Tantadel

agosto 26, 2013

El temor a los manifestantes


En estos días de violencia en la ciudad capital he tratado de hacer un recuento de las marchas y manifestaciones en las que he participado. Las iniciáticas. En la primera manifestación que participé fue una de apoyo a Cuba. En 1961 la Isla fue agredida, un grupo de mercenarios auspiciados por EU, con Kennedy en el poder, trató de tomarla por las armas. Los estudiantes universitarios salimos a las calles. El presidente mexicano era Adolfo López Mateos y su actuar político, como el de todos los mandatarios mexicanos, era de claroscuros. Fue reprimida y yo sufrí un severo golpe en el brazo derecho, producto del macanazo de un granadero. Las siguientes fueron en 1968, en medio de la euforia juvenil. No recuerdo en cuántas estuve. Mi esposa iba con el contingente de Economía de la UNAM y yo en el de Ciencias Políticas. Solamente el 2 de octubre fuimos juntos y juntos logramos salvar la vida de la atroz represión de soldados y policías. En esos tiempos, las autoridades no fingían demencia ante las críticas públicas al poder, como ahora.

Pero no sólo he sido manifestante en México. En París, durante el posgrado, todavía bajo el eco de las grandes protestas estudiantiles de Mayo 68, Rosario y yo participamos en una con socialistas y comunistas. Las fuerzas policiacas la disolvieron con celeridad en pleno Quartier Latin. Nos arrinconaron en una esquina y cuando el policía blandía su macana, grité algo así como soy turista. Mi facha así lo probaba. Aunque en realidad Rosario y yo éramos becarios de la Universidad de París. Se contuvo y se alejó para golpear a franceses.

Con el tiempo, opté por escribir mis malestares y protestas en los diarios y esto hago desde hace años. Pero igual podría salir a las calles, incorporarme a la manifestación más cercana y marchar con ella hacia Palacio Nacional, Los Pinos o Gobernación y gritar tediosas consignas mentándole la madre el Presidente. Nada pasa. Los policías y los granaderos, las fuerzas represivas en general (actualmente se les denominan fuerza pública o del orden en un país sin orden ni leyes que respetar), viven a la defensiva. Ahora hay un cambio fundamental: la represión viene de los manifestantes. No pasa un día sin que un grupo reducido (en el populoso Valle de México, casi veinte millones de habitantes, cualquier manifestación o concentración es modesta, por más que nos digan que fueron cien mil) se adueñe de las calles e impidan el paso de la gente que va a trabajar o a pasear. Las zonas seleccionadas por los manifestantes son claves para dislocar el tránsito. ¿Autoridades? No las hay. La política se hizo cobarde, teme o agrandar el problema o quedar ante la opinión pública como represiva y perder votos o de plano suponen que la clave de la democracia es permitir que atrofien la vida comercial y laboral de los capitalinos.

Cuauhtémoc Cárdenas, cuando se refirió a este grave problema, hace años en su primera campaña presidencial, dijo que la solución era fácil: Si los gobernadores solucionaran los problemas en cada estado, los inconformes no vendrían al DF. Pero siempre hay pretextos para venir aquí, son asuntos federales. Y entonces hay que romper el precario orden que tiene la capital. Miguel Ángel Mancera está preocupado por su maratón y por su carrera política en bicicleta. Nada hará para no perder votos ni prestigio como persona de “izquierda”. Los legisladores están temerosos: visten traje y ya hay instrucciones para madrear a todo aquél que se vista con relativa elegancia. Ya me jodí, debo llegar a la SEP en medio de tiendas de campaña y voces agresivas de colegas míos. Mis abuelos y mis padres fueron maestros y yo comencé a dar clases en una secundaria, hace cincuenta años, antes de conformarme plenamente como profesor universitario. Imposible explicarles que pertenezco a otra época, que mis padres, egresados de la Normal, eran distinguidos y cultos, hablaban idiomas. ¿Traje y corbata, enseñar a los niños con seriedad, significan opresión? Lenin, Trotsky, Makarenko (educador comunista) el propio Marx, ¿lo eran? Lucían traje y corbata.

El caso es que me he acostumbrado a debatir sin golpear al prójimo y sin mentarle la madre a mis enemigos que no son pocos ni peligrosos. Como decía un querido amigo, sólo tengo una aversión, por el sistema político mexicano. Una vez salí de la UAM-X y tomé un taxi. El joven que lo conducía, parecía perredista o maestro de la APPO, me miró con desdén y sin escuchar la dirección que le di, se confesó fanático de AMLO, me dijo, iracundo: Cuando no nos roben la presidencia, vendremos por ustedes y los fusilaremos. Carajo, ¿qué tienen en la cabeza los seguidores del Mesías Tropical? Nada, frases huecas. El tipejo sabría que en la UAM la mayoría vota por su ídolo. No. Me vio salir de un bonito edificio y me consideró enemigo de clase. ¿Explicarle que no entiendo la demagogia perredista porque soy marxista? Imposible. Alguna vez lo intenté con jóvenes, resultó que esa palabra apenas la conocían.

A diario un funcionario federal o capitalino promete orden, tranquilidad, sin embargo, nada hacen. Se limitan a diálogos de sordos. La culpa es nuestra, de los capitalinos: insistimos en creer que el PRD es la solución a nuestros graves problemas. No. Tiene mucho trabajo: saquear la ciudad.

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