Tantadel

agosto 12, 2013

Agrafía e ignorancia en el PAN


El simple hecho de escuchar a Vicente Fox, oír sus discursos o conversar con él, era una advertencia temible: el suyo sería un sexenio atroz. Lo probó al designar como presidenta de Conaculta a una locutora de escasa presencia y ajena a las lecturas. Pensó en grande y dijo que nos daría a los mexicanos lo que no teníamos: Biblioteca Nacional. El rector de la UNAM era Juan Ramón de la Fuente y en un estupendo discurso respondió que no carecíamos de tal institución y está, por añadidura, en manos de la UNAM. Pese a todo, Sari Bermúdez mandó construir una descomunal y la nombró José Vasconcelos, un escritor talentosísimo, en su vejez más cercano al conservadurismo que a la revolución por la que dio infinidad de batallas, según es posible comprobar en un libro clásico: El pensamiento de la reacción mexicana, de Gastón García Cantú. En la actualidad las nuevas autoridades siguen luchando por liberar al edificio de los desatinos.

Fue un sexenio de vergüenzas sinfín. Fox decía una barbaridad tras otra sin inmutarse. Posiblemente la más célebre, porque atrajo la atención mundial sobre el gobierno de México y su mandatario, fue la imposibilidad de repetir el nombre del mayor narrador del castellano: Jorge Luis Borges.

Cuando con dificultades, pero con arrojo, Felipe Calderón obtuvo la Presidencia muchos pensamos que las cosas cambiarían y que Acción Nacional podría probar que era un organismo fundado por un distinguido intelectual: Manuel Gómez Morín, uno de los llamados siete sabios, donde brillaba casi a la par de Vicente Lombardo Toledano. En Conaculta puso a un amigo suyo y nada pasó. Sergio Vela parecía ensimismado en su trabajo musical y no en las tareas asignadas. La estafeta pasó de modo desconcertante a manos de una modesta rancherita, hoy casi prófuga: Consuelo Sáizar. Hizo y deshizo en la cultura oficial y benefició clara y abiertamente a sus amigos más admirados, sin importar que fueran virulentos enemigos de Felipe Calderón. Mientras ellos aumentaban el tono de sus críticas al “presidente ilegítimo”, más prebendas les daba Consuelo. Basta recordar la fortuna que gastó para festejar a Elena Poniatowska, cuando cumplió 80 años. A Monsiváis lo veló en Bellas Artes, ya convertido oficialmente en agencia funeraria. Sáizar logró notoriedad como persona de carácter brutal y vengativa, nunca como persona culta, educada y fina.

Ambas gestiones fueron incapaces de un solo acierto en materia cultural, al contrario, incluso fueron malos consejeros al festejar el Bicentenario y el Centenario, con corruptelas y obras costosas e inútiles, sin sentido alguno. ¿Por qué, entonces, la Conaliteg en manos panistas, tendría que llegar a la perfección que sus creadores buscaron: Adolfo López Mateos, Jaime Torres Bodet y Martín Luis Guzmán, bien rodeados de excelentes maestros? Los pésimos resultados ahora aparecen y es natural que los principales culpables fueran los doce años pasados, siempre sazonados con deplorables funcionarios. Que hay faltas de ortografía en millones de libros que sirven para educar a la niñez mexicana, era y es evidente, varios maestros lo señalaron desde hace tiempo. Pero en nuestro país sólo son escuchadas las voces de los grandes personajes.

Los errores de los libros de texto de la SEP son sin duda una pifia colectiva reciente. Recuerdo bien las primeras ediciones, pues mi padre, el profesor normalista René Avilés Rojas, era parte de la comisión inicial que sesionaba en la parte posterior de la SEP. Estaban hechas con devoción, con el antiguo amor por la educación mexicana que poseían aquellos educadores entusiastas, que libraron combates incluso dramáticos por esparcir los frutos del artículo tercero constitucional en la época cristera. Ahora es una desmesurada editorial, manejada con criterios más industriales que magisteriales y es natural: hablamos de 233 millones de ejemplares. Coincido con las autoridades actuales, la culpa es de los funcionarios panistas que se hicieron cargo de la Conaliteg, como un empleo rutinario. ¿Y en la actual gestión? ¿No hubiera sido indispensable revisarlos a profundidad en vista de los antecedentes penosos que heredaron, libros mal cuidados, no tanto con erratas sino con errores?

Solamente pensar que entre secretarios como Josefina Vázquez Mota, experta en obras de autoestima, y la presencia de la ahora presidaria Elba Esther Gordillo, cuyo yerno, Fernando González, fue subsecretario de Educación Básica, creaban tantas sospechas que la revisión rigurosa por el gobierno de Enrique Peña Nieto tendría que haber arrancado desde el primer día. Entiendo el malestar de Emilio Chuayfett, es entonces el momento, si de pensar en el futuro de México se trata, de someter al viejo libro de texto gratuito a una revisión completa. La Conaliteg demanda cirugía mayor, actualizar la empresa, cuidar y revisar cada libro (contenidos, pedagogía y gramática). Asimismo analizar el perfil de quienes la dirigen. Son tareas para especialistas, no para políticos. Sobre todo entender que si la nación quiere avanzar, dejar de ser una más del montón, hay que proteger con esmero a la niñez. Que se noten las diferencias entre un partido y otro. Pareciera que para Peña Nieto es igual poner en su gobierno, en cargos claves, a políticos que vienen de su partido, del PRD o del PAN. La pluralidad es positiva si el alto nivel corresponde a las exigencias de la carga laboral. Desafortunadamente no siempre es así.


La crónica

No hay comentarios.: