Tantadel

septiembre 22, 2013

Fausto Vega en El Colegio Nacional


El miércoles pasado un grupo de amigos de distintas edades, algunos provenientes de la academia y las letras, nos reunimos con la idea de platicar con Fausto Vega (1922), quien es desde hace 27 años secretario y administrador del Colegio Nacional. No hubo discursos sino palabras de gratitud para el distinguido intelectual. Recuerdos emotivos sobre él y su generación, el Grupo Hiperión, de parte de Gabriel Yáñez, Joaquín González Casanova, Alejandro González Acosta y Paloma Guardia Montoya. El primero, hijo de Agustín Yáñez, uno de los mayores novelistas mexicanos, autor de un libro imprescindible, Al filo del agua, trajo a la mesa los nombres de diversos amigos entrañables del homenajeado y la relación con su padre. Algo parecido hicieron los dos siguientes, elogiaron la obra del maestro en El Colegio Nacional y recorrieron los momentos claves con sus compañeros de generación.
Hiperión fue un grupo brillante conformado por Emilio Uranga, Jorge Portilla, Luis Villoro, Ricardo Guerra, Joaquín Sánchez McGregor, Salvador Reyes Nevares, Leopoldo Zea, Fausto Vega. Los aglutinaban corrientes filosóficas provenientes del existencialismo y el historicismo y la devoción hacia José Gaos; todos eran universitarios de talento y la mayoría autores de libros memorables. Les interesaba tender puentes entre el pensamiento filosófico europeo y el mexicano, pensando en José Vasconcelos y Samuel Ramos. El fin, pienso, era acercarse más al conocimiento de la identidad nacional. Estuvimos, pues, en un cálido homenaje al último de los hiperiones, amigo entrañable de Rubén Bonifaz Nuño, Henrique González Casanova, Carlos Illescas, Alí Chumacero, Augusto Monterroso, Andrés Henestrosa, Jesús Arellano y Francisco Liguori, entre muchos otros escritores e intelectuales del país.
La mesa, coordinada por Paloma Guardia Montoya, quien trabajó con Bonifaz Nuño muchos años y la que estuvo a su lado en los días finales, tuvo alrededor de 50 comensales, todos vinculados estrechamente a Fausto Vega por una u otra razón, fundamentalmente literaria. Estaban allí Bernardo Ruiz, Sandro Cohen, Vicente Quirarte, Hugo Hiriart, Josefina Estrada, Raúl Renán, miembros de la familia González Casanova y muchos más. Rosario Casco Montoya y yo fuimos invitados, considerando que el homenajeado fue nuestro profesor de literatura universal en el bachillerato. A Paloma le correspondió explicar las razones de la reunión y hablar de su amistad con el ameritado maestro desde su infancia. 
Fausto Vega se limitó a agradecer el sorpresivo festejo, con su habitual sentido del humor hizo un brindis. El resto fue hablar de su trabajo, sus amigos y de literatura. Nostalgias y luminosas siluetas pasaron por allí. Los que quedaron alrededor mío, me oyeron platicar del maestro, quien en 1960 nos explicaba el sentido de la literatura y leía trozos de Flaubert, Goethe, Joyce, Proust, Kafka, un certero recorrido por las letras universales. Fue el primero en hablarme de Borges en los pasillos del edificio ahora convertido en Palacio de la Autonomía. Ya en la Ciudad Universitaria, a través de Henrique González Casanova y de Rubén Bonifaz Nuño, me acerqué más a él, como amigo. Una tarde realmente memorable. Sobre todo cuando Fausto Vega recordó a sus amigos y a muchos de los integrantes del Colegio Nacional, con quienes ha convivido casi tres décadas. Fue, conforme a su costumbre, ingenioso, agudo, propio y sabio. Dentro de una talentosa generación de pensadores, Vega prefirió impartir clases, dictar conferencias, ser universitario de tiempo completo y finalmente administrar el mayor centro científico cultural de México. Dicho en otras palabras, optó por la oralidad, no por lo escrito. Otros son los que deben dejar constancia de su notable paso por las más elevadas instituciones culturales del país y sus profundas huellas.

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