipto.

En cambio, las dos mayores noticias no han acabado de convencernos de nuestra importancia real y el dominio que ahora tenemos sobre Estados Unidos. La primera es notable: México desplaza a la potencia mundial en materia de obesidad. Esto es, la patria tiene, a pesar de su enorme pobreza y subalimentación, más gordos que los glotones norteamericanos que consumen chatarra, pasan el tiempo ante sus televisores bebiendo cerveza y se mueven menos debido al mejor sistema de transporte público y número de automóviles que poseen. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (la FAO), superamos a los estadunidenses en tal sentido: los desplazamos del primer lugar del mundo en gordura u obesidad con una tasa de 32.8 por ciento nuestra, contra el 31.8 de ellos. ¡Somos potencia en materia de panzones! Somos la principal fábrica de niños gordos y los indicadores muestras una tendencia progresiva.

La otra noticia no es tan novedosa, pero la hemos ganado a pulso, sobre todo luego del proceso electoral del pasado domingo: México, gracias a su excelente y digno sistema político, a sus tres principales partidos, ha subido en las encuestas más serias hasta ser considerado entre los países más corruptos del mundo. El “Barómetro Global sobre Corrupción” luego de sus nuevos estudios, ha puesto en evidencia dos cosas, que la percepción internacional, no logra ver en ningún país del mundo, decencia, limpieza, honestidad entre políticos y funcionarios. Los pillos abundan, los deshonestos crecen. El 88 por ciento de los mexicanos están convencidos de que vivimos en una nación corrupta, podrida. Refiriéndose a los países donde realmente domina la podredumbre, están situados cómodamente cuatros de ellos: Grecia, México, Nepal, y Nigeria. Son impresentables. Nosotros lo podemos comprobar día con día. En mi pasada entrega, señalaba que Tlalpan, gobernada, desde hace muchos años por perredistas como Maricela Contreras, está corrompida hasta los huesos. Di unos casos que veo a diario con sólo asomarme por la ventana de mi casa o platicar con mis vecinos: ambulantes, policías ladrones, secuestradores, piratería, giros negros, negocios al amparo del poder, extorsión, suciedad, funcionarios irresponsables, abogados pillos… Todo comandado por una mujer que presume a los gritos su “honestidad” y nos acusa de “antreros”. Pero yo al menos, señora, soy profesor universitario. La prueba mayor la conceden políticos como Gustavo Madero, Jesús Zambrano y César Camacho, seguidos por turbas de políticos denigrantes, dignos de ser parte de la Historia Universal de la Infamia que comenzara el notable escritor Jorge Luis Borges.

Es verdad que ningún país se salva de la corrupción, en todos van de la mano gestión estatal y deshonestidad, demagogia, engaño y obviamente apropiación de recursos oficiales. No hay gran fortuna decente, tampoco pequeñas fortunas. Todas tienen un origen sospechoso e inalterablemente el Estado concede asombrosas facilidades para adquirirlas. Un rector poblano como Enrique Agüera, con un sueldo de poco más de cien mil pesos mensuales, consigue vivir como jeque árabe. Noruega, Suiza, Finlandia o Dinamarca, con bajos promedios en materia de corrupción, pues tampoco escapan a ella, simplemente la ocultan mejor. Si Max Weber escribió un libro célebre, La política como vocación, obra superada, ahora alguien tiene que redactar una obra perdurable: La corrupción como vocación.

He aquí dos aspectos de la globalización donde somos campeones. Escasas personas se escapan de la corrupción y la inmensa mayoría de los mexicanos consumen toda clase de alimentos chatarra y beben refrescos y cervezas por millones de litros al tiempo que se desquician viendo futbol.

Hasta hace poco, sólo los fracasos de la selección nacional de futbol garantizaban nuestro patriotismo, hoy ya podemos estar seguro que si allí no goleamos a los demás países, en obesidad y corrupción hemos logrado, a base de esfuerzos sobrehumanos, llegar a la cima. La corrupción afecta al mundo, explicó un experto en la materia, Alejandro Salas, uno de los responsables del organismo internacional que llevó a cabo la penosa investigación, pero según nuestros propios termómetros e indicadores, el estar lleno de obesos que se atragantan de tacos, tortas, tamales, frituras, etcétera y de robar dinero del prójimo, es motivo de orgullo nacional. Si hay alguien que come con fruición y en casa, algo sano, es un tonto y si no ha hurtado dinero ajeno, secuestrado, formado parte del crimen organizado, el narcotráfico en sus distintos niveles o de plano asesinado, es un pobre diablo cobarde y poco digno de pertenecer a los mejores, a los triunfadores. A los que engrosan esas estadísticas que son de pena propia. ¡Viva México! ¡Qué viva!, responden a coro los obesos y los políticos.


La crónica

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