Tantadel

septiembre 29, 2013

¿Literatura, periodismo o ambos?

La separación tradicional entre los géneros testimoniales y los literarios es discutible.


Hablar de la comunicación como ética es común; no tanto el señalarla como parte de la estética. Sin embargo, desde hace lustros, acaso siglos, hemos buscado que la belleza sea algo integral en la comunicación periodística. En el inicio la información buscaba sobre todo la veracidad y la exactitud (dejemos de lado la objetividad, en tal materia no existe, está sazonada con la ideología del emisor). Poca atención se le ha dado a la belleza formal, basta, a lo sumo, que esté correctamente escrita. Por ventura siempre se han mezclado literatos e informadores. Es posible intentar la tajante separación. Formalmente así ha sido. Pero al final se ha impuesto la idea de fusionar los géneros literarios y periodísticos y el resultado es asombroso. A pesar de que muchos arrancan la información periodística con crónicas como la de Bernal Díaz del Castillo o con libros del calibre delDiario del año de la peste de Daniel Defoe, la “invención” es ambigua e imprecisa. Sin duda el concepto Nuevo Periodismo, aportación de Tom Wolfe y los libros de Truman Capote y Norman Mailer A sangre fría y Los ejércitos de la noche, respectivamente, desataron una revolución que avanza hacia una notable mejoría de los géneros literarios y los periodísticos. Entre nosotros, al amparo de John Reed, con libros muy logrados de Ricardo Garibay y Vicente Leñero, con García Márquez y su taller de nuevo periodismo, la idea se ha desarrollado y cobrado adeptos en ocasiones peligrosos porque rastrillan en mal castellano los peores temas, sin ética ni estética, buscando notoriedad. Y, aunque sea efímera, la obtienen. Nos llenamos de pésimos reportajes novelados y de vergonzosas novelas sobre escandalosos temas coyunturales. El que científicos sociales (historiadores, sociólogos, antropólogos…) se hayan incorporado a formas literarias para hacer menos árida y más perdurable su investigación enriquece la discusión. Mencionemos a Ricardo Pozas con Juan Pérez Jolote, obra etnográfica que ahora leemos como historia y como novela. Lo mismo le ocurre a la literatura de la Revolución Mexicana: es arte, testimonio, autobiografía e historia.
Conviene saber que desde siempre, ahora lo entendemos, la separación tradicional entre los géneros testimoniales y los literarios es discutible, un tema asaz polémico. Michel Tournier, en El vuelo del vampiro, se refiere a los géneros de ficción y los contrapone a los que, como la autobiografía, las memorias, los diarios, etcétera, son cercanos al documento, a la historia o al periodismo; que son, para decirlo con un término justo, testimoniales. Precisa: “Aquí conviene hacer una distinción importante entre las obras de ficción —la novela, el teatro, la poesía— y las no inventadas (documentos, tratados, memorias). A mi ver, sólo las primeras son intencionadamente creadoras, dado que las segundas remiten a una realidad externa de la que pretenden ser imagen veraz, vale decir servil.”
Las autobiografías y las cartas pueden pertenecer (aunque ese no sea su propósito) a cierto grado de ficción. En un libro sobre Edgar Allan Poe, Cartas de un poeta, Bárbara Lanati escribe a pie de página: “La escritora inglesa Angela Carter trabaja sobre la figura de la máscara de Poe, ofreciendo una biografía de ficción del escritor estadunidense (¿pero qué biografía no lo es, en cierta medida?)…”. Lo más interesante es que al publicar la correspondencia del escritor norteamericano, pusieron de manifiesto que Poe escribía, por una u otra razón, embustes. En el caso de la historia o del diario hay analogías. También pueden ser ficción. Lo autobiográfico vale por su belleza literaria.
Los testimonios poseen subjetividad, añadimos dosis de ficción. Estamos ante un problema que debemos descifrar con ojos muy abiertos y tratar de ennoblecer géneros que siempre tuvieron vinculación íntima y que muchos críticos y autores se empeñaron en mantener ante el fenómeno los ojos muy bien cerrados.

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