Tantadel

septiembre 27, 2013

La muerte voluntaria


La discusión sobre suicidio y eutanasia es larga, tediosa e imposible de resolver. Pareciera tema de ciencia ficción, pero es momento, entre tantos logros inútiles y supuestos avances sociales, derrotar la idea, para nada científica, de que sólo Dios da y quita la vida. Son las religiones el gran obstáculo para obtener una muerte digna, de allí han derivado leyes atrasadas y médicos atolondrados. El enorme científico inglés, Stephen Hawking, recién ha hecho público su apoyo al suicidio asistido para enfermos terminales con tal de no prolongar más el sufrimiento, que en ocasiones es atroz. “Las personas que padecen una enfermedad terminal y sufren mucho dolor deberían tener el derecho de acabar con sus vidas, y aquellos que les ayuden no deberían ser perseguidos por la justicia”, señaló sin duda recordando el célebre caso del doctor Kevorkian, quien pagó la osadía de incluso llegar al diseño de una máquina que contribuyera a evitar dolor en enfermos.

En la hermosa amistad que tuve con Elena Garro sólo padecimos un desencuentro: católica ella, discrepó con una novela mía, Réquiem por un suicida. Le pareció y así lo escribió en un artículo publicado en Excélsior, un error inducir al suicidio. No era mi intención. El libro muestra a un personaje harto de la vida que no desea más que morir. ¿Con qué derecho, las religiones, las leyes, la sociedad, pueden oponerse a su deseo, a su voluntad? Mis argumentos o mejor dicho, los que sostienen mis personajes, son los mismos que mantuvo Albert Camus: la libertad, el derecho de quitarse la vida cuando uno quiera, sin que llegue la intromisión “salvadora” a impedirnos esa acción que evita mayores padecimientos.

La novela refleja las dudas, los titubeos, las razones de un individuo para quitarse la vida. Recurrí a ejemplos dramáticos de artistas, los que hartos de vivir, optaron por la muerte voluntaria. Mi Réquiem fue finalista del premio de novela Planeta y la primera edición apareció en España, donde estuvo a lo largo de tres ediciones y una más de bolsillo. Luego, dos años después, apareció en México, donde alcanzó tres ediciones adicionales. Los resultados fueron interesantes. Salvo la crítica severa de Elena Garro, los demás entendían la obra y la daban como válida no sólo en el aspecto literario sino en las tesis que exponía para defender el derecho a la muerte voluntaria. Pero más allá de los comentarios en impresos, la extensa investigación que sobre el tema hice a lo largo de diez años, provocó reacciones muy positivas y curiosamente más en quienes aman la vida. A la fecha, lectores agradecidos por la lectura que les ayudó a comprender la acción de un pariente cercano y otros que han acariciado la idea, me escriben para gratificarme por la lectura. Pienso por el tono que muchos son creyentes, pero que han buscado en el suicidio un remedio digno para sus problemas.

Jamás he visto en la muerte voluntaria, como indica el lugar común, un acto de cobardía. Al contrario, se necesita mucho coraje para ponerse la pistola en la sien o ingerir barbitúricos. Supongo que Hawking, el más grande científico de nuestro tiempo, un hombre condenado desde los 21 años de edad a una vida atormentada a causa de una enfermedad neuromotora, ha meditado al respecto. De 71 años de edad, con el cuerpo totalmente paralizado por la esclerosis lateral amiotrófica y la mente más brillante y avanzada del planeta, retoma el tema, en una sociedad como la inglesa que impide el suicidio asistido, cuando por humanidad hay que despenalizarlo y conceder el derecho a un fallecimiento digno.

Me es difícil, carezco de elementos científicos capaces de valorar el inmenso trabajo de Stephen Hawking, pero comparto completamente su demanda. Quizás por ello escribí la novela citada. La eutanasia, llegado el momento, es la solución adecuada. El mismo científico explica con una pregunta: “No dejamos que los animales sufran. Entonces, ¿por qué hacerlo con los seres humanos?” Sé de la complejidad del debate. El arte comprende bien el tema y a pocos les preocupa la tremenda decisión. Pero si en Tolstoi o en Goethe el suicidio parece una salida natural porque la produjo el desamor, no veo la razón para impedir que un hombre o una mujer sigan padeciendo aterradores tormentos antes de llegar a una solución salvadora, tal como lo hizo Jaime Torres Bodet. Es tiempo de dejar atrás los peores convencionalismos y brindar a los humanos una herramienta liberadora.

Muchos médicos por fortuna lo entienden y de varias formas ayudan, otros están sujetos por ideas religiosas. Habrá que tener mayor sensibilidad. Kafka lo escribe de otra manera en un relato: “El artista del hambre”. En un circo, uno de los seres en exhibición dentro de una jaula es célebre porque no ha comido en meses. Recibe infinidad de visitas. Cuando al fin agoniza, el dueño le pregunta por qué no comía. La respuesta es sencilla: Porque no me gusta comer. Lo mismo puede ocurrirle a una persona a la que no le agrada ya vivir. La sociedad debe comprender su derecho.

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