Tantadel

agosto 11, 2013

Nacionalismo, sólo en el petróleo

México es la única nación donde el petróleo brota tricolor. Llevamos años y años discutiendo el tema Pemex.



A mi adorada China Mendoza, la acompaño en su dolor.

Nunca ha dejado de sorprenderme mi país. Me llama la atención, por ejemplo, su desbordado nacionalismo. He podido apreciarlo desde que vi filmes de Pedro Infante y Jorge Negrete, y supe que como México no hay dos (para fortuna de los demás países). O cuando los mexicanos se desparraman por las calles gritando el nombre de un deportista exitoso o manifiestan su admiración fanática por improbables hazañas del seleccionado de futbol mexicano, que únicamente interrumpen labores, obstaculizan el tránsito y dañan el monumento a la Independencia, lo que desconcertaba al erudito Silvio Zavala cuando preguntaba ante algunos discípulos y amigos: ¿Por qué festejar los triunfos futbolísticos en el “altar de la patria” y no en el Estadio Azteca? El desaforado nacionalismo mexicano tiene objetivos muy concretos e inalterablemente son producto antes de la manipulación oficial y ahora televisiva.
Otro intelectual afamado, que peca de nacionalista y llora cada que pasa frente a la enorme bandera nacional de San Jerónimo, escribió que no existe por ahora un nacionalismo más excesivo que el de EU. Allí quizá tengan razón, es la potencia que domina al planeta, los hijos del Destino Manifiesto. ¿Pero el nuestro? Un mexicano desde que se levanta, a menos que desayune tortillas en lugar de Corn Flakes, utiliza abrumadoramente productos extranjeros. Como auto tiene un Ford, no un Pérez, una lavadora Samsung y un celular Nokia. El refresco embotellado que bebe pertenece a una transnacional. El tequila está en manos extranjeras. Las banderitas que aparecen en septiembre son fabricadas en China, como las vírgenes de Guadalupe. Sus aspiraciones son llevar a la familia a Disneylandia o a Las Vegas si los hijos son mayores. Miran el Super Bowl como si fuera un juego inventado por los aztecas, devorando productos chatarra de Sabritas, propiedad de PepsiCo. La lista de pruebas de nuestro “nacionalismo” es infinita. Algo mejor: los sectores más desprotegidos lloran emocionados en El Zócalo el 15 de septiembre. Los ricos lo hacen en Las Vegas. Somos de los países más felices.
México es la única nación donde el petróleo brota tricolor. Llevamos años y años discutiendo el tema Pemex y cada día el país se divide más entre los que lo desean absolutamente mexicano y aquellos que, temerosos de usar palabras incómodas, hablan de modernizar la empresa para ocultar el ingreso de capitales particulares. En primer lugar, en Pemex hay inversión extranjera en derivados del petróleo. En segundo, es ruinosa. La globalización nos exige adelgazar el Estado, hacerlo famélico.
En 1937 Cárdenas también nacionalizó Ferrocarriles. Enseguida se corrompió, se hizo disfuncional, quebró y entre priistas y panistas la desaparecieron. Hoy los trenes sólo están en museos, como en Puebla o sirven para hacer turismo local en Chihuahua. De ninguna manera son vasos comunicantes, magníficos y eficaces como en EU o en Europa. Son nostalgias de la Revolución. Peña Nieto descubre (¡oh!) que los necesitamos para avanzar y hay que crear de nuevo el sistema ferroviario.
Queremos ser semejantes a los yanquis, pero con Pemex en manos estatales. Los partidos y el gobierno federal polemizan qué hacer con la empresa. Imposible privatizarla, dicho sea de paso, en una nación donde las mayores compañías son particulares: bancos, teléfonos, aviación comercial, aeropuertos… Falta hacer lo mismo con Palacio Nacional, Chapultepec y la UNAM, que incluye dos sindicatos, ah, y el petróleo. Pero esto, imposible, es el sagrado legado de Cárdenas, no importa que esté por quebrar y beneficie solamente a políticos y sindicalistas corruptos. Bandera única de AMLO y Ebrard, México entero repite: el petróleo es nuestro, aunque desconocemos con precisión los beneficios. El mexicano es un nacionalismo polémico y ridículo.
Ahora recuerdo: a Julio Cortázar le disgustaba el nacionalismo.

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