Tantadel

septiembre 13, 2013

Muere Ernesto Parra, gran escritor español


El miércoles recibí un breve pero terrible correo electrónico: “Que tal, maestro René, espero no importunarlo. No sé si me recuerde, me casé con Ernesto Parra en 1996 (en Madrid)  y usted tuvo la gentileza de invitarlo a la casa de escritores en Bacalar, Quintana Roo, en 1997.  Yo lo acompañé. Nos separamos en 1999. Al margen de decir que mi corazón y mi amor están de luto, quiero comunicarle  de la muerte de mi amado Ernesto,  me enteré por el periódico digital de España elEconomista.es. Creí que debería saberlo, por el aprecio que se guardaban. Muchas gracias y le mando saludos. Laura Cortés.”

Es mucho lo que para mí encierra ese nombre. Ernesto Parra, más joven que yo, lo conocí hace muchos años en la Feria del Libro de Madrid. Ambos publicamos en la misma editorial y por lo tanto, firmábamos libros juntos. A un lado, Rafael Alberti hacía lo propio y poco más lejos estaba Álvaro Mutis, platicando de su amigo García Márquez. Ernesto y yo aceptamos una botella de vino que pronto se duplicó y triplicó. Yo llegaba directo del aeropuerto de Barajas y no había cambiado dólares por moneda española, (entonces todavía pesetas), pero Ernesto me dijo yo te presto dinero y vamos a comer. En realidad jamás comimos, nos limitamos a beber desaforadamente. Sin duda éramos espíritus afines.

Estuvimos juntos varios días, él iba acompañado por su pareja de aquellos tiempos, una joven esbelta llamada Mar. Recorrimos impetuosamente Madrid. Visitamos museos, bares, comíamos algunas tapas y descorchábamos infinidad de botellas de tinto. Se inició una buena amistad. Ernesto amaba a México sin conocerlo. Hablaba de los aztecas y los mayas con profundidad, de la Independencia e insistía de modo obsesivo en que su máximo deseo era visitarlo. Le dije que exageraba, que sus lecturas le habían proporcionado una visión idílica del país, que no era tan bello ni tan generoso como suponía. Es difícil y complejo, sobre todo el mundo intelectual.

Volví a Madrid una y otra vez. La historia era exactamente la misma. Las fotografías que conservo de esa época, tomadas por Rosario, nos muestran siempre con copas de vino o de coñac. Su generosidad desconocía límites. Como pudo, nunca fue un hombre sobrado de dinero, me hizo una fiesta en su departamento, amplio, por cierto, y organizó una presentación en un bar junto a Las Cibeles, con una larga lista de invitados. La novela era Réquiem por un suicida, que llegaba a su segunda edición española. Alguien grabó la presentación. Nadie habló de la novela sino a propuesta de muchachos republicanos, discutimos la deuda impagable que España tiene con México, luego del feroz triunfo de Franco. Fue emotivo. En pleno corazón de Madrid, un grupo de españoles y dos o tres mexicanos retomamos el tema de la tragedia española y el exilio en México.

La última vez que nos vimos en Madrid, iba con su esposa, la que firmó el correo, la mexicana Laura Cortés, talentosa y guapa, que concluía sus estudios de Literatura. Entendí que realmente amaba a México, pero insistí: no es para ti, Ernesto.

Años después, cuando yo dirigía el suplemento cultual El Búho, Ernesto Parra apareció en mi oficina de Bucareli y Reforma, iba con Laura. Hicimos algunos planes. Ernesto se veía entusiasmado. En efecto, conseguí que fueran a conocer Bacalar, en Quintana Roo, donde la SOGEM de José María Fernández Unsaín poseía una casa para escritores. Lo presenté con narradores mexicanos, no se entendieron; su sentido del humor, su ingenio y capacidad para la ironía, desconcertaban a mis colegas. Él, a su vez, muy madrileño, decía, algo así como joder, qué solemnes son los mexicanos, los pensé como tú, irreverentes y, eh, ¿cómo dicen ustedes?, ah, sí, que les vale madre el mundo. Te lo dije, querido Ernesto y eso que no conoces a los más famosos. Son insoportables.

Pero si Ernesto Parra amaba a México, México no lo quiso: lo golpearon, lo saltaron, le dieron una puñalada, por fortuna no grave, en una palabra, lo aterrorizaron. Fue a verme descorazonado. No es el paraíso que imaginaste. Poco después me dijo que regresaba a España y nunca volví a saber de él hasta que su esposa me escribió el correo citado. Lo pienso y noto que a pesar de ser parlanchín, ingenioso, muy buen novelista, era un tanto enigmático. He vuelto a Madrid, pero en viajes rápidos, los que no me permitieron buscarlo. Conservo la mayoría de sus libros dedicados con calidez, una de las fotografías donde aparecemos juntos está en mi biblioteca. Ignoro de qué murió, por qué, dónde, qué hacía, en qué nuevas novelas trabajaba. Pensé que algún día volveríamos a encontrarnos. Ahora sé que no, que está muerto.

Confío que en España hayan reconocido su talento literario, dejó magníficas novelas y escribió amenos artículos. Desconozco si Ernesto Parra tiene lectores aquí. Pero en tal sentido hay reciprocidad: ni en España conocen a los mexicanos ni nosotros conocemos a los españoles, salvo en dos o tres casos. Aquel país está absorto en ser al fin europeo, nosotros miramos obsesivamente hacia Estados Unidos.

Donde estés, querido Ernesto, ya te alcanzaré a beber el vino que nos faltó.

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