Tantadel

agosto 10, 2013

¿Un museo en unas oficinas?

Ivette Gómez Mendo | Cultura |


La ciudad de México cuenta con un gran número de museos, entre los más recientes tenemos el Museo del Escritor, iniciativa de René Avilés Fabila, el cual está por ahora ubicado en Avenida Parque Lira 94, casi esquina con Av. Observatorio, exactamente dentro del Parque Lira. Es una especie de prueba del potencial que tiene un proyecto de tal naturaleza para conservar el patrimonio de muchos escritores nacionales y de otros países. Recientemente Perú hizo un importante donativo: primeras ediciones y objetos de algunos de sus más representativos narradores y poetas. Algo semejante han hecho familiares de escritores fallecidos en México. Prefieren entregárselos a una institución seria que dejarlos al azar o venderlos a cualquiera.

Pero el Museo del Escritor está en crecimiento y ofrece mucho potencial. Tiene ya una bodega donde guardan los objetos que no caben por ahora, una biblioteca de unos 30 mil volúmenes y pretende convertirse en escuela de escritores.

—¿Qué sucedió con la Fundación René Avilés Fabila, situada en Yácatas 242, Narvarte?- le pregunté al titular.

—Sigue allí. La casa donde está la Fundación sólo estaba prestada al Museo del Escritor, ahora que éste ha obtenido un local, mudamos los principales materiales, como una muestra, y lo demás lo pusimos con cierto orden en una bodega. Es mucho.

—¿Pero y ahora qué pasa con sus vitrinas y paredes, con sus oficinas, René?

—La Fundación vigila el Museo del Escritor, se hace cargo de la revista El Búho, de mis tareas principales, de mi relación con otras instituciones culturales y del apoyo posible a jóvenes autores. Acabamos, por ejemplo, de coeditar tres libros con la UAM y antes hicimos 25 títulos con el IPN.

—Sin embargo, perdona que insista, ¿qué queda dentro de la Fundación RAF?

—Mira Ivette, un sueño de todo escritor, grande o modesto, es conservar su propia historia. Para ello, algunos han hecho museos: la mayoría han sido edificados por sus admiradores y los hay por todo el mundo. Aquí tenemos pocos y se deben al esfuerzo de los mismos escritores o de sus familiares. El dramaturgo Hugo Argüelles quería que su casa se convirtiera en su museo, pero una vez muerto, nada consiguieron sus herederos y su acervo, que era mucho, se perdió. Con experiencias de tal índole, pensé que lo más importante de mi archivo y colección se fuera al Museo del Escritor. Si observas bien, no hay mucho mío, un libro y algunas fotos con Arreola y Bonifaz Nuño, con José Agustín. Muy poco. Todo perteneció a escritores notables, lo compré o recibí en donación.

—¿Y?

—Bueno, entonces las vitrinas y paredes de la Fundación las utilizamos, como has visto, para poner mi historia literaria: mis maestros iniciales como Rulfo, Arreola y Revueltas, mis primeros libros hasta los más recientes, en todas sus ediciones que han sido muchas, y traducciones; originales, cartas de escritores, músicos, pintores,  fotografías, los diplomas obtenidos. Allí, por ejemplo, están el Premio Nacional de Periodismo, firmado por el presidente de México y por los jurados: Rafael Solana y Edmundo Valadés, el Premio Colima, diplomas de gobiernos como Veracruz, Coahuila, Puebla…, en fin, reconocimientos diversos.

Hay uno inicial firmado por Jaime Torres Bodet y fechado en 1962, lo que da una idea de lo joven que empecé a escribir. Asimismo hay carteles de los homenajes que me han hecho la UNAM, la UAM, la BUAP, y otras más, todas públicas, como la de Nuevo León, Colima, Tlaxcala, el Fondo de Cultura Económica (FCE) cuando cumplí 25 años como autor suyo, la SOGEM y el INBA al cumplir 30 años de literatura, en fin, cosas por el estilo...

Pero en realidad, cuando uno entra a la casa que ocupa la Fundación René Avilés Fabila, a calle y media del Metro Etiopía, entra efectivamente a una suerte de museo personal, de alguien que desde niño se ha dedicado a escribir. Por ejemplo, en las paredes de una sala, hay multitud de dibujos, óleos y grabados de José Luis Cuevas, Guillermo Ceniceros, Sebastián, María Emilia Benavides, Urbieta, talentoso artista muerto prematuramente, Raúl Anguiano y otros más que han ilustrado muchos de sus libros. Es una sala llamada: “El escritor y sus ilustradores”.

En otras paredes lucen cuadros de artistas plásticos del gusto de Avilés Fabila. Me llaman la atención dos retratos suyos: uno pintado por Guillermo Ceniceros, donde René no tiene la acostumbrada sonrisa, y uno más del afamado acuarelista Alfredo Guati Rojo, creador del Museo Nacional de la Acuarela, situado en Coyoacán. Aquí nuestro escritor visitado aparece de perfil. Es interesante la colección de caricaturas que le han hecho a René.

Llaman también la atención las numerosas antologías en español y otros idiomas donde René Avilés Fabila está incluido. Es posible pasar un momento amable viendo el trayecto de un escritor polémico y prolífico, que lo mismo hace novelas y cuentos, que escribe periodismo y da clases en la UAM-X, donde es oficialmente “Profesor Distinguido”, como indican un diploma y una fotografía. Es un sitio interesante al que, pienso yo, le falta mejor trabajo museográfico. Él afirma: “No es un museo, es una oficina pública decorada con los productos de mi literatura.”

—René, ¿no te parece un acto de vanidad crear una suerte de museo, mausoleo o quizás como dices, una “oficina” para tu propio trabajo?

—Ivette, he reunido muchos objetos y libros, aunque la inmensa mayoría le pertenece ya al Museo del Escritor. Puede ser que así sea. Pero todo es cuestión de gustos y deseos. Si alguna persona simpatiza conmigo o le interesa mi literatura, puede venir a ver algo de mi historia, si a otro le resulto antipático, pues no visita la Fundación y listo. Es muy sencillo. Tenía que llenar la casa con objetos, libros y cuadros, ¿para qué poner los de Carlos Fuentes o los de Elena Poniatowska si puedo exhibir los resultados de mi trabajo? Ellos siempre fueron ricos y famosos, que hagan los suyos y punto. Ah, no conozco un escritor o a un artista plástico peleado con la vanidad.

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