Tantadel

agosto 21, 2013

Slawomir Mrozek, un polaco en México


En 1969 llegó a México, editado por Seix Barral, un libro notable: El elefante, de un autor polaco para mí desconocido, Slawomir Mrozek. Pensé que se trataba de una obra con mucho mensaje político y nulo valor literario. Cuando inicié la lectura, la sorpresa fue mayúscula. Es un libro divertido, ameno, inteligente, crítico y en verdad memorable. Joven todavía, en proceso de formación, lo incorporé de inmediato a la larga lista de narradores admirables que poseo. Su sentido del humor, su inteligencia satírica y lo certero de sus ironías me hizo amar su literatura. Diferente, opuesta a la que se escribía en aquellos años en que mucho pesaba el realismo socialista. Uno —decía yo— puede ser marxista-leninista, y mantener el buen humor, no es indispensable escribir cuán heroica era la clase obrera, como suponíamos inalterablemente al leer novelas y relatos provenientes de la Unión Soviética, también podíamos ingresar en un mundo burlón de los valores reinantes. El marxismo no tenía que ser fatigosamente aburrido. Menos en esos momentos: el mundo estaba bajo el influjo de lo que llamaron la década prodigiosa, años en los que el buen rock, la poesía de Ginsberg, de un lado, y de Evtushenko, del otro, sacudían el polvo de las generaciones anteriores. La guerra de Vietnam y la Revolución Cubana habían alterado el ritmo cardiaco del imperio norteamericano y la izquierda era justamente eso, izquierda. Un movimiento de mujeres y hombres que pensaban en una transformación radical. El bloque socialista también fue sacudido.

Los cuentos de Mrozek ironizaban sin piedad el marxismo acartonado de corte estalinista que prevalecía en el socialismo. Los grandes dirigentes daban sus puntos de vista sobre el arte: mientras que Jruschov decía que en materia artística pensaba como Stalin, Mao Tse-tung pedía que se abrieran cien flores y compitieran cien escuelas ideológicas. El escritor polaco estaba lejos del estalinismo y era un satírico natural. Le servía a una extraña e infrecuentada ideología: el buen humor y la ironía. Era, considero, una interesante mezcla de Kafka y Ionesco. Recuerdo uno de sus mejores relatos: “La jirafa”. En apretada síntesis es la historia de un niño que le pregunta a su tío, rígido comunista, qué es una jirafa. El pariente, hombre de muchas lecturas políticas, medita, piensa largo rato y pospone la respuesta. Es evidente que nunca ha visto un mamífero llamado así. Ven mañana, le pide al pequeño.

Al día siguiente el niño regresa y escucha a su tío: Mira, busqué en Feuerbach, en el Antidühring, en El Capital… La conclusión contundente llega cuando le dice al pequeño, si las jirafas no están citadas por Marx, Engels o cualquiera de sus sucesores, no existen. El desenlace es gracioso e inteligente y desde luego inesperado, luego de que al fin el niño observa azorado una jirafa en el zoológico. Un libro sorprendente e incómodo en aquel severo comunismo, sectario, dogmático, que gradualmente cavó su propia fosa. Así lo vi yo en 1980, cuando visité la URSS con una pequeña caravana de comunistas mexicanos: era un mundo sin capacidad para la broma.

Pero Mrozek sabía sin duda sonreír de manera maligna, así lo prueba en cada cuento. O en sus obras de teatro. Fue por ello un escritor poco común en la severidad socialista. Nunca vi fotografías suyas; en consecuencia, jamás imaginé su rostro, tampoco supe cómo conversaba. Me limité a leer Las bodas de Atomville, El amor en la guerra de Crimea y la pieza El pavo, obra que lo hace famoso y traducido a muchas lenguas o a ver Los emigrados, llevada al cine por el director Andrezej Wajda. Me enamoré de su obra. Pero jamás imaginé que hubiera vivido en México de 1989 a 1996. Curioso, porque alguna vez quise hacer un libro sobre grandes escritores extranjeros que fueron huéspedes de México: Sthepen Crane, Katherine Anne Porter, Hart Crane, Jack London, John Reed, Ambrose Bierce, Lowry, B. Traven, Max Frisch, Graham Greene, D. H. Lawrence, Jack Kerouac, Ray Bradbury, Carlos Castaneda, Oscar Lewis, entre otros… Me intrigaba saber por qué llegaron a México, qué hicieron aquí, qué les pareció. Supe de la estancia mexicana de Mrozek hace unos días por una nota que publicó La Crónica sobre su muerte ocurrida en Niza. Lamenté sinceramente mi ignorancia, es imperdonable.

El diario precisa: una amiga suya cercana habló de su estatura: “Un intelectual, autoridad moral y ejemplo para generaciones de polacos…” Su obra está dentro de la gran literatura mundial. Añade que era un hombre tímido, silencioso, discreto, su rebeldía la manifestó en obras magnificas; estuvo casado en segundas nupcias con la directora de teatro mexicana Susana Osorio Rosas.

No tengo más qué hacer sino regresar a su literatura prodigiosa, bordada con cuidadosa atención y una prosa muy tersa. Pude conocerlo personalmente, preguntarle sobre su arte o al menos verlo a distancia… Las cosas jamás suceden como uno quiere. Lo sorprendente es que no supe de otra nota mexicana sobre su desoladora muerte. México sólo tiene ojos para media docena de escritores sobrevalorados por la burocracia mexicana y los medios. Mrozek no importa, aunque haya puesto en jaque a media Europa. Tenía 83 años y el reconocimiento de grandes figuras de la cultura universal.

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