Tantadel

octubre 27, 2013

El dolido Monumento a la Revolución

Una ciudad entera no puede vivir bajo el terror de una minoría.


La destrucción de la capital de México no es novedosa, cada gobierno la “remodela” a sus anchas, sin ningún respeto ni criterio histórico. Cualquier acto “modernizador” pasa por la destrucción de casonas, calles, monumentos y plazas públicas. Nunca ha sido de otra manera. La primera gran ciudad americana, el enclave donde dos mundos opuestos se mezclaron, es afectada una y otra vez, con tenacidad. No hemos sido capaces, siempre bajo mandos autoritarios e ignorantes, conservar nuestro patrimonio histórico. Como bien ha escrito Martha Fernández, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, hemos transitado de la Ciudad de los Palacios a mancha urbana. Lo perdido carece de precio y no se mide con el simplismo del INAH que valora el daño a El Caballito en millón y medio de pesos; la acción es irreversible y no exenta de cinismo.
Con Manuel Camacho se intensificó la destrucción. Un caso: La Diana Cazadora. Bajo el pretexto de una remodelación, y en contra de la opinión de expertos en arte e historia, como don Silvio Zavala, la emblemática escultura fue puesta sobre una base descomunal que achica a la diosa, lejos del entorno boscoso donde mundialmente están las Dianas. Las rudas transformaciones siguieron bajo el gobierno de López Obrador. Tampoco las protestas impidieron que Reforma sufriera la imposición de una larga y sin sentido cadena de jardineras fuera de toda lógica estética. Marcelo Ebrard se llevó los aplausos al “remodelar” el Monumento a la Revolución, ponerle un inútil elevador, fuentes bailarinas, palmeras tropicales y convertirlo en área de recreo, pese al malestar de especialistas. Ahora, bajo control de los paristas de la CNTE, es un basurero y sufre diarios embates no sólo de los maestros oaxaqueños sino de los vendedores ambulantes que lo han sitiado y hacen negocio al extorsionar a los comercios establecidos en la zona. Lo curioso es que nadie parece percatarse que no es un punto para verbenas, es un monumento fúnebre al millón de muertos en la Revolución. Es la tumba de algunos de los dirigentes de la gesta, el mausoleo donde está sepultado el general Cárdenas. Los 368 millones de pesos invertidos en una lamentable remodelación que le restó dignidad fueron un desperdicio. Sólo la barbarie de los integrantes de la CNTE le ha encontrado buen provecho: base para destruir, bloquear calles y pintarrajear edificios públicos en una protesta que les ha acarreado el desdén de los capitalinos y el irrespeto de miles de niños sin clases. La Seduvi anuncia que apenas salgan los maestros habrá nuevas reparaciones. Sería el momento adecuado, luego de consultar a verdaderos expertos, para devolverle su dignidad original al monumento.
Los comerciantes de la zona se quejan de pérdidas millonarias como antes lo hicieron los negocios aledaños al Zócalo. Mancera se mantiene impasible. No habrá represión, algo que ninguno pide, le exigen a través de los medios y las redes sociales que aplique la ley. Una ciudad entera no puede vivir bajo el terror de una minoría. Los perredistas, que desde hace años mantienen el control político del DF, han reculado en su aprecio por la fuerza: ya no serán tolerantes, dicen sus legisladores capitalinos, con marchas, plantones y actos de destrucción. Si antes eran complacientes con las protestas violentas, ahora que los capitalinos comienzan a reaccionar con fuerza, toman una nueva estrategia. La pregunta es, ¿respetarán sus leyes?
Lo más escandaloso ha sido el daño irreparable al llamado El Caballito de Tolsá. En un proceso de limpieza hecho con plena ignorancia, le provocaron daños irreversibles. Hasta hoy nadie es culpable. Mancera, por desgracia, parece más preocupado por aparecer en páginas sociales y preparar su candidatura presidencial que en ordenar y gobernar con inteligencia y buen tino a la capital.

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