Tantadel

octubre 09, 2013

¿Globalización o internacionalismo?


Manejamos el concepto globalización como un proceso económico, social y cultural a gran escala. Hablamos de la creciente comunicación e interdependencia entre los países del mundo. Ello implica unificar mercados y culturas. No suena mal. Pero esto, ¿es posible? ¿No perderá cada nación parte de su identidad, sus peculiaridades? Pensemos que todo este esfuerzo se hace en función de los intereses de los países más avanzados, sin considerar los nuestros y los valores que hemos creado a lo largo de siglos. Dicho de otra manera, existen los globalizadores y los globalizados. A nosotros nos tocó el segundo papel, muy acelerado desde la caída del bloque socialista, cuya tarea en tal sentido era globalizar en sentido opuesto, unificar criterios económicos, políticos, preservando los valores culturales. Al menos eso decían. Los socialistas le llamaban internacionalismo proletario y tenía un peso político y solidario fundamental. Las fuerzas revolucionarias del mundo deberían destruir a dos enemigos formidables: el nacionalismo (que exagerado, divide y lleva a extremos al país que lo practica oficialmente) y el imperialismo. A diferencia de la globalización llevada a cabo por capitalistas, los marxistas sostenían que son las clases oprimidas las que deben conducir una gran revolución internacional. En tal sentido eran tajantes. La revolución obrera internacional, sostenía Lenin, debería pasar por encima de la integridad territorial, de la seguridad del propio Estado nacional. No es fácil sostener en nuestros días tesis semejantes, en especial si observamos al proletariado al que Marx y Engels le dieron toda su confianza. Los obreros esclavizados por la burguesía acabarían por tomar el poder y “globalizar” su proyecto revolucionario. Si actualmente alguien lo propone o al menos lo enuncia, sería considerado demente. Las condiciones del mundo han acabado con la utopía. Fracasó el llamado socialismo científico, destinado a crear un planeta más justo y sin divisiones sociales.

La Unión Soviética dio un primer gran paso al construir los cimientos del descomunal edificio, pero los soportes eran arcillosos y el gigante se tambaleó y no por la brutal agresión alemana encabezada por el nazismo de Hitler, sino porque no fue capaz de crear el mundo ideal prometido. Todo se fue en la instauración de una enorme y pesada burocracia que agobió a la población.

Pero eso es parte de una fatigosa y aburrida discusión. El marxismo fue un sueño y sólo eso, un sueño que para muchos tuvo el costo atroz de las peores pesadillas, ya bajo el mando directo de Stalin. Simplemente añoro, nostálgico irremediable, aquellos días en que la izquierda mexicana, con su pobreza, perseguida y acosada, tenía capacidad para indignarse por todo aquello que le sucedía a sus semejantes en otros lugares del mundo. La Guerra Civil de España atrajo a intelectuales y artistas de América Latina a pelear contra el fascismo, pero asimismo, y esto es menos conocido que la presencia de Siqueiros o de Neruda en esa desigual contienda, fueron simples trabajadores, personas desconocidas a dar la batalla sin aspirar a la gloria. Lucharon por ideales. México jugó en esos momentos, bajo la presidencia del general Cárdenas, un digno papel y envió armas a los republicanos. En la derrota, supo aceptarlos como emigrantes que nos enriquecerían.

En 1960, Cuba pregonaba su adhesión a las ideas de Marx representadas por el bloque soviético. Cuando ocurrió la invasión de la isla, Bahía de Cochinos, los estudiantes salieron masivamente a las calles a defender la Revolución y a los jóvenes que la conducían entre muchos otros: Fidel Castro y Ernesto Guevara. Eran pruebas de la existencia de una solidaridad internacional revolucionaria, sin duda. Más adelante fue la izquierda el soporte principal del apoyo moral a la guerra de Vietnam, donde millones de campesinos peleaban por su libertad primero contra los franceses y luego contra el gigante norteamericano. El 68 tuvo en la mente esa invasión y vio con total solidaridad la defensa del pueblo vietnamita. Su triunfo finalmente, la primera gran derrota de Estados Unidos, fue recibido con gozo por los organismos de izquierda. Fue lo último en tal sentido. En lo sucesivo no es raro, sino imposible ver que un dirigente, un partido de los que se autodenominan “izquierdistas”, levante una protesta contra el estado lastimero del pueblo palestino o que proteste contra una intervención estadunidense en Oriente Medio, en un país árabe.

Lejos quedamos del Manifiesto comunista que decía claramente que “En la misma medida en que sea abolida la explotación de un individuo por otro, será abolida la explotación de una nación por otra. Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de las naciones desaparecerá la hostilidad de las naciones entre sí”. Para colmo, no existen siquiera los partidos comunistas y la izquierda es todo menos internacionalista, no ve con malos ojos la globalización y el neoliberalismo no acaba de parecerles detestable. En vano claman por mayores cantidades de pintura para que la fachada luzca bien. Estamos globalizados y lejos del internacionalismo de la antigua lucha de la izquierda.

A nadie le llama la atención el desaforado nacionalismo que existe en cada nación, lo que parece una contradicción en plena globalización. Internacionalismo proletario, ¿qué es? Está visto que el neoliberalismo no es un humanismo. De ninguna forma. La globalización tampoco es salvadora.

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