Tantadel

octubre 07, 2013

Homenajes: ¿siempre los de siempre?


Hace unos días, las más importantes instituciones culturales del Estado anticiparon festejos para tres miembros de la generación Taller, nacidos en 1914. Cumplirían, pues, cien años, como vivos los cumplieron Andrés Henestrosa y Germán List Arzubide. Son José Revueltas, Efraín Huerta y Octavio Paz. Para los políticos y los que no conocen a fondo la vida cultural de México, lo primero que salta a la vista es el nombre de Octavio Paz: supo edificar su fama y apoyado en su talento y cultura obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Es obvio que los homenajes se concentrarán en su figura. A los dos restantes algo les harán, no tanto como al poeta tan laureado dentro y fuera del país.

Víctor Flores Olea fue el primer presidente del recién fundado, por Carlos Salinas, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Sus primeras grandes tareas consistieron en hacerle merecidos homenajes a Octavio Paz, uno tras otro, como luego se los han hecho a Carlos Fuentes y a Carlos Monsiváis. Ante críticas mías publicadas en el suplemento cultural El Búho,  Flores Olea, quien fuera mi profesor en la UNAM, me invitó a desayunar. Nos acompañaba otro distinguido funcionario del Conaculta, Jorge Ruiz Dueñas. Mi maestro me preguntó qué me disgustaba. Los homenajes -respondí- sólo se centran en Octavio Paz, ¿no hay otros autores? ¿Por qué no también rendirle un amplio reconocimiento a otro miembro del grupo Taller, a Revueltas? Me miró desdeñoso para explicarme que asimismo estaban preparando grabaciones de su obra, toda su música. Magnífico, añadí, pero yo no hablo de Silvestre, sino de José.

Fuera del desatino, todo quedó bien y en paz. Era obvio que un poeta de la talla de Octavio y de su habilidad para dominar al poder político y, en consecuencia, al cultural, se impondría. Actualmente, a juzgar por los primeros pasos que ha dado el Senado, es posible imaginar que los mayores festejos se llevarán a cabo alrededor de su figura, quien tuvo un sepelio prácticamente de jefe de Estado. Fue Ernesto Zedillo el que informó de su fallecimiento. Su cercanía con dos mandatarios, Salinas de Gortari y el citado Zedillo, le permitieron acumular un enorme poder político y lo utilizó, convertido en el caudillo de la cultura nacional, dejando atrás sus tesis acerca de la distancia entre el poeta y el príncipe.

Fue un severo caudillo, en su séquito no había amigos, predominaban los aduladores. Era el rey luminoso de un país de sombras. Muy al estilo del PRI decía quién valía y quién no. Fue un reinado con dosis de terror.

Ahora José Revueltas y Efraín Huerta se quedarán en la orilla, dos escritores de mucho talento, pero ambos distantes del gobierno. Incluso el primero fue toda su vida un revolucionario marxista empeñado en el cambio radical de México; así nació y así murió, sólo rodeado de unos cuantos admiradores y en un modesto departamento. Los priistas, tan afectos a los madruguetes, ya formaron una comisión destinada a honrarlo. En ella está Blanca Alcalá, quien preside la Comisión de Cultura de la Cámara de Senadores, política poco afecta a la literatura.

México tiene una memoria frágil y así apenas existe un movimiento de resistencia al olvido. Las autoridades nos dicen a quién festejamos y listo. Ellas son las del dinero. Pero convendría hacer notar que México posee una enorme riqueza cultural y que tiene creadores monumentales, aunque no sean los favoritos de los políticos. Estos quieren aprovechar el peso de los muy afamados y salir en los medios. Paz merece un gran homenaje, muchos, acaso, pero de la misma magnitud los ameritan José Revueltas y Efraín Huerta, ambos escritores situados en la izquierda, cuando la había y corría peligros, padecía persecuciones y encarcelamientos.

Los partidos políticos, el PRI y el PRD principalmente, han contribuido poderosamente a erigir monumentos, pero lo hacen en función de sus peculiares intereses. A Elena Garro la descalificaron hace mucho tiempo y su enorme literatura, superior a la de muchísimos otros, se defiende como puede. Blanca Alcalá, cuando era presidenta municipal de Puebla, me entregó copia de la Cédula Real de la Fundación de Puebla, un reconocimiento que se me dio por decisión del cabildo. Allí hablé de mis deudas con intelectuales poblanos. Le solicité a doña Blanca un amplio reconocimiento para Elena, su paisana. Apenas escuchó, fiel a nuestra época, “mensajeaba”, daba órdenes y en algún momento hasta se salió mientras yo leía un discurso sobre eminencias de Puebla: Lombardo Toledano, Ernesto de la Torre Villar, Héctor Azar, List Arzubide, Gastón García Cantú… Nunca movió un dedo para rescatar a Elena Garro. Ahora informa, en lo que podríamos llamar una advertencia: que participará en la comisión de legisladores que hará homenajes a Octavio. ¿Y sus compañeros de generación, Revueltas y Huerta? Ni una palabra sobre ellos. Es de esperar que ésta sea la tónica del centenario de tres de los integrantes de la destacada generación Taller.

Es probable que si hacemos un inteligente y generoso programa de política cultural, haya menos injusticias y veamos con claridad la importancia del arte nacional, fuera de las diez o doce figuras consentidas del poder, donde, ciertamente, están los mismos de siempre.


La crónica

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