Tantadel

octubre 06, 2013

¿El 68 fue sólo tragedia?

Recuperemos la idea de cambio que se buscó en Francia, EU y, desde luego, en México.


Estuve en el movimiento estudiantil de 1968, de principio a fin, hasta la noche del 2 de octubre, matanza que me tocó presenciar, acompañado de Rosario y Emmanuel Carballo. Fue algo aterrador que me hizo escribir uno de los libros sobre la rebeldía juvenil, la novela El gran solitario de Palacio, la que tuvo que ser editada en Buenos Aires, en 1970, porque los tiempos mexicanos no eran los mejores para un libro crítico.
Todos los años escribo sobre el tema. Quiero evitarlo, pero siempre alguien lo solicita: es usted un sobreviviente. Sí, y podría añadir, de los escasos que no se incorporaron al sistema. La lista de héroes del 68 que acabaron trabajando para el Estado es larga. Cada año aparecen las nostalgias y el oportunismo político. A padecer puño en alto por el crimen. Pero, me pregunto, ¿fue sólo una tragedia para llorar, que nos hace sufrir cada año? Claro que no. El 68 fue un gran año, nos acompañaron en mítines y manifestaciones, por ejemplo, la música de los Beatles, Janis Joplin, Bob Dylan, los Rolling Stones; las efigies victoriosas de Marx, Lenin, Ernesto Guevara, Fidel Castro, Ho Chi Minh; los ingeniosos muchachos del mayo francés en la versión de Carlos Fuentes; literatos formidables como Julio Cortázar y Alejo Carpentier, que apoyaban a la naciente Revolución Cubana… Entre nosotros floreció un amplio sentido de solidaridad, dejamos por unos meses el atrasado nacionalismo y apoyamos al pueblo de Vietnam, que resistía los atroces bombardeos estadunidenses, entendimos los sufrimientos del pueblo palestino. Vimos, al amparo de José Revueltas, los errores del socialismo encabezado por la Unión Soviética, buscando un camino propio al socialismo, sin saber con exactitud si la vía era la revolucionaria o la electoral en la que trabajaba Salvador Allende.
Cada manifestación, aun la del silencio, fue emocionante, apasionada; enfrentamos al sistema despótico, autoritario y la gente aplaudía a nuestro paso por las calles. Con frecuencia, de las ventanas de los edificios céntricos arrojaban papel picado y alentaban nuestra lucha contra un sistema envilecido. Fuimos por meses una posibilidad, una idea de cambio cuyo soporte estaba en el pensamiento más avanzado de la izquierda: el marxismo. Entre nosotros había amor al prójimo, al compañero que levantaba una improvisada bandera roja o una pancarta con un lema ingenioso.
Sí, parafraseando a Hemingway, el 68 fue una fiesta. Gozamos el movimiento, fue renovador. Luego vino el monstruoso crimen del 2 de octubre, el que hemos llorado eternos 45 años, la mayoría sin conocer la parte lúdica, gozosa, esperanzadora del movimiento. Aferrados a la venganza y sin recordar que hubo organización inteligente, líderes estupendos, con los que pudimos enfrentar exitosamente por largo tiempo, y sin sufrir desgaste, al contrario, crecimos superando el lodo que arrojaban el gobierno de Díaz Ordaz y los medios de comunicación.
México le rinde un extraño culto a la muerte; nos dicen que tiene tintes irónicos, hasta festivos. No me preocupa. Me interesa lo que ha quedado del 68: libros trágicos, filmes pésimos, poesía emotiva y lágrimas que derraman los plañideros oficiales que pintan canas. Marx, insisto, tenía razón: la historia se repite; primero es tragedia, luego farsa. Pero el sainete, a fuerza de repetirlo, pierde su capacidad revolucionaria. Necesitamos recordar la historia para mejorar el futuro, no para llorar lastimeramente. Debemos pensar en un México distinto, muy diferente del que hoy vemos, y llevar a cabo la metamorfosis. Ese será el mejor homenaje al 68, que no fue nacional, sino internacional. Recuperemos la alegría de los momentos fundamentales, no el llanto de aquella noche espantosa. Recuperemos la ideología y la parte lúdica. Pero sobre todo, recuperemos la positiva idea de cambio que el 68 buscó en Francia, EU, Checoslovaquia y, desde luego, en México.

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