Tantadel

agosto 09, 2013

El ayer y el hoy en la política mexicana


Un amigo cineasta, Javier Oteka, me escribió en Facebook aludiendo mi artículo pasado. Decía que el mundo raro que yo mencionaba, era la clase política mexicana. Me refería en realidad a la globalización y su empeño en adelgazar al Estado, en hacerlo acorde a las demandas del FMI. En México la ingrata tarea le ha correspondido al PRI, y digo al PRI porque fue el primer partido que nos puso en severa dieta, después de los derroches de varios presidentes que insistían en ser dignos representantes o acaso los últimos de la Revolución Mexicana. Los panistas fueron entusiastas en tal sentido y los perredistas siguen fingiéndose “izquierdistas” porque no han llegado a Los Pinos.

De muchas formas, mi amigo tiene razón. Vivimos en un mundo raro donde el sistema político nos oprime y deprime. El antes y el después, con frecuencia aburrido, posee lógica. Centrémonos en esa legión de incapaces que nos llevan por vericuetos desconcertantes. Antes podíamos decirlo con una cita popular: para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo. Hoy todos prefieren saltar y saltar efectivamente en suelo disparejo por los pisotones de los políticos. Llaman la atención sus altos niveles de ignorancia o para decirlo más correctamente, de especialización, lo cual obliga a un economista mexicano a saber qué son las cuentas nacionales, pero fuera del tema su ignorancia es perfecta. Son, como decía Octavio Paz de Monsiváis, seres de ocurrencias, no de ideas.

La masa política, aglutinada en las cámaras legislativas de todo México, es un perfecto e inmenso corral de ignorancia y pillerías. No están los mejores sino aquellos que fueron afortunados al seleccionar al compadre adecuado. No me tocan los de Puebla, Coahuila o Zacatecas, me hieren, como capitalino, todos juntos en el DF, al menos en las cámaras de diputados, senadores y asamblea del DF, pruebas contundentes de iletrados y pésimos políticos, improvisados, muchos de ellos surgidos de cloacas dizque sociales que apenas saben leer y escribir. Si antes un presidente era capaz de redactar y hablar correctamente, hoy los políticos se apoyan en lugares comunes idiotas que los medios repiten con alegría: Llegaremos hasta las últimas consecuencias, caiga quien caiga, no bajaremos la guardia, no me temblará la mano, y así al infinito. Frases huecas. Ninguno cita un clásico de la ciencia política. No los han leído. No hay un pensamiento novedoso, original o la variante de un autor básico.

Esto no es desconocido: en el pasado sufríamos citas infatigables sobre la gloriosa revolución y los hijos que la patria dio por la libertad. Pero estaban dentro de un esfuerzo por darle coherencia a un proyecto que se desgastó con rapidez. Lázaro Cárdenas lo revitalizó. Sólo que cuando se hizo gobierno, dirían los hombres de los años veinte, personajes de claroscuros como Carranza, Obregón, Calles y otros más, entramos a las frases huecas y a las citas destinadas a las paredes de la demagogia infinita. El nacionalismo desatado por la épica revolucionaria fue un mal menor. El problema han sido los políticos nacionales, poco agudos y ausentes de lecturas.

Si antes un mandatario como Emilio Portes Gil, citaba poetas o escribía libros tratando de explicar la realidad nacional (la época cristera), hoy todos se dedican a correr maratones y medios maratones… Las nuevas tecnologías son aprovechadas para felicitar a la selección de futbol, a una corredora que gracias a los cinco mil metros corridos en tiempo récord ahora hace el ridículo en el Senado. A Marcelo Ebrard lo vimos recorrer calles en bicicleta, sufriendo calor con traje y corbata, escoltado por vigorosos guaruras. Ignoro si Churchill pudo cometer hazañas de tal índole. Lo que ahora miramos es una nueva clase política, rudimentaria y poco afecta a la cultura: pasa el tiempo elogiando atletas, héroes de hazañas mínimas, que atraen los reflectores de la patria.

No he sido tan afortunado como para conversar con docenas de políticos, sin embargo, qué recuerdos conservo de muchas pláticas. Para llorar. Ni siquiera desearon impresionarme. Mi mejor tiempo en los cien metros planos son tres horas, no soy, pues, un héroe del deporte. Los escucho y lloro ante su devoción por las frases hechas y la ausencia de ideas originales y valiosas. Así han tenido éxito un Vicente Fox y un López Obrador. ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a estos niveles, donde la clase gobernante habla por regla general con faltas de ortografía? ¿Han fracasado  también las universidades privadas de donde ahora surgen los liderazgos?

No lo sé, sólo los padezco. Hace algunos años, fui invitado por el doctor Leopoldo Zea a formar parte de la Société Européenne de Culture, donde los mexicanos habían disminuido por la muerte de Octavio Paz y Raúl Anguiano. Mi discurso de ingreso trató un punto clave: la globalización. Hice una distinción que pensé básica: las diferencias entre globalizadores y globalizados. Leído ante los primeros, sonó izquierdista. Hubo reproches. Al año siguiente, insistí en el tema. Hoy, al ver a los políticos mexicanos, entiendo mejor las diferencias: son de cultura e inteligencia. Por eso nos toca el lamentable papel de globalizados política, económica y culturalmente. De allí que el espectáculo de bajo nivel triunfe y sea utilizado por políticos.

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