Tantadel

octubre 23, 2013

Carmen de la Fuente, mujer excepcional


Cada mes, la escritora Carmen de la Fuente me telefoneaba para hacerme algún comentario o para platicarme de sus grandes amigos, artistas plásticos, intelectuales de peso, escritores que han dejado huella, músicos de excepción, todos valiosos, la mayoría muertos. La última vez que la encontré fue en una agencia funeraria donde velaban a Victoria de Herrera, esposa del músico Luis Herrera de la Fuente. Carmen llegó, muy distinta a lo que físicamente fue: se movía merced a una silla de ruedas, respaldada por un tanque de oxígeno. Iba a ver a su primo a decirle cuánto había querido a Victoria, la ejemplar compañera del director musical. Conversamos un poco. Estaba fatigada y espiritualmente dolida. En lo sucesivo, sólo tendríamos llamadas telefónicas. En los últimos meses, Carmen hablaba con dificultades y era únicamente para reportarse: “René querido, todavía estoy viva, quería saludarte”. Con la gentileza que siempre le caracterizó, se despedía. La semana pasada recibí un telefonema notificándome su muerte. Por desgracia, este tipo de llamadas está haciéndose una lamentable costumbre.

Carmen de la Fuente ––los datos al respecto son inciertos–– casi cumplió cien años de edad. Nunca perdió su lucidez y su memoria mantuvo la enorme brillantez de sus mejores momentos. Fue maestra, poeta, dramaturga, activista de izquierda. Estuvo al lado de los estridentistas, muy cercana. Con ellos libró grandes combates. Dueña de una cultura notable, escribió infinidad de libros. Muchísimos. Cito algunos: Canto al hombre, De la llama sedienta, Entre combate y tregua, Neruda en mi corazón, Netzahualcóyotl, brazo de león, Ramón López Velarde, su mundo intelectual y afectivo y la letra del himno del Instituto Politécnico Nacional. A lo largo de ese siglo, no dejó de trabajar, siguió haciéndolo hasta el día de su fallecimiento. En 2008 fuimos a participar en un certamen de poesía a Campeche, exactamente a Ciudad del Carmen, que ella decía de su propiedad. Allí brilló. Era capaz de caminar por sus hermosas calles y mercados bajo un sombrero encantador. Imbatible, escribía y organizaba sus libros, muchos de los cuales los donó a la biblioteca del Museo del Escritor. Si yo tenía alguna duda sobre una época de grandes acontecimientos, de polémicas fascinantes y de personajes insustituibles, la buscaba. Cordialmente, siempre me enriquecía.

No recuerdo cómo y dónde la conocí, carezco de su excelente memoria, todo indica que supe de ella por mi propia madre, se conocían de la Normal. Ella misma me contó cómo eran mis padres en tanto la pareja que fueron escasos años. Pero me queda claro que fue durante la última buena etapa del diario El Nacional cuando solía encontrármela. Amiga muy cercana del poeta español Juan Rejano, combatiente republicano que murió entre nosotros, director del legendario suplemento cultural Revista mexicana de cultura, donde me formé periodísticamente. Carmen era una figura familiar, entrañable, siempre siéndole útil a las mejores causas y tratando de apoyar a sus amigos y familiares.

El poeta Dionicio Morales, al conocer la noticia, me dijo: “Carmen de la Fuente fue una mujer extraordinaria como poeta, como maestra, como intelectual y sobre todo como defensora del voto femenino y la equidad, desde su juventud hasta su final. Su poesía no ha sido considerada ni siquiera con el aprecio que se merece dentro de las poetas mexicanas, una revisión rigurosa de su obra, la colocaría en el lugar que le corresponde junto a las grandes escritoras del siglo XX, al lado de Margarita Michelena, Rosario Castellanos, Griselda Álvarez, Margarita Paz Paredes y Enriqueta Ochoa. Mujer generosa, visionaria en sus ensayos, siempre se mantuvo firme en sus valerosas posturas sociales y artísticas”.

Tiene razón Dionicio Morales, cuando la visitábamos en su casa o la encontrábamos  en alguna reunión (tal vez la última vez ocurrió en casa de los artistas plásticos Rina Lazo y Arturo García Bustos, discípulos de Frida Kahlo y Diego Rivera), Carmen brillaba con elegante discreción. Mostraba su amplia cultura con sencillez. Allí hablamos de pintura y ella desgranó nostalgias sobre los grandes músicos, escritores y pintores cuyas obras conocía a fondo. Poco hablaba de su propia obra, pero efectivamente, escribió ensayos, poemas, dramas, relatos, artículos, obras autobiográficas de altísima calidad. A pesar de la amplitud de su trabajo, Carmen solía reflexionar sobre el arte de sus semejantes, de sus pares. Incapaz de criticar negativamente a otros escritores, era especialista en señalar los aciertos de poetas y narradores de México y en general del mundo. Era como un ser de otro universo, etérea, de voz suave, delicada, dueña de un bellísimo castellano, ingeniosa y simpática.

La noticia de su muerte me sorprendió a pesar de que Carmen bromeaba con el inevitable fallecimiento. No la esperaba. La imaginé capaz de rebasar los mil años, siempre dulce, inteligente y erudita. Lamento como nunca haberme equivocado. No sé qué haré sin sus llamadas telefónicas para avisarme que estaba viva. Yo tendría que estar mejor preparado para aceptar que todo tiene fin. A mi alrededor desaparecen los maestros y los compañeros de muchos años. Quizá por ello mi querida María Luisa Mendoza suele bromear: “Sí, ya sé, todos estamos en la fila, pero no empujen”.

Gracias, admirada Carmen, por tu hermoso trabajo literario, por tus andanzas terrestres. Nos enriquecieron.

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