Tantadel

agosto 05, 2013

¿Cómo se forman los escritores?

Debemos repetir las hazañas del CME, donde había un jurado escrupuloso, académico.


El legendario Centro Mexicano de Escritores (CME) tuvo una positiva e intensa vida. A lo largo de 50 años produjo una enorme cantidad de literatos de calidad. Cito un puñado: Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Juan José Arreola, María Luisa Mendoza, Ricardo Garibay, Héctor Azar, Juan García Ponce… Mejor dicho, contribuyó a su formación. No hay ciertamente ninguna institución que fabrique poetas, dramaturgos y prosistas. En su voluntad y pasión radica la hazaña. Hace décadas realicé una encuesta, pedida por el poeta español Juan Rejano; una de las preguntas fue cómo se forma el escritor. La respondieron 12 literatos afamados y ninguno dijo que su formación se la debía a institución alguna: desde la niñez habían leído y escrito con tenacidad. Antes de ser publicados y aceptados por la crítica seria y los lectores, habían devorado miles de lecturas y echado a perder cientos de páginas. Bonifaz Nuño me dijo alguna vez que sólo no escribir y leer daña al escritor.
El CME fue fundado por una escritora estadunidense, injustamente olvidada, Margaret Shedd y los primeros recursos los obtuvo de la Fundación Rockefeller. Que yo recuerde, nunca nadie objetó el origen del dinero. Cuando José Agustín y yo obtuvimos la beca, con un año de diferencia, los maestros eran Juan Rulfo, Francisco Monterde y Juan José Arreola. Al fallecer de inanición, sin apoyo particular o estatal, los encargados de vigilar los textos de los becarios eran Alí Chumacero y Carlos Montemayor; al frente estaban Griselda Álvarez y Martha Domínguez. Los notables archivos del CME, donde reposan los originales de docenas y docenas de escritores célebres, los conserva la UNAM, y la mesa donde tantos trabajaron, algunas fotografías y objetos suyos están en poder del Museo del Escritor.
De muchas formas, el Conaculta ha sustituido en literatura la tarea del CME, con métodos distintos, pues responden a épocas diferentes. Habrá que reconocer que del Fonca también hemos recibido beneficios para las letras y demás artes. Los tiempos han sufrido modificaciones profundas: entre los despilfarros de las dos administraciones anteriores, Sari Bermúdez y Consuelo Sáizar, y un Estado que no es más el ogro filantrópico señalado por Paz, hay muestras de fatiga y la globalización impone esquemas distintos para promover la cultura. En consecuencia, los particulares han tomado parte del fomento cultural mexicano. Unos como altruismo, otros como negocio, pero ambos poderes se acercan al tema. Aunque la mayoría de los apoyos materiales provienen del Estado, existen grupos, universidades y autores que trabajan sobre este asunto y gradualmente se ha ido perdiendo el miedo a la intromisión de la esfera privada en la cultura y la educación. Asimismo, hay estímulos con recursos privados.
El esfuerzo colosal para educar lo sostiene el Estado y no rechaza apoyos, aunque sean negocio de particulares, siempre y cuando haya calidad y respeto a las leyes. En cultura ocurre algo semejante aunque en menor escala. Los jóvenes que no encuentran apoyos oficiales, los buscan en otras esferas y medios. La tediosa polémica sobre el tema ha cedido y ahora se piensa en rutas audaces. El escritor o el pintor no pueden obsesionarse con las becas. Los autores más notables carecieron de ellas, consiguieron el éxito con esfuerzo propio y como me dijo alguna vez Fernando del Paso, apretándose el cinturón.
Por eso considero que debemos repetir las hazañas del CME, donde había un jurado escrupuloso, académico, los becarios sesionaban y discutían entre sí bajo tutela experta, tareas que potencializaban su capacidad. Carlos Fuentes precisó: las becas y los premios ayudan, pero no son el fundamento del éxito artístico. Tenía razón. Borges obtuvo muchos, no el que anhelaba, el Nobel, sin embargo hoy es sinónimo de revolución literaria, a diferencia de muchos que sí lo consiguieron.

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