Tantadel

octubre 04, 2013

El gran solitario de Palacio*


Una mañana lo despertaron, brutalmente:

—¡Cachuchas, buey, levántate, aistá el ejército rodeando la Escuela!

—Ni madres, déjame dormir, anoche tuve guardia, no inventes o te agarro a patadas.

Los ruidos y las voces de mando provenientes de la calle lo acabaron de despertar. Corrió a una ventana: transportes militares estaban dedicados a distribuir soldados en los alrededores del edificio. La policía dejaba su lugar concretándose a retirar a los curiosos para asegurar la efectividad de la maniobra.

—Ojetes —exclamó el Cachuchas—, son como chingomil.

Todos los jóvenes que estaban dentro de la Escuela Técnica se concentraron en un punto. Qué hacer, era la pregunta general. El Cachuchas habló:

—No nos hagamos pendejos, con el ejército no se juega; otra cosa es madrearse con la policía, hasta gusto da, ahí son gases, macanazos, ahora son tanques y ametralladoras. Vámonos rápido. Ya vieron que bazuquearon la Prepa y cargaron con todos. Imposible defender la Escuela.

Sus compañeros estuvieron de acuerdo. El Cachuchas se adelantó a la puerta y desde ese lugar gritó:

—¡Salimos, tenemos clase en otra parte, no disparen! —y agitó un pañuelo que alguna vez fue blanco.

Ningún soldado le prestó atención. El Cachuchas avanzó lentamente hasta la alambrada y entonces los militares comenzaron a tirarle. Regresó corriendo al edificio.

—Ya nos jodimos; de aquí van a sacarnos a puro balazo.

El pavor se reflejó en los rostros de sus amigos y compañeros. De sobra conocían cómo actuaba el ejército. En pocos minutos lo tendrían encima, disparando.

—Sólo nos queda impedirle que entre. A ver si mientras tanto nos echan una manita los del Consejo. Vamos por botellas de gasolina.

Como autómatas caminaron al salón que sustentaba un pomposo título con caracteres toscos, hechos con gises de colores: ARSENAL, y se prepararon a repeler la agresión.

Los soldados avanzaron. Un tanque derribó la puerta principal y por ahí se filtraron docenas de hombres armados. Otro tanque disparó su ametralladora y el Cachuchas arrojó la primera molotov que explotó a reducida distancia del blindado; frenó la marcha. En el acto evolucionaron más tanques disparando sin cesar; derribaron la endeble barricada. El intercambio era injusto: blindados y armas automáticas manejadas por expertos, contra piedras y botellas con gasolina. Rápidamente los soldados llegaron hasta el edificio y penetraron.

—A correr de estos hijos de puta —gritó el Cachuchas y los huelguistas buscaron posibles salidas o escondites.

El Cachuchas fue de los últimos en huir. Se dirigió al anfiteatro y tras un telón arrumbado decidió aguardar los resultados de la operación. Los disparos continuaban por todo el plantel y en ocasiones llegaban a su escondite palabras incoherentes y gritos. Lentamente comenzaron a espaciarse más y más. ¿Cuántos de los cuates se habrán pelado?, pensó el Cachuchas. Los pasos de un soldado resonaron lúgubres en el anfiteatro. Entró buscando agitadores, miraba de aquí para allá. Vio el telón donde estaba oculto el Cachuchas y gritó: ¡Salgan con las manos en alto o disparo! El muchacho, pegado a la pared, dejó de respirar. El soldado disparó tres, cuatro, cinco veces y esperó los resultados: ningún cuerpo cayó al suelo; defraudado, regresó por donde había venido. El Cachuchas oyó los pasos nuevamente y pudo respirar, entonces sintió el dolor en el brazo y vio la sangre. Jijo de la chingada. Apretó la herida intentando contener la hemorragia. Otra vez escuchó pisadas rumbo a él. Prefirió intentar la huida y abandonó el anfiteatro por la parte trasera, muy despacio para no hacer ruido ni llamar la atención. Con suerte encuentro una salida y si llego a donde haya gente me salvé.

Eran como las diez de la mañana, tal vez menos, pero ese rumbo no tenía muchos habitantes y la policía había ahuyentado a los curiosos. No creo que me maten delante de otros. La Escuela Técnica nunca le pareció más grande. Recordó los jardines que tendría que cruzar y apresuró el paso. Atrás de él hicieron lo mismo. Lo seguían. Llegó a la última puerta, la abrió de golpe y de golpe se halló frente a un tanque con una trompa larga y lisa que lo señalaba. Cerró y esperó recargado en el picaporte. El militar que lo seguía apareció dejando de ser unas pisadas, un sonido, para convertirse en una realidad de color verde, igual que el tanquelefante inmenso que vio segundos antes.

—No te muevas, cabrón comunista —intimidándole con el fusil.

El Cachuchas alzó un brazo, el único que tenía en buen estado y dijo:

—Está bien, me rindo, no tires, estoy jodido.

El soldado sin dejar de mirarlo a los ojos fue acortando la distancia y cuando estuvo cerca dirigió la punta de la bayoneta al estómago del Cachuchas; éste sintió el acero tremendamente agudo y tremendamente frío.

—Tira las armas —ordenó el soldado.

—No traigo armas, palabra, nunca he usado una. Ya está bueno. Llévame detenido.

El soldado seguía mirando los ojos del Cachuchas, fijamente, sin parpadear. Avanzó y el muchacho retrocedió. El soldado empujó su fusil contra el cuerpo enemigo, despacio, despacio, pero con firmeza, como si al frente tuviera un costal de aserrín. El Cachuchas sintió una desesperación mortal, que le faltaba aire, abrió los ojos enormemente y se derrumbó a los pies del sardo que en el momento retiró su arma: vio la punta: estaba teñida de rojo. Hizo a un lado el cuerpo y abrió la puerta.

—No hay nadie —gritó agitando la mano al tanquista; el blindado dio marcha atrás y el soldado envainó la bayoneta. Con tranquilidad cerró y dejó al Cachuchas vaciándose en el suelo, hundido en la muerte.

* Fragmento de la novela sobre la noche del 2 de octubre en Tlatelolco, El gran solitario de Palacio.

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