Tantadel

septiembre 30, 2013

Parménides García Saldaña


De mi generación, el primero en morir fue Parménides García Saldaña. Tenía un talento superior y un problema: ser contracultural, crítico, a veces rayano en lo antisocial. Guerrero natural, su principal enemigo eran las simulaciones idiosincráticas de sus compatriotas y eso en México, campeón de la rutina y las falsedades, es mucho. Fue sincero, por añadidura. Somos convencionales en exceso y los actuales críticos son patéticos, basta escuchar a los “anarquistas”. Fallecido, conseguí que un excelente reportero rastreara sus últimos días. El resultado lo publiqué en El Búho y más adelante en un libro: Parménides: el rey criollo. Es una leyenda entre los jóvenes no cooptados por menesterosos de la inteligencia. Fue mi amigo y nunca tuvimos dificultades; no era infrecuente que Parménides terminara a golpes con sus cuates. Alumnos míos suelen preguntarme por él y veo que sus libros circulan en fotocopias. Me heredó dos discos de los Righteous Brothers y a su hermano Edmundo, a quien conocí personalmente mucho después de su muerte física. Nos escribimos y por él he sabido más de mi amigo, a quien no le gustaba la vida, no al menos la que le brindaba México.

Con Edmundo mantengo conversación vía internet, no vive en el DF; cuando podemos, nos vemos. En muchos aspectos es como su hermano. Pero Parménides es insuperable. Emmanuel Carballo dijo que de todos nosotros realmente él era el “grueso”. Sinceramente pensaba en una utopía distinta, donde el rock y un orden opuesto al establecido reinaran. Bautizados por Margo Glantz como generación de la “Onda”, sólo él pudo aceptarla, aunque me parece que ni se percató de la calificación (o descalificación), estaba absorto en su literatura, su música y un desmadre a toda prueba. Era un escritor maldito. Vivió acorde a su tiempo, una época de di sí a las drogas, para colmo, bebíamos. Sin duda estaba condenado a morir joven, como en otros campos fallecieron el Che Guevara o Mozart. Al final de sus días, poco se dejaba ver. Trato de reconstruir a partir de mis recuerdos, el reportaje citado, pláticas con los “onderos” sobrevivientes y con datos de su hermano.

Edmundo me dice en sus correos: “Hace un par de años fui a Paris y con mi hija Sofía fuimos al cementerios de… (uff, no sé pinche francés), en la tumba de Baudelaire, dejamos un ejemplar de El rey Criollo.”

Añade: “París es un ensueño y si recuerdo estuviste por allá, imagino que desde entonces llevas el virus parisino clavado en los huesos y en la memoria, no te deja, yo lo que viajé y viví aún me ata. Es de las cosas, René, que cargo por no haber tenido la lucidez de mandar al pinche Parme a París, ya trabajaba y pude haberlo hecho, liberarlo de sus cargas. Después se complicó y más con el nacimiento de mi hija Vania. Incluso traté de evitarlo, ya estaba haciendo muchos desmadres, sin embargo conoció a Vania y hasta me dio una cátedra de su nombre, y otro día, en la tiendita de a la vuelta, le sacó los dientes a mi hija, ella aún se acuerda. Fue la última vez que lo vi, en lo sucesivo lo evité. ¡Qué poca! Son las cosas, cuando tienes hijos; lo demás vale madres, con el tiempo el único que vale madres es uno. De alguna manera creo, tiene sus grandes ventajas no tener hijos, pues es una chinga y los hijos somos ingratos y después hasta te ahorcan, qué feo, mientras tanto y a sabiendas que te quieren y te lo digan, poco a poco te van estrangulando… Consume lo que poseas, bébetelo, cómetelo, viaja y ve con una que otra puta joven”.

Más adelante, Edmundo cuenta: “Cuando murió Parme, José Agustín estaba muy interesado por un libro que no sabíamos dónde estaba y que dejó en manos de un güey que tardó años en sacarlo, En Algún Lugar del Rock (El Callejón del Blues). Dijo en Radio Educación que esos textos estaban a la altura de José Revueltas, y me encomendó me moviera para rescatar su obra. Eso fue bueno: de ahí en adelante he hecho un regular trabajo para promoverlo, pero sigue en mis pendientes.

“En esa ocasión invité a Agustín a mi casa, ya estaba yo casado y él conocía a mi suegro, ex piloto de combate de la República Española, y luego fue aviador comercial junto con su papá. En ese tiempo ya me había organizado un desmadrito medio regular, pues empezaban los videos y me había fayuqueado mi equipo, pues era yo sobrecargo en Mexicana. A José Agustín le causó cierta sorpresa y me peguntó: ‘Manito, cómo conseguiste toda esta parafernalia’. Pues de contrabando y volando. Nadie de los macizos lo conocía obviamente. Se quedó a pernoctar y muy satisfecho, al otro día se levantó temprano y me sorprendió que hizo su cama, muy hacendoso y me dijo ‘que él sabía lo que era vivir con familia’ o un pedo así, la neta, me pareció medio mandilón, me causó una impresión demasiada limpia para un artista y como dices contestatario, si no hubiera tendido la cama hubiera estado bien, era de los servicios que estaban incluidos como anfitrión, me cae. No digo que fuera al estilo del pinche Parme, quien se pasaba, pero me quedé pensando: un escritor hacendoso, cero locuras o viaje astral.”

No hay comentarios.: