Tantadel

agosto 18, 2013

Resistencia al olvido

Tiene que darse una política cultural de rescate y recuperación de autores significativos.


Hace poco publiqué un artículo sobre Juan de la Cabada. Lo subí a Facebook y no tuvo muchas reacciones: algún alumno mío, más por afecto que por devoción al escritor campechano, un viejo camarada comunista de Juan y mío, Arturo Martínez Nateras y no más. Lo recuerdo en sus mejores momentos, cuentista de enorme fluidez y estilo juguetón, afamado y abierto militante político. Su nombre era un referente obligado porque aparecía en televisión acompañado por Cristina Pacheco, fue incluido en multitud de antologías, la Universidad Autónoma de Sinaloa hizo sus obras completas y la UNAM editó su Antología personal. Fue, por añadidura, el mejor amigo de Elena Garro, una mujer genial cuyo recuerdo su debate todavía entre el vituperio y la gloria. Para mi gusto, un mucho olvidada y muy infortunada. Vivió malos tiempos y no supo defenderse con vigor, lo hizo con miedo al sistema y a los intelectuales que tomaron el partido de su ex esposo Octavio Paz.
Una estación radiofónica universitaria, me pidió conducir un programa. De inmediato propuse uno que rescatara artistas talentosos del olvido, personajes que apenas recordamos en México, un país que tiene mala memoria y gusta de las novedades, siempre y cuando sean amparadas por los medios de comunicación. Recordé en principio una larga lista de narradores y poetas, artistas plásticos sepultados en un rincón de la historia. En nuestro país basta morir para pasar al olvido, salvo en los casos de hombres y mujeres que aparte de talento y obra, supieron llamar la atención. Sin crítica literaria seria, con una sospechosa relación con el poder, son pocos los intelectuales elegidos. ¿Dónde está Ermilo Abreu Gómez, autor del espléndido Canek? José Revueltas, Nellie Campobello, Efrén Hernández o Julio Torri, no son frecuentados por los escasos lectores que tenemos. Hice una asombrosa e infinita lista y la presenté. Puros desconocidos, me dijeron en la estación de radio.
El pasado trimestre, viendo las eternas luchas por el poder en México, pedí la lectura de La sombra del caudillo. El nombre del autor produjo desconcierto: ¿Martín Luis Guzmán? Hace cuatro años, en una feria del libro, me correspondió hablar de Al filo del agua, novela que marca el inicio de las estructuras modernas en el país. La sala que imaginé se abarrotaría, tuvo poco público, al final, una mujer se acercó presentándose como familiar cercana del escritor jalisciense que fue gobernador del estado y titular de la SEP: Gracias, dijo con timidez, Yáñez está muy olvidado. No tanto, repuse: su peso literario es enorme. Sí, concluyó ella, quizás entre estudiosos y especialistas.
De todos mis amigos muertos, son escasos los que siguen siendo leídos o citados. Parménides García Saldaña, quien de forma peculiar fue un escritor maldito y sin proponérselo hizo su propia leyenda que muchos jóvenes mantienen viva. Ser contestatario toda la vida es imposible. Él, en tal sentido, murió abandonado, sin ceder ante las exigencias de la sociedad.
He dado casos que imagino son conocidos por pocos. Sin embargo, conformar un listado de grandes escritores olvidados, algunos que gozaron de enorme prestigio en vida, puede ser terriblemente larga. Imagino que algo parecido sucede en otras áreas de la cultura y la academia. Pero yo pensaba en Germán List Arzubide, Arqueles Vela, Miguel N. Lira, José Rubén Romero o en Ramón Rubín. Imposible pensar en el poeta Antonio Castañeda, quien antes de morir vio su obra completa en el Fondo de Cultura Económica.
Tiene que darse una política cultural de rescate y recuperación de autores significativos. Parece que es suficiente con las glorias que el mundo oficial ha creado. La lista de premios Nobel es larga, de pocos nos acordamos. Extrañamente Borges no lo recibió, pero es en quien más pensamos. Kafka murió en el anonimato, hoy lo citan hasta quienes no lo han leído.

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