Tantadel

octubre 14, 2013

La lucha por el voto femenino

El voto otorgado a las mujeres no es un regalo, es resultado de sus luchas y demandas por sortear los grandes obstáculos que la historia (o la prehistoria, diría Marx) les ha impuesto. En México, el voto llegó tarde. No dejemos de lado el proverbial machismo, particularmente al estilo nacional. Don Adolfo Ruiz Cortines lo ofreció como promesa de campaña y lo llevó a cabo como presidente en 1953. Ahora, dentro del ritual político aparece el hecho, no así las precisiones o detalles importantes. Dentro del presidencialismo tan acentuado que practicamos, las alabanzas le tocan al que festeja, no al que cometió la hazaña en un México todavía atrasado. Peña Nieto pronunció un discurso, como la mayoría de los suyos, falto de contundencia y vigor. Sin huesos ni músculos. Se hizo rodear de un escenario favorable con funcionarias de su partido y le presentaron un panorama idílico. Declaraciones amables, agradecimientos sin mayor importancia, todas ellas venidas de mujeres que le están agradecidas al sistema imperante.

El doctor Norberto Treviño Zapata (quien fuera legislador, diplomático, gobernador de Tamaulipas), un hombre muy cercano a don Adolfo Ruiz Cortines, solía contar a sus amigos íntimos la dura batalla que el presidente tuvo que dar contra los prejuicios de la época. Contaba, por ejemplo, la resistencia de grandes líderes sindicales que conducían organismos poderosos para aceptar el voto femenino. Hubo que tejer fino para convencerlos que era indispensable para realmente arrancar un rumbo adecuado hacia metas culturales distintas, menos atrasadas. Al fin el presidente logró convencer a los oponentes del progreso de la justicia y validez de su disposición.

Ya las mujeres tienen el voto, votan y pueden ser votadas, pero la nación no acaba de superar sus rezagos en tal sentido. En muchos aspectos, la discriminación hacia ellas, actualmente más de la mitad de la población y con una intensa vida laboral, persiste. Lo vemos y comprobamos a diario. Los altos puestos, los empleos mejor remunerados y las mayores  posibilidades están en manos de varones. En momentos por méritos propios, pero en miles de casos es por sexismo. La sociedad mexicana no acaba de evolucionar. Mientras en otras naciones las mujeres gobiernan con tino, nosotros no imaginamos a una mujer en Los Pinos. Hay desdén para referirse a ellas. Sin embargo, no cejan en su lucha y avanza a grandes pasos. Habrá que darles el necesario apoyo a su permanente lucha.

En los medios oficiales me llamó la atención la ausencia del nombre de una mujer ejemplar que fue senadora, funcionaria y llegó a gobernadora; fue, pues, la primera mujer que llegó tan alto en México. Fue, para decirlo de manera contundente, una gobernadora ejemplar: ni una pillería ni un fracaso, una gestión impecable: Griselda Álvarez. Como era además una formidable escritora, nos dejó una autobiografía espléndida: Cuesta arriba. En este libro, la mujer comenta su complejo camino hacia el gobierno de su estado natal: Colima. Es una obra inteligente que narra con prosa impecable su forma de hacer política. Fui afortunado y la conocí personalmente en Colima, justo cuando era gobernadora, en un viaje donde Rubén Bonifaz Nuño recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Colima. Era culta y sabía conducir a sus coterráneos con talento e inteligencia. Yo conocía su poesía y la había escuchado hablar. Nos hicimos amigos cercanos y alguna vez tuve el atrevimiento de dedicarle un libro: A Griselda Álvarez, mujer que tiene un rostro severo para la política y uno muy hermoso para el arte.  Ella prologó alguna obra mía y por años nos frecuentamos porque además compartíamos amigos comunes: una larga lista de literatos y varios políticos de aquellos que solían leer libros y respetaban las artes, la cultura.

Griselda logró grandes reconocimientos, como escritora y como política. Su mayor orgullo era la presea Belisario Domínguez. En una comida donde estaba un afamado paisano suyo, Miguel de la Madrid, nos la mostró entusiasmada. A mí en lo personal me impresiona su poesía. Fue una sonetista impecable. Pero ante todo, una feminista de peculiar estilo: como pocas defendió a la mujeres, estaba segura que no sería adquiriendo hábitos y vicios típicamente masculinos como ganarían la guerra. Incluso, hizo una Epístola para sustituir a la de Melchor Ocampo cuyo contenido es de absoluta subordinación de la mujer ante el esposo. Era, lo diré con una frase gastada y hasta trasnochada, una perfecta dama. Jamás dijo una palabra altisonante ni se puso pantalones vaqueros o utilizó un morral. Vestía con pulcritud y hacía gala de un idioma sofisticado y elegante. En tanto poeta, supo cantarle al hombre y a sus atributos físicos, de manera inigualable. Pocas como Griselda Álvarez que fue mujer de su tiempo y mujer del futuro. Cuando muchos políticos buscaban en el PRD lo que no encontraban en el PRI, ella siguió con lealtad a su partido.

Murió con discreción. No hubo mayores homenajes ni tuvieron la idea de velarla en el Palacio de Bellas Artes. Gobernaba el PAN. Pienso que pudo haber sido puesta como ejemplo de esos seres que logran triunfar en el rudo batallar por la justicia a las mujeres. Casi podría jurar que salvo dos o tres miembros del gabinete, entre ellos el actual secretario de Educación Pública, la han leído.


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