Tantadel

agosto 07, 2013

Privatizar o no privatizar, That’s the question


Cuando era adolescente, la Revolución Mexicana había venido a menos. Discutíamos con entusiasmo la naciente Revolución Cubana, las figuras de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Aunque todavía el presidente Adolfo López Mateos hablaba del movimiento social mexicano y el término “revolucionario” era parte del gastado vocabulario de la clase política, la nuestra estaba muerta. Siqueiros en la cárcel acusado de comunista y la familia de Rubén Jaramillo, líder zapatista, asesinada por elementos militares, nos impedía creer más en la gesta iniciada en 1910 y llevada a sus máximas consecuencias por Lázaro Cárdenas. Ahora no se hablaba de Estado fuerte, rector de la economía, con el control de las industrias básicas, comenzaba, la economía mixta, una expresión que yo al menos escuché por primera vez en boca de López Mateos. Hoy gustosamente la utilizaría para señalar a países que fueron comunistas como China y Cuba.

Sin embargo, la agonía de las ideas de los diputados constituyentes ha sido larga y su espíritu subsiste más en el discurso, no en los hechos. La actual izquierda, suponiendo que la representen el PRD, el PT, Morena o Movimiento ciudadano, ex priistas por doquier, corruptos generalizados, no busca un Estado fuerte al estilo socialista, todo está marcado por el signo de las privatizaciones, acentuadas en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y que han proseguido sin fin. Actualmente es mínimo lo que el Estado conserva, claro está, exceptuando la quebrada empresa petrolera.

Cuando en 1962 mi generación de bachillerato pasó a escuelas y facultades de Ciudad Universitaria, los que no consiguieron superar el examen de admisión, tuvieron que conformarse con una universidad privada. Para ellos, lo recuerdo bien, fue crítico. Tendrían que estudiar en escuelas particulares. Los que tenían ambiciones políticas padecieron más: la cadena hacia el poder nacía en la UNAM o en las universidades públicas si pensamos en la república. Esto se perdió. Sus egresados tienden, como van las cosas, a ocupar cargos menores, dependiendo de arrogantes graduados de costosas universidades que presumen el alto número de enviados a cursos de posgrado en el exterior merced al dinero familiar.

No hay gobierno local o federal que no recurra a empresas privadas para realizar obras públicas. Porque en efecto, siguiendo las disposiciones del FMI, se han adelgazado al grado de ser famélicos. Les quedan los impuestos y esperemos que Hacienda no sea privatizada. El “izquierdista” gobierno capitalino tiene un alto porcentaje de servicios contratados. Es razonable. ¿Para qué quiere una constructora si sólo va a edificar un puente o reparar el asfalto de una calle? Es mejor contratar a la empresa de un amigo o socio que le depare un porcentaje de ganancias. Nos queda, entonces, el aburrido tema petrolero. La patria en juego. Somos el único país cuyo petróleo brota tricolor y se lo llevan a EU para que lo conviertan en derivados. Es la bandera de la “izquierda” y ahora hasta el PAN, de historial tan entreguista, quiere que siga en manos nacionales. Primero muertos que perderlo.

¿Hasta dónde nos llevará la discusión, Pemex pasará en parte a empresarios mexicanos o de plano a internacionales o nos conducirá a una nueva guerra civil? AMLO amenaza: si la privatizan el país se arruinará. Ha recibido serios desmentidos. Mucho ruido y pocas nueces. En EU, país nacionalista en exceso, uno pide un escocés con soda mientras sus hijos ven un filme de Jet Li o compra un auto y favorece no a un estadunidense sino a un jeque árabe o a un capitalista japonés. Hasta Carlos Slim es accionista de un emblemático diario yanqui: The New York Times y Washington no ha roto relaciones con México.

Desde luego, necesitamos conocer a fondo las propuestas que los partidos y el propio Peña Nieto tienen para salvar del desastre a la paraestatal, discutirlas con seriedad e inteligencia y seleccionar la más adecuada. Pero seguir entercados diciendo que si a Pemex ingresa capital privado y modifica su estatuto interno es traicionar a la patria, es no estar en 2013 sino vivir en 1938. Nos guste o no, y a mí no me gusta, la globalización capitalista se ha adueñado del mundo y todos adelgazan al Estado. Modernizar Pemex no es quitarle poder al Estado sino adecuarlo. Ni el priismo ni el panismo y tampoco el perredismo buscan una transformación revolucionaria, quieren parches en la fachada capitalista. De acuerdo, pónganle uno más y tratemos de que haya menos pobreza.

Más de un viejo comunista, nostálgico, explica que allí están los Estados de bienestar con sus muchas ventajas. Pero no les dijeron que son frecuentemente monarquías y que tampoco esos países desarrollados carecen de inversiones privadas y que para mayores datos, hay contradicciones graves. Dudo que tolerar dinero particular en Pemex nos haga más pobres y menos nacionalistas. Qué decir de nuestra vigorosa identidad cuando la bebida patria es de cola, los automóviles son extranjeros, nos encanta Disneylandia y la cinematografía norteamericana y las tequileras más grandes son propiedad de extranjeros. El día de muertos es ahora Halloween, Santa Claus nos visita, el DF es decorado como si fuera la 5ª Avenida de Nueva York y las trasnacionales nos abruman invitándonos a consumir. ¿Eso querían los constituyentes o el paso del tiempo nos metió en un mundo raro, diría José Alfredo Jiménez?

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