Tantadel

agosto 19, 2013

Nacionalismo mediático en plena globalización


Cuando llegué al periodismo, hace algunas décadas (El Club Primera Plana me notifica que me entregará la placa alusiva de los cuarenta y cinco; gracias, querido Arnulfo Domínguez, por avisarme), me advirtieron mis maestros iniciáticos que no podía criticar a tres grandes instituciones, en aquella época todas temibles y poderosas: el Presidente de la República y su familia, la Iglesia católica, en especial a la Virgen de Guadalupe, tampoco al Ejército Nacional. Son sagradas. Un jefe de redacción, viendo que era un joven impetuoso, me precisó: Pero puedes desquitar tus malestares políticos con los norteamericanos y la CTM de Fidel Velázquez, nada pasa, nadie protesta, al contrario, dirán qué valiente es René. Cada vez que me sentía muy crítico, arremetía contra el líder cetemista o contra Estados Unidos. No había reacción. Para colmo, mientras les impedían el ingreso a EU a intelectuales latinoamericanos supuestamente izquierdistas, a mí, que era abierto militante del Partido Comunista, me dejaban entrar y salir sin ninguna pregunta, quizás porque mi aspecto no era el de alguien que deseaba vivir y trabajar en ese país, sino de hacer simple turismo.

Al mismo tiempo, notaba que los periódicos estaban materialmente inundados de noticias y severas críticas a los sucesos internacionales. No existía diario o revista que no trajera un abundante número de páginas destinadas a las noticias provenientes del extranjero. Fluían los exiliados del resto de América Latina huyendo de dictaduras militares y en México encontraban veloz acomodo en la academia y en los medios escritos. Honestamente yo no tenía dificultades con los asuntos internacionales, mis estudios en la UNAM provenían de la hoy Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y me especialicé justo en Relaciones Internacionales. Mi mamá me quería diplomático de carrera, yo me negaba (y me sigo negando) a representar gobiernos mexicanos, pero algo tenía que estudiar. Podía, en síntesis, tratar eso temas.

En cambio en la parte nacional, comentarios y noticias eran cautelosos, a veces cobardes y siempre dentro de lo políticamente correcto. La explicación era obvia: mientras uno podía criticar al presidente norteamericano o insultar al miserable Pinochet, entre nosotros Díaz Ordaz, Echeverría o López Portillo resultaban intocables. De pronto aparecía algún comentario crítico dentro de severos cánones de respeto. La idea era mostrarle a la sociedad mexicana que en México la crítica era tolerada y la libertad de expresión reinaba. Éramos una nación plural, diversa, tolerante, cuando en 1968 habían sucumbido cientos de estudiantes, otros estaban en la cárcel y unos más habían huido del país. Poco antes, Siqueiros había estado seis años prisionero en Lecumberri acusado de comunista, y el líder zapatista (de Zapata, no de los neozapatistas) Rubén Jaramillo y su familia fueron asesinados a tiros por elementos militares.

Pero los tiempos cambiaron y la caída del bloque socialista le abrió las puertas a la globalización capitalista. La economía de libre empresa al fin se impuso en todo el mundo. Tampoco los medios siguieron igual, hubo transformaciones, en especial dentro de los escritos y los periodistas consiguieron que la libertad de expresión comenzara a ser realidad y hasta se dan el lujo de insultar al presidente. Con esta nueva situación, las reglas cambiaron a grandes rasgos: ahora tanto la información como los comentarios se han concentrado en México. Aunque las nuevas tecnologías han reducido las distancias, nosotros los mexicanos estamos sólo atentos a los sucesos nacionales y poco sabemos, a menos que sea algo escandaloso, de lo que ocurre en los restantes países.

Vivimos una suerte de nacionalismo informativo: México es el eje del mundo. La dificultad (por ejemplo, ahora que discutimos sin parar el caso de Pemex), como no sabemos qué ocurre en otras latitudes, pensamos únicamente en nuestros problemas y nos mantenemos en 1938 a pesar de las muchas modificaciones políticas y económicas que han sucedido. Ello sin duda nos detiene. Los políticos mexicanos o son tontos e ignorantes, o de plano ninguno tiene una idea clara de lo que requiere México para dejar de ser, como la selección de futbol, “ya merito” país desarrollado. Los mexicanos suelen presumir la riqueza del país, tenemos todo, somos muy ricos, pero en rigor somos una nación pobre y dependiente. Podríamos estudiar cuidadosamente por qué otros países avanzan y nosotros seguimos estancados. Pero la información que encontramos se centra en las declaraciones de López Obrador, en el enojo de Cárdenas, porque atentan contra el legado de su padre, la propuesta “salvadora” de Peña Nieto, las mañas del PAN para recuperar terreno luego de doce años de fracasos perfectos y un considerable número de muertos en la guerra contra el crimen organizado que desató Felipe Calderón sin tener los medios para llevarla a cabo amplia e inteligentemente.

No estaría mal estudiar a fondo sucesos similares en otros países, buscando ejemplos para mejor debatir. Insisto, el nacionalismo que no le gustaba a los marxistas, a los anarquistas ni a Julio Cortázar, es ahora el alimento principal de los mexicanos. Todos disfrutan de la globalización y algunos se preocupan por sus excesos, es finalmente capitalismo salvaje. Para defendernos no se necesita saber qué ocurrió en 1938, sino conocer cómo manejan sus riquezas en naciones semejantes a la nuestra. Sí, la patria es primero, pero por piedad no dejemos de lado que la pobre patria está inmersa en un mar de productos extranjeros.

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