Tantadel

agosto 23, 2013

El artista empresario


Los nuevos tiempos no son los mejores para aquella idea romántica de imaginar a los artistas en sórdidas buhardillas, en prisiones o en difíciles situaciones económicas, creando obras maestras siempre para minorías. Hombres y mujeres dedicados al arte ahora tienen o buscan escenarios mejores, más cercanos a la idea que tenemos del star sistem. El éxito apabullante del capitalismo ha convertido en principio al arte en objeto de consumo. Su principal valor no es el estético sino el comercial. “La frontera que separaba el arte del mercado ha desaparecido”, dijo Gilles Lipovetsky en México. En realidad es parte de una compleja idea que aparece en su libro La estetización del mundo.

Lipovetsky goza de un enorme prestigio porque ha sabido ver el arte con ojos distintos, los que corresponden a una época en que la economía de mercado ha triunfado plenamente. En México, desde hace tiempo, ha surgido el artista y el intelectual que construyen más productos comerciales que arte en riguroso sentido. Piensan en el mercado y no en la sala pequeña, donde se reúne un número reducido de admiradores. El pasado ha sido violentamente sepultado por una nueva época donde el artista es un capitalista más, afirma Lipovetsky. Esto le da la última patada a las concepciones del arte para el pueblo, el realismo socialista, el arte al servicio de causas ideológicas. No más. Ahora cada obra de arte busca el nicho adecuado para recibir la mejor oferta. Quienes no se percatan del cambio, se van rezagando.

Las generaciones literarias o pictóricas no se llaman más “Taller”, “Contemporáneos” ni “Escuela mexicana de pintura” o “La ruptura”, sino empresa fulana de tal o compañía de producción estética. Son, explica el sociólogo francés,  industrias culturales y los medios de comunicación una forma para anunciar sus productos. La cinematografía, por ejemplo, es prueba de ello, se rige por las reglas del mercado y utiliza a los medios, particularmente electrónicos, para darse a conocer. Es, en consecuencia, una rentable empresa que supera las formidables ganancias de industrias como la química y la agrícola.  Como ejemplo, Lipovetsky nos ofrece a Disney, exitosa fábrica de sueños, diríamos antes: tiene más de 130 mil empleados y hace negocios por un monto de 40 mil millones de dólares. Sus productos, a veces notables, otras no tanto, recorren el mundo en cuestión de días.

El capitalismo ha convertido a las estrellas cinematográficas o de la farándula en general, en iconos universales. Me parece que desde Sinatra y Elvis o antes con las llamadas big bands, el capitalismo ya era una poderosa fábrica de figuras artísticas. Cualquier cantante de rock o un rapero es capaz de abrumar las ventas de Mozart o Wagner, siguiendo el tono impuesto por el pensador europeo. El fenómeno del artista que gusta del dinero tampoco es novedoso, eso es una deplorable imagen que ciertas épocas y etapas del mundo nos han brindado. Los artistas, escritores o pintores de talento, siempre han trabajado en espera de recompensas económicas, afirma Lipovetsky. No dejemos de lado a Picasso, Dalí o Warhol. Atrás quedó toda idea de arte puro, incontaminado. Ya no es fácil rechazar la idea de simplemente dividir al arte en comercial y no comercial. Los creadores trabajan con el objeto de vivir con comodidad, lejos de la pobreza y las dificultades. No más el esfuerzo para la belleza sin importar el dinero o para una causa política como hicieron cientos de artista en todo el mundo en la época del realismo socialista, donde se intentaba privilegiar al arte con un amplio contenido social sobre aquél que no estaba dirigido a las masas oprimidas. Para colmo, explotados y explotadores, los personajes principales de la eterna lucha de clases, buscan satisfacción espiritual en el arte comercial, en la diversión, en el entretenimiento. En tal sentido, podríamos releer a Mario Vargas Llosa en su libro La civilización del espectáculo, donde con tenacidad insiste en el placer fundamental, en el goce estético, que producen las obras maestras de la literatura, hoy sepultadas por un alud de novelas comerciales, es decir, de best-sellers.

Ello ocasiona que el “arte” pueda estar a la vista de muchos ojos. Un diseño de Armani está en un museo. Todo puede ser arte. Hay un capitalismo artista, simplifica Lipovetsky. Recuerdo haber visto en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una extraordinaria exposición titulada más o menos: Arte bajo y arte elevado. Coexistían a lo largo de fines del siglo XIX y durante todo el siglo XX, hoy ya la mezcla es deliberada y exitosa.

Si el socialismo intentó crear un arte distinto, útil al pueblo, el capitalismo triunfante ha creado una enorme industria donde todo está destinado al consumo. Sin embargo, dentro de este nuevo modelo, siempre existirá la grandeza del artista que se empeña en salir de la uniformidad que ha impuesto este estilo nuevo de hacer arte, de diseñar envases para perfumes y bebidas alcohólicas de cierta belleza, que atrae la mirada de los consumidores y hasta de coleccionistas, para lograr una obra única e irrepetible.

Estoy cierto que sus tesis no son descabelladas y que simplemente enfrentan con claridad una nueva época del arte bajo la globalización capitalista.

Lipovetsky ha puesto en la discusión del arte contemporáneo nuevas ideas a debatir



La crónica

No hay comentarios.: