Tantadel

septiembre 01, 2013

¿Represión o legalidad?

Nadie le pide al jefe de Gobierno que use la fuerza draconiana, le demandan que ponga orden, aplique la ley.

El problema crece desde hace años. El tono de las protestas ha pasado de la gritería a la violencia. No hay un culpable, son muchos: gobiernos, partidos políticos y funcionarios. El país camina a la ingobernabilidad. El problema ha llegado a tal magnitud, como estamos viéndolo, que aquellas protestas iniciales, al no ser controladas mediante formas o protocolos sobre marchas y manifestaciones, han pasado a ser conatos de brutalidad. Las fuerzas del orden están acorraladas, sujetas de pies y manos y son los manifestantes quienes ejercen la violencia. No sólo toman transitadas avenidas, espacios públicos, sino que han impedido que diputados y senadores sesionen en sus respectivos locales, algo insólito, sin antecedentes, salvo en algún caso de gravedad bélica. No obstante, señalemos que los problemas magisteriales son más responsabilidad oficial que del gremio. Fue abandonado en un país que debiera protegerlo.

Si la guerra de guerrillas planteaba la teoría del foco, la formación de pequeños grupos combatientes, las tácticas de la CNTE no son distantes. Comenzaron probando fortuna en Guerrero, Michoacán y sobre todo Oaxaca. En vista del éxito y con las experiencias adquiridas en provocar amplios conflictos que paralizan a las autoridades, ahora han tomado el orgulloso e inmenso DF. Las autoridades nada hicieron, nada hacen. El PRI de Peña Nieto lleva a cuestas las culpas del pasado, Díaz Ordaz y Echeverría, entre otras más. El PRD de Mancera mantiene las lecciones de López Obrador y Ebrard: ninguna acción contra las manifestaciones por extremas que sean. En ningún caso son capaces de distinguir la represión del imponer el orden y la legalidad.

Los afectados son millones y muchos de ellos simpatizaban con el PRD y los militantes de la CNTE. Su popularidad se desploma y es posible que no sigan pensando que ellos tienen el control absoluto del DF. Eso explica, entre otras conductas, la alianza que PAN y PRI buscan para sacar al PRD de la capital. Ya apreciamos hartazgo no sólo en Tlalpan, Coyoacán o Miguel Hidalgo, sino en todas las delegaciones, por más que la cooptación sea de tiempo completo e invierta mucho dinero. La corrupción de los delegados y la inmovilidad de Mancera producen una honda irritación. Nadie le pide al jefe de Gobierno que use la fuerza draconiana, le demandan que ponga orden, aplique la ley. Pero no, es letra muerta.

Las agresiones a la capital no son novedosas, sino habituales. El problema es que dejaron de ser simples ofensas, ahora se han apoderado de la capital, como lo hicieron los estadunidenses en 1847, la han doblegado, marchan las hordas magisteriales amenazantes. Alguien viste de traje y corbata, y van tras él. Insultan, agreden, destruyen. Para sus simpatizantes las críticas son linchamiento mediático. Sin embargo, son los maestros los que someten a la ciudad a padecimientos injustos. Los funcionarios y políticos esconden la cabeza, todo lo soportan, hasta la ignominia de salir de sus recintos parlamentarios para no irritar a los provocadores.

Ahora son incontrolables. La CNTE ha pasado de foco guerrillero a ejército regular, tiene recursos y más armas de las que imaginan Peña Nieto y Mancera. Son una tropa formidable bien conducida y usa su experiencia para doblegar autoridades temerosas, timoratas. No hay, en consecuencia, mucho que hacer. Les queda negociar, suplicar. Y en esas pláticas fatigantes, los revoltosos ganan tiempo y acorralan más al DF, está, de hecho, postrado. Han perdido la batalla, les queda rendir la plaza, acceder a las exigencias de personas ignorantes y brutales, y esperar a que regresen a sus estados a contar las ganancias y a observar sonrientes un desfile de niños que desde hace meses no ha tenido clases. Sucesivos gobiernos permitieron el deterioro de la educación, pero no será declarándose derrotados que el problema concluirá. No sé qué cuentas rendirán Mancera y Peña Nieto.


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